"Los Secretos de Yami"

Por
Aelita Narue

Yugi estaba delante de lo que, según Namae era el despacho de Kaiba, al menos las indicaciones coincidían, así que se decidió y llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – contestó Kaiba molesto desde dentro.

– Kaiba, soy yo, Yugi.

– Adelante – contestó despectivamente Kaiba.

En ese momento, Yami salió, dejando a Yugi en el segundo plano.

– ¡Estoy listo para el duelo! – exclamó Yami.

– ¿Qué duelo? – preguntó Kaiba con cara de pocos amigos sentado en una silla frente a un escritorio.

Yami volvió al segundo plano, dejando salir a Yugi.

– ¡¿Qué?! – exclamó Yugi, y se acercó a la mesa de Kaiba.

– ¿De qué duelo hablas? ¿Es que aún no has conseguido seis localizadores? – preguntó Kaiba extrañado mientras se levantaba de su silla.

– Sí, pero… ¿tú y yo no teníamos un duelo? – preguntó Yugi confuso.

– No. ¿Por qué íbamos a tenerlo? Hay muchas posibilidades de que nos enfrentemos en la final. Un duelo ahora no tiene ningún sentido – dijo Kaiba, dándole la espalda a Yugi durante unos instantes.

– Entonces… ¿qué significa esta carta? – preguntó Yugi, cada vez más confuso mientras sacaba la carta que había recibido y de la tendía a Seto, el cuál la cogió y la leyó rápidamente.

– ¡Jajaja! – rió Kaiba despectivamente. – Joven Yugi, creo que te han tomado el pelo.

– ¿Por qué dices eso? – preguntó Yugi mientras cogía la carta que Kaiba ya había terminado de leer y en ese momento le tendía.

– Porque no existe ninguna de las reglas que se mencionan en esta carta. Además hoy se supone que no hay nadie en las oficinas – dijo Kaiba.

“¿Es cosa mía o Kaiba ha remarcado mucho el se supone?” pensó Yugi. “¡Un momento! Esto me recuerda algo… ¡Namae también puso mucho énfasis en el se supone!”

– Pero… ¡yo me he encontrado con una chica que también estaba aquí! – alegó Yugi.

– ¿Con una chica? – preguntó Kaiba sin comprender.

– Sí, una chica muy rara que ha sido quien me ha dejado entrar – Yugi se dio cuenta de lo que había dicho demasiado tarde, lo cual le hacía sentirse molesto, pues se sentía como si hubiese traicionado a la chica que tanto le había ayudado.

– ¿Te has encontrado con… la señorita Mizuka? – Kaiba se paró a la mitad de la frase como si temiese terminar la pregunta incorrectamente.

– Sí, eso es. Me ha dejado entrar porque la he dicho que tenía un duelo contigo – aclaró Yugi.

– Es demasiado inocente – justificó Kaiba cerrando los ojos y negando con la cabeza. – Sin embargo, tu falta de respeto me asombra, Yugi. ¡¿Una chica?!

– Sí, bueno… es que es muy joven y… – dijo Yugi sin saber como disculparse ni como terminar la frase.

– Y es una profesora – acabó Kaiba, – por lo que la debes un respeto.

– ¡Lo siento! – se disculpó Yugi. – Pues… esto…

– Bueno, Yugi, entonces, si no te importa, nos vemos en la final. Yo, tengo cosas mejores que hacer – se despidió Kaiba mientras se dirigía a la puerta de su despacho.

– ¡Ah! Sí, claro. Ya me voy. Adiós –se despidió Yugi viendo como Kaiba se marchaba.

Yugi estaba totalmente confundido.

“¿Qué pasa aquí? ¿Quién me ha enviado la carta entonces? ¿Y con qué intenciones? ¿Quién es esa chica?” pensó Yugi.

“¿Y qué tipo de relación tiene esa chica con Kaiba?” terminó Yami.

Yugi salió del despacho de Kaiba y se dirigió hacia los ascensores llamando a uno de ellos, pues todos estaban en el vestíbulo excepto uno que estaba bajando y se detuvo en el sexto piso.

“¡Kaiba va a ver a Namae!” pensó Yugi, y recordó la última frase que había dicho Kaiba: “Yo, tengo cosas mejores que hacer”. “¿Se refería a ver a Namae?” se preguntó Yugi. “La verdad es que Namae es guapa pero… ¿por qué Yami se enfada así?” Yugi no lo entendía, pero peor aún era pensar que ni siquiera Yami lo sabía.

En todo esto pensaba Yugi cuando llegó el ascensor y subió a él pulsando el botón del vestíbulo. Cuando el ascensor bajaba, de pronto se paró, quedando Yugi encerrado, pues el ascensor se paró entre dos pisos y no se movía.

“¿Qué está pasando?” se preguntó Yugi. “¿Por qué hoy no me sale nada bien?”

Seto bajó hasta el sexto piso para encontrarse con Namae. Seto no podía evitar ir con una sonrisa en la cara.

– Yugi se lo ha creído – murmuró Seto. – Todo ha salido como estaba previsto hasta ahora, pero esto aún no ha acabado, queda el gran final. Ahora Yugi ha de verme salir de aquí con ella y el plan podrá ser todo un éxito.

Seto estaba delante de una puerta que llevaba un cartel en el que ponía Estudio, puerta a la que llamó, y sin esperar respuesta, entró por dicha puerta.

– ¡Hola Namae! – saludó Seto sonriendo.

– ¡Hola Seto! –le respondió Namae devolviéndole la sonrisa, pero de pronto, Namae se dio cuenta de que algo no tenía sentido y su expresión cambió. – ¿Pero tú no tenías un duelo con el señor Yugi Motou?

– No. Le enviaron una carta para gastarle una broma y él se la creyó. Yugi es demasiado ingenuo… y tú demasiado inocente. ¿Por qué le dejaste pasar? – preguntó Seto, pero su cara no mostraba ira, sino satisfacción, algo que hizo recapacitar a Namae y la hizo darse cuenta de algo que no tenía ningún sentido. “¡¿Seto le ha enviado la carta a Yugi?!” pensó Namae, “pero… ¿qué pasa aquí?”

– ¡¿Tú le enviaste la carta?! – Namae estaba hecha un lío. – ¡Sabías que le iba a dejar pasar y…! – Namae no era capaz de ver las intenciones de Seto, por mucho que le conociese, sus planes siempre estaban demasiado confusos para ella. “¿Por qué lo ha hecho? ¡No lo entiendo!” pensó Namae.

En ese momento, una voz de alguien para todos invisible e inaudible se empezó a hablar a sí misma: “¿Para qué lo ha hecho? ¿Acaso quería ponerme a prueba? Si es así, la he pasado… Yo he cumplido mis promesas pero… él no…” Y la voz se puso a llorar, sin que Seto o Namae se percatasen de ello.

– Verás Namae – dijo Seto continuando la conversación con Namae, – sabía que lo harías, ciertamente, era lo que esperaba. Eres demasiado buena – Seto hizo que Namae se sonrojase.

– Esto… bien. Vale, pero… ¿por qué le enviaste la carta a Yugi entonces? –

“Siempre hace lo mismo: me pone nerviosa para que no le pregunte lo que quiero saber” pensó Namae.

– Porque quería que te viera – Seto se sinceró.

– ¿Para qué? Podía haberse liberado, por lo menos ha cumplido su promesa pero… ¿qué hubiera pasado si no lo hubiera hecho? – Namae se reprimió a sí misma. Se estaba enfadando sin motivo.

– Tenía que correr ese riesgo, sino tú… – Seto no quería terminar la frase, odiaba ponerse cursi, aunque a veces merecía la pena.

– Te perdono – fue todo lo que dijo Namae.

Kaiba se acercó a ella y la abrazó, devolviéndole ella el abrazo.

– Vayámonos –la voz de Seto ya no sonaba cursi, sino triste. – He encontrado un sitio que te encantará.

– ¿Va a venir Mokuba? – preguntó Namae sonriendo de nuevo.

– No, quiero que estemos solos – dijo Seto sonrojándose ligeramente.

– ¡Ah! – Namae también se sonrojó, pero recobró la compostura seguidamente.

– Es que esta tarde Mokuba tiene clase.

– ¡No pasa nada! La clase es contigo, y se puede aplazar, yo se lo explico. Además, la historia no es tan importante – añadió Seto, pues sabía que eso irritaría a Namae.

– ¡No tienes remedio! – dijo Namae moviendo negativamente la cabeza, y desistiendo de hacer entrar en razón a Seto. – A mí me encanta la historia, y tú la odias…

– Te equivocas – corrigió Seto a Namae, interrumpiéndola. – Hay una parte de la historia que me gusta.

– ¿Sí? – preguntó Namae extrañada.

– Sí, – contestó Seto poniéndose cursi, “Merece la pena” pensó, – me gusta la historia que tengo contigo – aquello hizo que tanto Namae como Seto se pusiesen colorados. – Vamos, nos queda poco tiempo.

– Aún hay tiempo. Si aplazo la clase tenemos hasta las ocho – dijo Namae dudosa.

– Al final siempre cedes – Seto sonrió, pero sólo fue un instante ya que después su expresión volvió a ser triste de nuevo. – No es tanto tiempo. Vamos. – y cogió la mano de Namae, la cual le dedicó una bonita sonrisa a Seto.

Salieron del estudio y se montaron en un ascensor para bajar al vestíbulo.

Yugi estaba empezando a ponerse nervioso, pues seguía encerrado en el dichoso ascensor, pero entonces, tras repasar todo lo que había hecho desde que había llagado a la Kaiba Corp., cayó en la cuenta de algo: ¡la clave del ascensor! ¡Por eso estaba encerrado!

– Uno, siete, dos, ocho – murmuró Yugi pulsando los números, y así el ascensor volvió a moverse.

Cuando Yugi llegó abajo, vio como Kaiba salía por la puerta principal. Llevaba cogida de la mano a Namae.

– Kaiba… – murmuró Yami enfadado.

Yugi, resignado y sin entender nada, se dirigió a su casa.

– ¿Quién es ella? – le preguntó Yugi a Yami.

– No lo sé – respondió Yami, – pero sé que la he besado, sólo recuerdo eso, así que no sé porqué me enfado.

– Entonces… ¿es un recuerdo tuyo? Es la primera vez que me pasas uno sin ayuda de Ishizu – dijo Yugi. “Eso es positivo, ¿no?” pensó Yugi.

– ¡Eso es! – Yami se alegró de repente. – Tal vez Ishizu pueda decirnos quién es o fue esa chica.

Desde lejos, dos personas espiaban a Yugi y, a pesar de que no podían oír lo que Yugi decía, parecía que el plan de las personas que le espiaban estaba saliendo como esperaban.

– Ahora, irá a ver a la mujer del museo – dijo la mujer.

– Más nos vale, Arana. Sino, a ver cómo descubrimos algo – contestó el hombre.

– Sólo espero que hayas puesto bien los micrófonos y las cámaras en la sala egipcia del museo, Saigo – Arana, enfadada consigo misma, trazaba el plan mentalmente. “Sí, por ahora todo encaja” pensó, relajándose por fin un poco.

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