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Por
Wingzemon X
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Prólogo. La Leyenda de los 88 Hoshikis
[Domingo,
02 de septiembre del 2012]
[Ciudad de Dumbrea]
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E |
ra domingo en la noche cuando Tatsujin Shinto, maestro de literatura e historia de la Universidad Estatal de Dumbrea, conocido por todos como una persona reservada, seria, callada y hasta tímido, decidió ir al bar de siempre sobre la calle principal de Kite St., para tomar una copa y relajarse unos momentos. El lugar era un establecimiento llamado Green Star Bar, cuyo mayor atractivo eran las hermosas meseras que atendían a todos los clientes con una amable y gentil sonrisa. Era un sitio de hecho un tanto más “exclusivo” de lo normal, originalmente abierto para hombres ejecutivos que buscaban un sitio donde aliviarse de las presiones del trabajo, tomar un trago rápido o ver algún partido. Era un sitio muy tranquilo, donde muy rara vez ocurría algún problema, y servía muy bien como refugio de última hora.
No mucha gente creería que ese tímido y callado profesor de Universidad acostumbrara salir siquiera de su casa. A pesar de ser una persona joven de apenas 25 años de edad, actuaba casi igual a los maestros de 60. No era precisamente el hombre más apuesto del campus, pero si tenía buena apariencia, lindos ojos color violeta oscuro, y un rostro normal, sencillo que no llama mucho la atención, excepto por sus ojos claro. El maestro Shinto, o “Tatsu” como le decían de cariño algunos escasos amigos, se sentó en la barra y pidió una copa de vino tinto, que de hecho era la única bebida alcohólica que acostumbraba beber, y ni siquiera con mucha frecuencia, y menos en un domingo en la noche cuando al día siguiente tenía una clase muy temprano por la mañana. Aún así prácticamente “necesitaba” ir a ese sitio, necesitaba sentarse y beber con cuidado el liquido oscuro para olvidarse de todo por unos segundos. Qué horrible sensación era la que había sentido y lo había empujado a ir, y que aún seguía en alguna parte de su pecho.
El bar estaba relativamente vacío, lógico considerando que era domingo. Además de él, se encontraban otro hombre en la barra, y una pareja en una de las mesas. Las meseras tenían una noche muy ligera, y ellas no se quejaban de eso, pues en viernes y sábado no paraban de ir de un lado a otro toda la noche. Luego de eso llegaron dos chicos, jóvenes, tal vez apenas mayores de edad, justo cuando ya estaba a punto de terminar su segunda copa. Él no les puso atención, pues continuaba sumido en sus propios problemas, en sus propias cosas que le rondaban la mente, y no eran precisamente literatura e historia.
- Oye, ¿Irás a ver a Iron Fighters? – Escuchó sin querer que uno de los muchachos que acababa de entrar le preguntaba el otro. Y de hecho al momento de decirlo no parecía haber puesto mucho esfuerzo que en lo escucharan, pues desde que entraron habían estado hablando en voz alta con mucha energía. Esa mención que había pronunciado era sin duda a ese grupo de rock que estaba más o menos de moda, o algo así; la verdad ese tipo de temas no eran su fuerte.
- ¿Iron Fighters? – Contestó el otro cuando ambos se estaban sentando en la barra. – ¿Dónde se presentarán?
- Aquí cerca, en Crimson.
Toda la conversación de los chicos pareció bastante indiferente para el hombre de saco negro, sentado a unos cuatro lugares de ellos. Sin embargo, la última palabra por sí sola había provocado que dejara de beber de un momento a otro, manteniendo su copa a unos pocos centímetros de su boca. No los volteó a ver, ni tampoco les dirigió la palabra, ni siquiera puso mucha atención en el resto de su plática, pues su mente se había quedado por completo en esa mención. Sin terminar siquiera su segunda copa, la bajó colocándolo de nuevo en la barra.
- ¿Enserio?, no lo sabía. – Comentó el otro. – ¿Ya tienes boletos?
- Algo así. Mi hermano se está encargando de eso…
Y continuaron hablando de lo mismo, pero como se dijo, el maestro Shinto no puso mucha atención en ello. Sacó su billetera del bolsillo de su saco y colocó unos cuantos billetes sobre la barra. La camarera se acercó de inmediato a ese sitio, justo cuando el hombre se giró hacía la puerta, caminando hacía ella con paso lento.
- ¡Gracias por su visita! ¡Vuelva cuando quiera! – Escuchó que la camarera le decía desde la barra. Había sido muy amigable con él, de seguro para que le dejara buena propina, y él no hizo que todo su esfuerzo fuera en vano.
La camarera tomó el dinero, los dos muchachos pidieron sus tragos, y todo atrás de él permaneció normal, igual que cuando entró, igual que mientras estuvo ahí.
- “Crimson…” – Pensó mientras salía hacía la calle, repitiendo de nuevo esa misma palabra.
Crimson era el nombre de una gran ciudad, ubicada a más o menos dos horas y media en automóvil. Era una ciudad Industrial y con una población relativamente grande. Tal vez lo que más la caracteriza es el hecho de que era de las pocas ciudades cuya energía eléctrica era producida totalmente a base de una Planta Nuclear, de las más grandes y seguras que había, encontrándose a manos de la poderosa compañía Mayor. Esa planta, junto con otro innumerable número de industrias, la convertía en una Metrópoli de gran importancia. Todo eso esa persona ya lo sabía. Parte de su trabajo implicaba estar bien atento de todo, pero principalmente se había dedicado desde hace mucho a estudiar esa ciudad en particular. Había leído hasta más no poder sobre ella, había visto mapas, investigado sobre los lugares importantes, las personas de renombre que ahí viven… Simplemente había analizado todo lo posible sobre ella.
Sin embargo, sus motivos para realizar esta extraña investigación iban más haya de todo eso, de su trabajo como profesor, más haya de que una banda se presente en algún estadio de por ahí, o de la importancia económica de esa ciudad, o de cómo se creaba la energía eléctrica en ese sitio. No, su interés en ese sitio iba más haya de todo eso.
Curiosamente, hasta el momento no había puesto un sólo pie en esa ciudad, nuca en sus 25 años de vida. No aún, pero sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo y eso no había manera de evitarlo. ¿Porqué no había ido a esa ciudad hasta ahora? Talvez intentaba depurarlo lo más posible, tal vez intentaba arreglar todos los asuntos que tuviera fuera de esa ciudad antes de ir, ya que era seguro que cuando arribara a ese sitio, no volvería a poner un pie afuera, al menos no en esa vida.
Su marcha fue detenida de golpe cuando caminaba por la banqueta, justo cuando pasaba una tienda de pasteles, quedándose de pie en medio de toda la oscuridad. La calle estaba en total silencio. Ninguna persona o vehículo pasaba, a pesar de que aún no era tan tarde. La lámpara del alumbrado público que se encontraba más cerca de él parecía estar descompuesta, pues la luz parpadeaba un poco, quedándose apagada por unos segundos para luego prender sólo por un instante. El hombre de saco negro se quedó unos segundos en silencio, de pie en el mismo sitio, mirando al frente, sin decir nada ni moverse siquiera. De pronto, cerró con cuidado sus ojos y comenzó a hablar de nuevo, aunque sólo fue una pregunta al aire.
- ¿Quién está ahí? – Fue la pregunta, la cual al principio no tuvo ninguna respuesta, más que el mismo silencio.
- ¿Porqué esa tendencia a hacer preguntas cuya respuesta ya conoces? – Se escuchó que una voz pronunciaba con cierta elocuencia en su tono, mientras su silueta aparecía rodeada entre las sombras del callejón ubicado unos pasos atrás. – Nunca vas a cambiar… Vigilante…
El hombre frunció un poco su ceño de manera inconsciente, mirando aún al frente. Esa otra persona no había salido por completo del callejón, y de hecho permaneció oculto en él mientras hablaba. Igual el receptor de sus expresiones no lo volteó a ver en ningún momento. Al contrario, se quedó totalmente quieto en ese sitio, con sus manos en sus bolsillos y su vista puesta al frente, sin ver nada en especial en realidad.
- Interventor… - Pronunció en voz baja, aunque al parecer esa otra persona fue capaz de oírlo.
- Ha pasado mucho tiempo, hermano… - Comentó el extraño desde su escondite, recargado en una de las paredes del callejón. – ¿Cuántos años fueron? ¿125…? Sí, eso ha de ser, de hecho la exactitud es espeluznante, ¿no lo crees? Me agrada tu nueva apariencia, muy elegante, muy varonil, todo un maestro de universidad; me gusta más que la anterior en verdad. De seguro debes de estar pensando, ‘Me gustaría decir lo mismo, pero no te he visto’, y a mí me gustaría mostrarte como me veo ahora, pero entenderás que lo prefiero mantener como sorpresa, al menos por ahora, o tal vez eso no te importe; hemos tenido tantas apariencias estos últimos miles de años que en verdad no es algo muy importante como nos vemos ahora, ¿o sí?
El hombre de saco negro simplemente escuchaba, sin contestarle siquiera con alguna seña o con algún movimiento. Permanecía de pie en el mismo lugar sin mutarse, sin moverse, sin decir nada. Esa otra persona seguía hablando, como si no esperara que le diera alguna respuesta a sus comentarios.
- Cómo ha cambiado el mundo, ¿No piensas lo mismo que yo? Ya han pasado más de un siglo desde la última vez que nos vimos, y como estaba destinado, todo se está volviendo a repetir. Incluso este primer encuentro entre nosotros, ¿no es así?, es casi como un Dejavú. Y como todas las veces anteriores, este encuentro marca lo que ya sabíamos desde un principio. ¿Lo has visto verdad?
- Sí, ya lo sé. – Contestó de golpe el profesor Tatsujin, que había permanecido en silencio todo ese rato, de una manera seca y seria. Guardó silencio unos segundos después de eso y luego alzó su vista hacía el cielo antes de proseguir. – La Guerra de los Hoshikis ya ha empezado de nuevo.
Entre las sombras del callejón se comenzó a dibujar una amplia sonrisa en el rostro del extraño, la cual reflejaba un singular sentimiento entre felicidad y malicia.
Ninguno pronunció palabra por unos instantes más. Cada uno por su parte parecía estar procesando el tema a su modo, meditando sobre el significado tan profundo y secreto que esa expresión encerraba: La Guerra de los Hoshikis. Pronunciar esas palabras juntas, o incluso escucharlas, provocaba que los invadiera una gran cantidad de imágenes y recuerdos con miles de años de antigüedad, imágenes que por más que quisieran olvidar, siempre se encontraban ahí con ellos. Y lo peor del caso era que esas mismas imágenes estaban apunto de repetirse, al igual como ese primer encuentro ya había ocurrido en el pasado.
El extraño escondido en el callejón se separó de la pared y se volteó hacía el interior de su escondite, dándole la espalda a la calle y al parecer con la intención de retirarse. Sin embargo, no se fue, sino que comenzó a hablar de nuevo, con el mismo tomo elocuente y casi burlesco que tenía desde un principio, y de nuevo el otro hombre lo escuchó sin decir nada.
- Hace miles de años, se dice que los antiguos vieron caer a la Tierra 88 estrellas. Estas estrellas se adentraron en el interior de 88 Guerreros, otorgándoles poderes más haya de la imaginación de cualquier ser humano. Estos Guerreros fueron los precursores de los Grandes Imperios y Reinos del mundo, y dieron forma a la historia. Fueron llamados los Hoshikis, y se les podía distinguir con gran facilidad por la marca en forma de Luna que aparecía en alguna parte de sus cuerpos. Sin embargo, este poder venía con una gran maldición. Los Hoshikis, los poseedores de estos grandes poderes, estaban destinados desde su nacimiento a matarse los unos a los otros en una sangrienta batalla. Es algo que no se puede evitar, algo que se encuentra dentro de sus cuerpos, de cada célula, de cada gota de sangre… algo que no descansará hasta que todos los 88 Hoshikis desaparezcan de la faz de la Tierra. Esa es la Gran Guerra de los Hoshikis, y a su pasó traerán horrendas desgracias para todos aquellos que estén a su alrededor.
Todas esas palabras, toda esa descripción no eran para nada desconocidas para ninguno de los dos. Esas palabras, esa mística leyenda era el propósito de su existencia, para lo que habían estado en ese mundo por tanto tiempo. Repetirlo en esa ocasión no tenía más que el propósito de proclamarle al mundo entero desde ese remonto callejón, el inicio de eso que tanto temen.
- Exactamente un siglo después de su muerte, cada Hoshiki vuelve a la vida, con un rostro y una identidad diferente, pero con los mismos grandes poderes, la misma marca, y el mismo horrendo destino. Cada siglo, sin excepción, la Gran Guerra de los Hoshikis se llevará acabo… Y marcará la tierra en la que se lleve acabo con la sangre de los Guerreros y de los inocentes. Ese es el gran castigo que nos enviaron desde los Cielos…
Un castigo, una maldición, una condena eterna, eso era sin dudarlo. Una Guerra, una mortal guerra que se ha repitido una y otra vez con el pasar de la historia y las eras cada siglo, cada momento con un lapso de alrededor de 100 años entre ellos. Mientras la persona oculta en el callejón hablaba de todo eso con tanta normalidad como si contara un cuento o una película, Tatsujin se quedaba serio y pensativo, sin voltear a atrás, mirando al frente sin la menor intención de intentar verle el rostro. Llevó su mano derecha a su pecho, tocándose con cuidado esa área por encima de las ropas, intentando de alguna manera sentir eso que se ocultaba en ese sitio. Una marca, un sello eterno de su destino, el de él y el de otros muchos.
Aquel a quien Tatsujin llamó “Interventor” se acomodó con cuidado su sombrero ancho, un poco viejo y roto al igual que su larga gabardina, y miró hacia el otro extremo del callejón.
- La Guerra ya comenzó de nuevo, y la cantidad de Hoshikis que se ha reunido en un sólo sitio es inmensa, tal vez la mayor de toda la historia. ¿Ya conoces el lugar?
- La Ciudad de Crimson…
- Siempre un paso adelante Vigilante. – Comentó mirando por encima de su hombro por un segundo, y luego virando de nuevo a su camino, comenzando a adentrarse más y más en las sombras. – Entonces, ahí nos encontraremos. Después de todo, nosotros somos los encargados de darle un final a esta Guerra… Veamos quién gana en esta ocasión.
Y entonces esa persona desapareció en las sombras. Su silueta se esfumó de la vista de cualquier persona, y su voz se perdió por completo. Al encontrarse solo de nuevo en esa extensa y oscura calle, Shinto pensó en seguir su marcha, pero se detuvo sólo unos segundos para hablar consigo mismo en su mente. Sólo por unos instantes se quedó meditando en ese nuevo encuentro, que a pesar de que ya había pasado antes, en esa ocasión parecía bastante diferente. “La Guerra ya comenzó de nuevo, y la cantidad de Hoshikis que se ha reunido en un sólo sitio es inmensa, tal vez la mayor de toda la historia.”, eso era lo que esa persona le había dicho. También lo sabía de antemano, todo eso ya lo sabía.
¿Para qué había sido ese encuentro? ¿Para reafirmarlo?, ¿para dar inicio? Nunca lo supo, y nunca lo sabría. Era algo que tenía que pasar, y así pasó, al igual que esa Guerra que tanto mencionaron…
- “Cada 100 años ocurre lo mismo…” – Pensaba para sí mismo mientras reanudaba su marcha. – “La Gran Guerra de los Hoshikis ya ha comenzado de nuevo…”
FIN DEL PRÓLOGO
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