Los Dioses Guerreros

Por
Wing Beelezemon

Prólogo. “El aire frío de Asgard”

Las grandes y dominantes montañas parecían perderse a lo lejos, rodeadas por el tono azul oscuro que adornaba el cielo, acompañado de las oscuras nubes que cubrían por completo la luz del sol. El viento frío sopla con gran fuerza, embistiendo con su brisa los valles blancos, cubiertos por completo por la fría nieve que era movida de un lado a otro, pero nunca destapando el suelo debajo de ella. A la orilla de estas tierras nevadas, se veía el mar congelado, con témpanos de hielo flotando en sus aguas, moviéndose con un ritmo constante pero lento.

- “Odin, señor de Asgard…” – Se escucha que una misteriosa voz recita al aire, y su sonido resonaba en todo el lugar. Era una voz dulce y con cierta calidez en su tono de hablar. Sin embargo, al mismo tiempo tenía cierta presencia y poder. – “Somos el Pueblo que vive en el Asgard, en el extremo norte del mundo…”

Dispersas por varios puntos de esas tierras, algunas juntas entre si pero otras totalmente separadas, se lograban ver varias chozas modestas, pequeñas casas con lo mínimo para lograr sobrevivir tales circunstancias. Además, situada en medio de todos los valles de hielo, rodeada por las enormes montañas, se encontraba una ciudad, una pequeña ciudad con varias casas y demás edificio, hechos de un material de piedra roja. En el centro de esta ciudad, se encontraba un inmenso palacio, con sus paredes también cubiertas con la fría nieve que caía. Y justo desde atrás de sus paredes, surgía la enorme figura de una estatua, la estatua de un hombre alto y fornido, que parecía vigilar toda esta tierra desde su posición, como un guardián cauteloso.

- “Nunca hemos visto la luz del sol, ni los verdes campos, ni el azul del cielo…” – prosiguió esa voz dulce que resonaba en todas partes. – “Esta penalidad nos fue dada por la salvación de otro pueblo…”

La fuente de esta oración se hace presente de pronto. Este rezo provenía del palacio, de una joven mujer para ser exactos, con largos y hermosos cabellos blancos como la nueve. Ella se encontraba hincada frente a la gran estatua del palacio, con sus ojos cerrados y su rostro en alto. Como una imagen celestial, como si fuera un ángel, su cuerpo se encontraba cubierto por un aura blanca, pura, y fría a la vez. La joven unía sus manos frente a su pecho, mientras proseguía en su mente.

- “Ésta es la voluntad del Gran Maestro, y nuestro Destino…” – Continuó sin mover los labios siquiera, como si lo dijera su mente o su alma. – “Por lo que estamos felices de aceptar esta pena y resistirla también, por la salvación de la paz y el amor sobre la Tierra...”

Todo a su alrededor parecía cubrirse con su presencia. Era una sensación calida, pero al mismo tiempo fría, al igual que todo el escenario en el que se encontraba. Era casi como una rosa blanca, floreciendo en un valle congelado.

De pronto, algo la saca de sus pensamientos, provocando que el aura resplandeciente que la rodeaba se desapareciera y abriera los ojos; estos eran de un llamativo tono entre azul y gris claro. La joven alzó rápidamente su vista el cielo, al tiempo que se ponía de pie. Su rostro se cubrió de espanto, y al mismo tiempo de sorpresa, al ver como justo encima de ella pareció dibujarse una gran mancha roja en el cielo.

En ese momento, escucha un sonido como estruendo que resuena en todo el palacio. La joven rápidamente se gira en dirección al mar, que es completamente visible desde ese guardián exterior en el que se encontraba la Estatua. Las aguas frías también se habían tornado de carmesí, y los témpanos se había detenido por completo. Poco a poco, se escuchaba como un sonido se acercaba más y más a la orilla, un sonido parecido a cuando el hielo se cortaba, pero éste era aún más fuerte.

Un resplandor púrpura comenzó a surcar el mar en línea recta, destruyendo todo el hielo que se le ponía en frente. La joven admiraba como esto pasaba, sintiendo como si le apretaran el pecho. El extraño resplandor se detuvo justo frente a tierra, cubriendo por completo la orilla. La mujer de cabellos blancos casi sintió como dicho fulgor la rodeaba por completo.

- ¿Quién eres tú? – Preguntó exaltada la joven, como esperando un respuesta. En ese momento, desde el lugar donde ese resplandor surgía, pareció emanar una voz desconocida.

- ‘Hilda de Polaris.’ – Comenzó a decirle, con un tono grave y penetrante, mientras un fuerte viento comenzaba a soplar en ese mismo momento. – ‘Tú que has orado día tras día por la salvación de este mundo, ¿sabes acaso por lo que oras?’

- ¿Cómo dices? – Le preguntó confundida.

- ‘Dime, ¿Tiene caso orar tanto por la salvación de un mundo como éste?, ¿por un mundo corrupto y lleno de gente que ni siquiera ha apreciado, aprecia o apreciará lo que haces por ello?, ¿Tiene caso esperar la salvación de un mundo lleno de personas que prácticamente ruegan el ser destruidas?’

- ¡No entiendo lo que me dices! – Le contestó ella con firmeza. – A mí no me importa si este mundo aprecia o no lo que hacemos por ellos. Mientras el Gran Odin proteja estas tierras y yo pueda respirar, seguiré orando por la salvación de este bello planeta.

- ‘¿Sabes acaso cuál es el propósito de todo esto Hilda?, ¿Sabes acaso el verdadero porque de que el pueblo de Asgard haya sido exiliado al rincón más alejado de la Tierra?... ¿Sabes acaso que tuvo que ver la Diosa de la Tierra con ello?’

- ¿Qué estás diciendo…? – Se veía que ella no entendía en lo más mínimo lo que le estaban diciendo. La extraña voz prosiguió.

- ‘El Santuario de Athena en la Tierra se encuentra sin un dirigente, su Diosa aún no ha despertado por completo, y varios de sus Caballeros Dorados están muertos. Todos en el mundo creen que los Caballeros de Athena son invencibles, y que no existen guerreros en este plano que puedan hacerles frente. Pero lo cierto es que los únicos que pueden enfrentarse y superar a los legendarios Caballeros Dorados… son los “Dioses Guerreros de Asgard”.’

- ¿Los Dioses Guerreros?... – La mujer albina se exaltó al escuchar esas palabras. – ¿Pero cómo sabes tú de ellos…?, ¿Quién eres…?

- ¿No sería ésta la oportunidad perfecta para invocar una vez más a los Dioses Guerreros y tomar el control del Santuario y del Mundo?, ¿No sería la oportunidad perfecta de dejar esta tierra congelada y olvidada por Dios y tomar el lugar que mereces como la dirigente del Mundo?

- ¡No! – Contestó apresurada. – ¡De ninguna manera!, nosotros somos los guardianes del Norte, somos responsables de mantener la paz en el mundo, ¡No de empezar guerras sin sentido!... no sé quien seas, pero deja de decir esas cosas. El gran Odin es el protector de estas Tierras, y él jamás permitirá que sus siete estrellas guardianas participen en una locura como esa…

Las palabras de la joven no parecieron contentar de todo a la presencia tan amenazadora que le hablaba. Desde su posición, comenzó a ver como las aguas del mar congelado comenzaban a ponerse más y más salvajes. De la nada, vio como una enorme ola de agua se eleva desde el mar, hasta casi rozar el cielo.

- ‘¡Yo soy un Poder más Grande que tu Señor Odin!’ – Le contestó la voz de una manera agresiva. – ‘¡Y si no quieres hacerme caso por las buenas, lo harás por las malas!’

- ¡¿Qué dices?!

Un rayo de luz dorada surgió de entre las aguas con conformaban la enorme ola, cortando el aire a su paso hacía el palacio. Ese extraño brillo la cubrió por completo, elevándola en el aire. La joven comenzó a sentir como si la rodeara la corriente rápida y fría del mar, casi como si se estuviera ahogando. Sin poder moverse o hacer algo para zafarse, la joven poco a poco comenzó a perder la conciencia, hasta cerrar por completo sus ojos…

 

Ya se encontraba el ocaso, y el Palacio Valhalla estaba sumido en un gran silencio. Algunas cuantas estrellas se habían aparecido en el cielo de Asgard, en especial una que brillaba con más intensidad que todas las otras. Hilda de Polaris, la Sacerdotisa suprema del Dios Odin y regente del Pueblo de Asgard, yacía inmóvil en el suelo del patio exterior del Palacio, frente a la enorme estatua que asemejaba a la forma del Odin. Parecía haber estado ahí durante algún tiempo. En ese momento, una persona parece entrar al patio. En cuanto ve a la joven de largos cabellos claros tirada en el suelo, corre apresurada hacía ella.

- ¡Hilda! – Grita con preocupación. La recién llegada, una joven rubia de cabello largo y ojos verdes, se hinca a lado de ella, tratando de ayudarla a sentarse. – ¡Hermana!, ¿Te encuentras bien?

La Sacerdotisa comienza a abrir sus ojos poco a poco al escuchar su voz cerca de ella. Al principio mira todo de manera borrosa, pero después de unos momentos divisa por completo el rostro de la mujer que la sostiene.

- Flare… - Mencionó Hilda, reaccionando. La joven se sentó por su cuenta, llevando su mano derecha hacía su cabeza.

- Hermana, dime que te ocurrió. ¿Sufriste un desmayo acaso?

- No, no fue eso…

Como si nunca le hubiera pasado nada, la albina se puso de pie, dando algunos pasos hacía el frente. En todo esto, siempre tuvo su mirada fija en el cielo.

- Flare… - Comenzó a decir, dándole la espalda a la otra. – El Gran Odio acaba de hablarme.

- ¡¿Qué dices?! – Le joven rubio se exaltó al escuchar tales palabras. – ¿Qué estás diciendo hermana?

- Lo que oíste Flare. Acabo de escuchar la voz de Odin… o por lo menos lo hice antes de desmayarme.

La verdad no parecía algo tan imposible de creer. Flare era la hermana menor de la Sacerdotisa Hilda, y sabía que como su representante era posible que escuchara en algún momento la voz de su Dios. Había oído que lo mismo le había pasado a su madre y a su abuela en varias ocasiones, pero era la primera vez que le pasaba a su hermana.

- ¿Y qué te dijo Hilda?, ¿Qué te dijo el Gran Odin? – Le preguntó Flare con curiosidad.

Hilda no contestó. Simplemente se quedó seria, mirando al cielo. Luego, comenzó a bajar su mirada al mismo tiempo que alzaba su mano izquierda. Sus ojos se cruzaron con su mano, visualizando lo que en ella había. En el dedo anular de su mano izquierda, había una sortija, una sortija de color dorado.

- Ha llegado el momento de que los Legendarios Dioses Guerreros reaparezcan. – Fue la respuesta de la sacerdotisa, misma que fue acompañada de un tono extremadamente serio. Flare se quedó helada al escucharla.

- ¡¿Los Dioses Guerreros de la Leyenda?! – Preguntó sorprendida.

Hilda sintió el asombro de su hermana, pero no le puso mucha atención a ello. Una vez más alzó su vista al cielo, clavando su atención en la más brillante de las estrellas que ahí se encontraba, una estrella que estaba justo sobre ellas. De pronto, el mismo resplandor blanco volvió a cubrirla, pero ahora con más intensidad que nunca. La estrella sobre ella, de pronto comenzó a brillar en un tono rojizo…

- Polaris. – Comenzó a decir la sacerdotisa, sin quitar sus ojos del lucero rojo. – Tú que eres mi estrella Guardiana, mía y de todo el Pueblo de Asgard, ¡Has que renazcan los Dioses Guerreros de la Leyenda antigua para que se reúnan ante mí! – La joven alzó su mano izquierda hacía el aire, haciendo que la sortija comenzara resplandecer de la misma manera. – ¡¡Vengan a mí mis Dioses Guerreros!!

La estrella del norte se cubrió de un fulgor más fuerte. De pronto, otras estrellas comenzaron a brillar con fuerza, siete estrellas ubicadas justo debajo de la otra. Las siete formaban en el cielo la figura de una constelación, la constelación de la Osa Mayor…

 

Como si siguieran la misma forma de las estrellas de la Osa Mayor, siete pilares de luz se elevaron desde la tierra congelada, directo hacía el cielo oscuro. Los siete rastros de luz marcaron puntos de la tierra de Asgard, como rebelando ubicaciones…

Uno de ellos surgió de una montaña completamente blanca. La montaña se partió en dos al momento en que el rayo surgió, revelando en ese lugar un misterioso objeto. Parecía una figura, de un material como metal o diferente, con la forma de una dragón de dos cabezas de color azul oscuro. Frente a la figura, se encontraba un hombre, alto de cabello claro y largo, con ojos azules, que miraba fijamente al objeto delante de él.

- ‘El Guerrero más valiente, Silfrid.’ – Se escuchó que pronunciaba la voz de Hilda. –  ‘Honraré tu armadura Sagrada de Doble Alpha.’

El cuerpo del chico comenzó a cubrirse con un resplandor blanco, mismo que cubrió al misterioso objeto…

 

Otro de los puntos de luz surgió de desde el interior de una cueva. Aunque todo su exterior se encontraba completamente frío, la cueva no era igual. En su interior parecía encontrar un lago de lava ardiendo, y en el centro de éste sobresalía un pilar de piedra. Sobre el pilar, rodeado por todos los gases y el calor que emanaba del magma, se encontraba una figura de metal con forma de un caballo de ocho patas, gris y rojo.

Parado en la tierra firme, mirando el misterioso objeto a su frente, estaba un joven de piel oscura, cabello rubio y ojos azules.

- ‘Hagen, con el ardiente soplido para controlar el aire congelado.’ – Proseguía la voz de la sacerdotisa. – ‘Honraré tu Armadura Sagrada Merak de Beta.’

Como había pasado antes, tanto el joven rubio como la armadura comenzaron a cubrir de esa aura.

 

El suelo de hielo bajo los pies de otra persona se rompió tras surgir de él el tercer pilar de luz. Del fondo de las aguas frías, ubicadas debajo del hielo, surge una armadura, con la forma de una serpiente púrpura de grandes ojos rojos. El testigo de su surgimiento se acerca caminando hacía ella. Era un hombre alto y de complexión fornida, de cabello largo y barba en un tono azul claro; en sus manos traía dos hachas de gran tamaño.

- ‘Toll, con el poderoso martillo que destroza hasta el eterno muro de hielo.’ – Escuchaba él que la dirigente de Asgard le hablaba. – ‘Te honraré Phekda, Armadura Sagrada de Gamma.’

La enorme complexión del hombre comenzó a resplandecer, a la par del objeto tal especial que había surgido ante él.

 

Como si hubiera caído un rayo en los bosques, un enorme árbol se partió por completo, revelando lo que en su interior se escondía. Se trataba de otra armadura, pero era diferente a las demás. Tenía la forma de hielo o diamantes de color azul, atravesando varios cráneos blancos que estaban debajo de ella. Sobre lo que asemejaba a diamantes o algo parecido, se encontraba otro cráneo, con el casco de la armadura en él.

Un chico que estaba en el bosque en ese mismo momento, se acerca al árbol destruido, admirando su interior. Era de estatura media, cabello en un tono rosa oscuro, de ojos verdes con una expresión seria.

- ‘Alberich, brillando intensamente como Amatista.’ – Las palabras de la representante de Odin en la Tierra resonaron en el aire. – ‘Te honraré Megrez, Armadura Sagrada de Delta.’

El joven pareció sonreír ligeramente, mientras la armadura y él brillaban en el interior del bosque oscuro.

 

En un lugar algo alejado, se encontraban las ruinas de una antigua construcción. La luz brotó del interior de uno de los muros que aún quedaba de pie, haciéndolo pedazos por completo. En su lugar, rodeado por piedras y demás, surgió la figura oscura de una armadura en forma de lobo azul, de ojos dorados y garras afiladas.

Una manada de lobos que se encontraba cerca de ahí se acercó al objeto. Los lobos eran acompañados por una persona, un chico de estatura media, complexión delgada, con cabello azul claro, largo hasta su cintura. El chico vestía ropas algo desarregladas, y tenía una expresión dura en su rostro.

- ‘Phenril, el lobo del Norte, errante por lo bosques en la noche blanca.’ – Decía la voz proveniente de los Ojos y Oídos de Odin entre los hombres. – Te honraré Aliotho, Armadura Sagrada de Epsilon.’

Los lobos que acompañaban al chico, parecieron asombrarse al ver como el aura blanca comenzaba a cubrir a su acompañante, junto con la figura azul del lobo.

 

Rodeado por las montañas nevadas, se encontraba un pequeño lago que al parecer había logrado mantenerse en su forma sin congelarse por el efecto del frío. Del fondo del mismo, se elevó otro de los pilares, haciendo a un lado parte del agua. En lo más profundo del lago, se encontraba la figura de un tigre verde, de cojos rojos y largos y afilados colmillos.

La figura de una persona se mueve rápidamente por la nieva, hasta colocarse en lo alto de una colina. Desde su posición, observa la luz blanca que se eleva hacía el cielo. Es un chico de cabello entre azul y verde semicorto, vestido con unas ropas aparentemente finas o por lo menos respetables.

- ‘Syd, el hombre con el Colmillo y la Garra Blanca del Tigre.’ – Le pronuncia la gran Sacerdotisa del Señor del Norte. – ‘Te honraré Mizar, Armadura Sagrada de Zeta’.

Aún cuando esté algo lejos, el joven distingue la armadura en el agua, y siente como esta reacciona ante él, resplandeciendo a su par.

 

Una de las paredes de una montaña es destrozada, mostrando la entrada de una profunda cueva. Un chico que se encuentra justo frente a dicha entrada, ve como un resplandor dorado surge desde su interior. Depositada con delicadez sobre una roca, se encuentra una figura roja con la forma de un arpa de cinco cuerdas.

Unos pasos cautelosos se acercan hacía ella, deteniéndose delante de la roca. Se trataba de un chico, de cabello anaranjado y largo con ojos en un singular tono rojizo. El chico mira con total frialdad el objeto carmesí depositado ante él.

- ‘Mime, con la hermosa melodía de Réquiem que los guía hacía la muerte.’ – Se escuchaba que entonaba por último de la joven albina habitante del Palacio Valhalla. –  ‘Te honraré Benetasch, Armadura Sagrada de Eta.’

Algo despreocupado, el muchacho observa como las cuerdas y el contorno rojo que las rodea, relucen con un profundo fervor, al igual que su silueta.

 

Los relámpagos surcan el cielo de Asgard, como anunciado la próxima llegada de una tormenta. Totalmente indiferente ante los rayos y el estruendo, la enrome estatua de Odin continua parada en su lugar, sujetando una espada del filo en su mano derecha, y un escudo en la izquierda. Delante de él, se encuentra la figura dominante de una persona, una persona de larga cabellera blanca que caía sobre su espalda, y que sostenía en su mano derecha una larga lanza oscura.

La persona frente a la estatua se da lentamente la media vuelta, revelando su rostro. La presencia era de nada menos que la Gran Hilda de Polaris, vestida con una armadura de color negro, con algunos detalles dorados y una joya de color azul en el pecho. Viste además una larga falda roja, una capa oscura a sus espaldas y una diadema en la cabeza que asemejaba a un par de alas negras como cuervos.

Hincados ante ella con gran respeto en sus acciones, estaban siete personas, vistiendo cada uno una armadura diferente a las demás. Estaba un chico pelirrojo, vistiendo una armadura roja y trayendo consigo una arma del miso color. Estaba también un joven de cabello un poco largo verde y claro, vistiendo una armadura verde oscuro y una larga capa blanca. Un chico de cabello largo, vistiendo un ropaje azul oscuro, cuyas manos asemejaban tener unas garras doradas. También se encontraba un chico cabello corto y ojos verdes, con una armadura azul oscuro. Otro era un hombre alto, más grande que el resto de los presentes, con una armadura morada oscura, y un par de hachas a su lado. Enseguida estaba otro joven, rubio con dos mechones largos que le caían a los lados, vistiendo una armadura de un color metálico con algunas cosas de rojo. Por último, estaba un hombre con una armadura en un tono oscuro, con cabello en un tono claro y ojos grandes y azules.

Hilda miraba sonriente y satisfecha a los siete guerreros que se había reunido ante ella. Los contempló uno por uno, como esperando unos segundos antes de proseguir. Luego, caminó hacía el frente, y colocándose derecha y decidida ante ellos, comenzó a hablar.

- Nosotros el Pueblo Guerrero de Asgard, hemos vivido durante siglos exiliados aquí, en los hielos eternos del Ártico. – La voz de Hilda se veía llena de cierta decisión, y hasta cierto punto de indignación o enojo. – Nuestra vida siempre ha estado dirigida por la voluntad de Odin, aquel que es nuestro Dios protector. Pero lo cierto que es que incluso la voluntad de nuestro señor es opacada por la presencia de aquella potencia que se acredita el control de esta tierra… me refiero a la Diosa Guerra de Occidente: Athena de Grecia.

Los relámpagos resonaron en el cielo al pronunciar dicho nombre. Aún así, ni Hilda ni los guerreros se mutaron ante ellos. Después de unos segundos, la joven prosiguió.

- Athena siempre nos ha tenido aquí, apartados del mundo… porque ella nos teme. – La sacerdotisa se giró hacía la estatua detrás de ella, mirándola fijamente y con mucha atención. – Durante generaciones y generaciones, mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos, toda mi ascendencia ha sido la encargada de ser la voz de Odin en el mundo… Y todos ellos vivieron tragándose la humillación ante esta horrible situación en la que esta supuesta diosa del la Tierra nos tiene…

Hilda se giró de nuevo hacía las personas frente a ella. En su mirada se veía cierta furia.

- ¡A nosotros y Gran Pueblo de Asgard que siempre hemos velado por el bien de este mundo! Pero yo no pienso seguir el ejemplo de mis antecesores. – La joven alzó poco a poco su mano derecha, alzando junto con ella la lanza, cuya punta señalaba hacía el cielo, donde brillaba esa estrella tan resplandeciente. – ¡Odin ha hablado!, ¡El Santuario de Athena acaba de quedarse sin un líder y su Diosa es apenas una niña! ¡Ya no viviremos más a la sombra de esos Demonios Malignos que gobiernan nuestro mundo!, ¡Ha llegado el momento de que salgamos de este hielo y tomemos el lugar que nos merecemos como los líderes de la Raza Human!

Por último, extendió su brazo hacía el frente, apuntando con la punta de su lanza a los siete guerreros hincados en su presencia.

- ¡Ésta es la voluntad del Gran Odin y la mía también!... ¡Dioses Guerreros de Asgard!, ¡Vayan y cumplan mis deseos! ¡Traigan a Athena ante el Gran Odin, para que así reciba el juicio que merece!

- ¡Sí! – Le contestaron los siete al mismo tiempo, agachando su cabeza. – ¡Por Asgard!

El aire frío de Asgard comenzó a soplar con fuerza, cubriendo a los Dioses Guerreros con él. Para cuando el aire desapareció, los Siete Guerreros ya habían desaparecido. Hilda sonrió complacida, lista para dirigir esta batalla… al tiempo que admiraba la sortija dorada de su mano izquierda…

FIN DEL PRÓLOGO

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- Notas del Autor:

1.- Esta historia comienza justo al final de la “Batalla de las Doce Casas” tal y como ocurre en la serie original.

2.- Ésta es más que nada mi versión de lo ocurrido durante la “Saga de Asgard”. Los personajes y algunos de los hechos siguen exactamente igual a como pasa en la serie, pero algunos acontecimientos, peleas y diálogos se encuentran algo distintos. Digamos que es un AU con respecto a esta Saga.

3.- En esta historia se hace referencia a algunas cosas narradas en “La Sombra del Santuario”, otro Fanfic mío de “Saint Seiya” y también se mencionan algunas cosas extras de la Mitología Nórdica.

4.- Para cual duda, comentario o queja sobre la historia, mi correo es azor_cometa@hotmail.com.

Atte.
Wing Beelezemon – Wingzemon X

“The Last Power of this Revolution”

azor_cometa@hotmail.com

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