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S H A M A N X
Por
Wing Beelezemon
azor_cometa@hotmail.com
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PRÓLOGO
“RECORDANDO”
- Qué diminuta eres. – Oyeron todos de pronto que su voz sonaba junto a ellos. De la nada, la enorme garra de aquel espíritu tan amenazador, surgió desde atrás de la Doncella, atrapándola sin remedio en su poderosa zarpa. Todos los presentes postraron su vista sobre esto, al tiempo que veían como la enorme figura roja surgía ante ellos. Sus guardianes sin pensarlo se quisieron abalanzar en su contra, pero la voz del Shaman una vez más los detuvo –. Le sugiero que no sean tan precipitados, o ya no podrán salvar a su queridísima Doncella Janne.
Los Soldados X se detuvieron ante las amenazas de su enemigo, que se posaba con gran superioridad sobre la garra izquierda de su Espíritu, mientras con la otra se dedicaba a sostener a su preciada doncella. Ella, por su parte, se dignaba a voltear a verlo desde su posición, mirándolo fijamente con una mirada fría en sus ojos rojizos.
- ¿Qué pensaban hacerle a mi otra mitad? – Preguntó de pronto, con algo de ironía en su voz, burlándose de esta manera de los Shamanes que tanto lo han estado persiguiendo –. No me digan que tenían pensarlo matarlo, ¡Qué malvados son!
- El único malvado aquí eres tú. – La voz de la Doncella Jeanne se hizo presente de pronto, llamando de inmediato la atención de su captor que la miraba de reojo –. Nosotros estamos aquí para limpiar al mundo de las maldades que has hecho.
Hao se río ligeramente para si mismo, como burlándose de las palabras que acababa de decir esa jovencita; ¿Esta era la niña por la que esos Soldados X estaban dispuestos a dar la vida?, ¿Confiaban en ella más que en él?, esto era algo que al futuro Rey Shaman sólo podía darle risa.
- ¡No te quieras pasar de lista! – Le respondió, volteando a verla con sus mirada llena de fervor. De pronto, la mano derecha del Espíritu comenzó a cubrirse con una ardiente flama, que cubrió por completo el cuerpo de la doncella. Desde lejos, se pudo escuchar el grito de dolor de la Doncella, al recibir tal sorpresa. Hao, por su parte, observaba la escena con una sonrisa despreocupada en su rostro – ¡Qué arda!
Los Ocho Soldados X se veían impotentes, mientras desde abajo miraban como su Diosa era victima del Espíritu de Hao. Aún estando en las garra del enemigo, la Doncella de Hierro parecía estarse resistiendo a ser consumida por dicho fuego, pero al final parece haberse doblegado, al tiempo que se escuchaba un último grito por su parte.
La mano del Espíritu del Fuego se abrió, y la luz de la flama desapareció. Lo único que cayó de ella fue una figura oscura y calcinada que de inmediato se refugió en el interior del ataúd de acero. Las esperanzas habían muerto, y también ella.
- ¡¿La Doncella Jeanne… ha muerto?! – Se preguntó así mismo el Soldado X de cabello verde, al tiempo que se dejaba caer sobre la tierra de rodillas. Lyserg trataba de convencerse así mismo que lo que veía no era cierto. De pronto, la figura de Marco se hace presente a lado del chico.
- No te pongas así Lyserg – Le dijo el hombre sin voltear a verlo. En ese momento, alzó su mano derecha al frente, apuntando hacía esa dirección – Mira eso, aquella es la prueba más clara de que la Doncella Jeanne sigue convida.
El Shaman alzó su mirada hacía donde le indicaba. Sus ojos se llenaron de asombro al ver que la jaula donde la Doncella había atrapado a Yoh y a los otros aún seguía flotando en el aire. Sus poderes espirituales parecían no haber desaparecido del todo. Marco le dijo entonces que la Doncella estaba viva, y que mientras estuvieran en el ataúd de acero, ella estaría bien. Esto fue como un nuevo llamado para Lyserg, algo que lo impulsó a ponerse de pie. Sin pensarlo, los ocho Shamanes se giraron hacía su contrincante mortal, que estaba más que preparado para acabar con dichos estorbos.
Con un solo movimiento de su mano hacía el frente, Hao ordenó a sus hombres que atacaran. Todos aquellos Shamanes que lo habían seguido hasta ese momento, se lanzaron ante sus órdenes en contra de los Soldados, que aún seguían protegiendo a su Diosa. Ambos ejércitos se interceptaron en el aire, ya que aquellos hombres vestidos de blanco abalanzaron rápidamente sus armas al frente, invocando sin duda a sus Sagrados Espíritus.
Mientras frente a ellos se llevaba acabo una batalla, Yoh Asakura y sus compañeros únicamente se dignaban a ver esta escena. Habían quedado en medio de dos grandes grupos que habían combatido desde hace mucho tiempo, y que después de esta noche solo quedaría uno. Todos se encontraban aún atrapados en aquella jaula de acero, sin poder siquiera moverse.
- Esta no es nuestra pelea. – Mencionó de pronto el Shaman de China, rompiendo de golpe el silencio que hasta entonces había cubierto el sitio en que se encontraban. Su voz reflejaba una gran indiferencia ante esta situación –. No tenemos porqué intervenir en este combate.
Frente a ellos, el combate seguía. Los ocho ángeles se colocaban entre el gran círculo blanco en el suelo y la figura del Espíritu del Fuego que se posaba al frente. Con gran fervor en sus actos, evitaban a toda costa que los hombres de Hao pusieran un pie siquiera en ese círculo, como si fueran los sigilosos guardianes de un territorio sagrado.
- Señor Hao… - El Shaman escuchó de pronto que la voz de su leal acompañante le hablaba desde su derecha. Antes de que el pequeño pudiera decir alfo, él sonrío y luego comenzó a hablar.
- Sí, lo sé Opacho – Le respondió –. Estos Soldados X son muy persistentes. – De pronto, Hao centra su atención sobre el gran Ataúd de Acero que se posa en el centro de aquel círculo tan custodiado –. Pero lo que no se han dado cuenta es que no existe nadie en este mundo que pueda sobrevivir a las llamas del Espíritu del Fuego. Si alguien cae en sus garras, ni siquiera su alma sobrevivirá.
El silencio una vez más cubrió el interior de la jaula de acero. A lo lejos, se escuchaban los golpes y explosiones de la batalla. Los seis Shamanes tenían sus miradas bajas, como meditando sobre lo ocurrido. El pequeño niño que los acompañaba, se les quedaba viendo fijamente, sin entender que era lo que les pasaba.
- Sin embargo. – Esta vez fue la voz de Yoh la que ha rotó el silencio, y parecía que todos reaccionaban a su voz, alzando sus miradas al frente, llenas de seguridad.
- Sí – Agregó Leen Tao, siguiendo con las palabras de su compañero –. No podemos quedarnos con los brazos cruzados.
De inmediato, el resplandor distintivo de cada posesión se hizo presente a su lado. Tanto Shaman como Espíritu se habían unido una vez más. Sin pensarlo, todos se lanzaron en contra de los barrotes de acero frente a ellos, tratando con todas sus fuerzas de liberarse de su prisión. Todos se admiraron al ver como esta jaula resistía todos sus ataques; era impresionante que pudiera mantener aún una posesión tan poderosa.
En unos cuantos minutos, los Hombres de Hao habían hecho retroceder a sus contrincantes, mientras ellos avanzaban sin control hacía el frente. Los Soldados X seguían resistiendo con todas sus fuerzas, pero como en toda guerra, las bajas se hicieron presentes rápidamente en esta ocasión. En un abrir y cerrar, tres de los protectores de la Doncella cayeron como victimas del devastador poder que seguía a Hao, uno detrás del otro. Se pudieron ver como los tres Ángeles eran atacados, heridos, y por último desaparecido del campo de batalla.
Sus compañeros que aún seguían de pie, al igual que aquellos Shamanes que seguían tratando de escapar, miraron con sorpresa y tristeza los cuerpos de los tres soldados caídos. Aún así, Marco y los otros seguían resistiendo, tratando de hacerlos retroceder, pero la batalla parecía estar perdida para ellos. Yoh, desde su posición, se llenaba de indignación al ver tal espectáculo.
- ¡Basta! – Gritó a todo pulmón en Shaman, con su voz cubierta por furia. Como si fuera una respuesta a esto, un enorme resplandor blanco cubrió la jaula, cegándolos a todos por unos escasos segundos. Para cuando todos pudieron ver de nuevo, rápidamente voltearon su atención al lugar de donde provenía dicha luz.
Muchos se quedaron estáticos al ver lo que ahí se encontraba. La figura de los Shamanes encarcelados descendió lentamente hasta tierra firme, ya que la Jaula de Acero había desaparecido por completo. Todos sabían lo que eso significaba, sabían muy bien que los poderes de la Doncella habían desaparecido, y esto sólo podía indicar algo: La Doncella Jeanne había muerto.
Hao sonrío satisfecho al ver esto, pero en verdad esto no fue una sorpresa para él, ya que sabía muy bien que eso pasaría. El espíritu de los Soldados X se desmoronó una vez más ante esto: ya no tenían porque pelear. Aprovechando la situación, sus atacantes se abalanzaron en su contra, atacándolos con todas sus fuerzas para acabar de una vez con la batalla. Ellos ni siquiera se dignaban a moverse, únicamente se quedaron ahí, esperando a recibir el tiro de gracia por parte del enemigo. Sin embargo, no fue así.
Ante los ojos de todos, cinco figuras se interpusieron en el camino de los atacantes, evitando que pudieran tocar un solo pelo de los Shamanes caídos. Cuando Lyserg alzó su mirada de nuevo hacía el frente, se extrañó al ver de quienes se trataban: Eran Leen Tao y el resto.
- ¡Chicos! – Dijo sorprendido el Ingles al verlos. Después de todo lo que habían hecho contra ellos, ¿Por qué los defendían?
- Si el enemigo nos va a tener lastima, prefiero la muerte. – Agregó Marco, mientras se trataba de poner de pie a duras penas. Leen Tao, algo indiferente ante las palabras del Soldado, se dignó a contestarle sin voltear a verlo siquiera.
- Si quieren morir pueden hacerlo. – Le dijo –. Pero háganlo en un lugar donde no podamos verlos. – Con gran velocidad, los cinco se lanzaron al frente, contraatacando a los Shamanes que los atacaban. Ahora el combate había cambiado de participantes, pero seguía siendo lo mismo, ¿o no?
Hao miraba esto despreocupadamente desde su lugar encima del Espíritu del Fuego. De pronto, da un salto hacía el frente, cayendo a los pies de su espíritu acompañante. Justo cuando sus pies tocaron el suelo, sintió la mirada se alguien sobre él. Al voltear a ver hacía su izquierda, logra ver a su hermano gemelo, sosteniendo sus dos espadas con fuerza, sin quitar sus dos ojos de él.
- ¿Qué te pasa?, ¿Porqué esa cara de pocos amigos? – Le preguntó algo burlesco Hao, pero no recibió ninguna respuesta de su parte –. Muy bien, aprovecharé esta oportunidad para ponerte a prueba.
Al miso tiempo que Yoh juntaba sus dos espadas para que formaban una sola, Hao alzaba su capa hacía atrás, abalanzando una de sus manos hacía el frente. A sus espaldas, surgió la enorme figura del Espíritu del Fuego, quién pareció seguir los mismos movimientos de su Shaman, lanzando su garra hacía adelante, directo a donde estaba su objetivo. Yoh alzó su espada al frente, de tal manera que la punta de ésta quedara justo frente al cuello del Espíritu, y al mismo tiempo lo obligaba a él a detener su ataque. Ambos se quedaron así por unos instantes, antes de reanudar el combate de nuevo.
Hao comenzó a lanzar sus manos al frente, y su espíritu hacía exactamente lo mismo que él. Yoh, por su parte, se movía lo más rápidamente posible de un lado a otro, esquivando los golpes de la enorme esencia. Hao se veía muy confiado al tiempo que lanzaba sus ataques, mientras que a su oponente se le notaba cierta duda en su rostro. En más de una ocasión, Yoh trató de atacarlo con la hoja de su arma, pero el Espíritu del Fuego cubría o esquivaba sus ataques con gran facilidad, hasta que el final decidió sostener con fuerza la hoja brillante con una de sus zarpas, deteniéndolo.
Por más que Yoh trató de zafarse, era imposible para él salir de su alcance. Hao reía feliz al ver su victoria asegurada, cuando su hermano decide hacer un último movimiento. Enfocando su poder espiritual en la hoja de su arma, lanza en contra del Espíritu su técnica, atacándolo con todo lo que tenía. El ataque trajo como consecuencia un enorme resplandor blanco que lo cubrió todo por unos pequeños instantes. Para cuando Yoh puso ver con claridad, se dio cuenta de que la imagen rojiza de su oponente había desaparecido por completo.
Parecía que había tenido éxito, pero antes de que pudiera decirse algo así mismo, su oponente aparece justo detrás de él, apresándolo en sus manos con fuerza al tiempo que lo alzaba al aire. Al igual que la Doncella, Yoh había caído en las garras del Espíritu del Fuego. Hao observó esto desde abajo, aún con una expresión despreocupada. De pronto, una gran sonrisa de satisfacción surgió en su rostro.
- No esta nada mal. – Dijo de pronto, y de inmediato el ánima soltó al Shaman que tenía atrapado, dejándolo caer al suelo. – Sólo necesito que te vuelvas un poco más fuerte Yoh, así tú y yo podremos formar un solo ser.
Se le vio algo frustrado ante tal derrota, con su mirada baja y puesta en el suelo. En la misma situación se encontraban los Soldados X, que miraban desde lo más bajo como los Shamanes restantes los defendían. Por donde cualquiera lo viera, no había otra salida ni otro resultado: Hao había ganado en esta ocasión, como siempre.
De pronto, todo el lugar se llenó por un estruendoso sonido, un sonido que cubrió toda la meseta y que todos escucharon con toda claridad. Parecía como un grito, el grito agudo de un ángel. Hao miraba hacía todos lados, como tratando de ver de donde surgía dicho ruido. Sus ojos se enfocaron de pronto en el cielo sobre ellos, donde se encontraba una especie de torbellino que parecía estar girando con más fuerza.
- ¡Imposible! – Se dijo así mismo con incredulidad en sus ojos.
De pronto, el ataúd de hacer donde se había resguardado la Doncella comienza a elevarse por encima del círculo de luz, suspendiéndose en el aire. Las puertas del ataúd se abren de golpe, dejando salir la brillante y resplandeciente figura de aquella diosa. Su blanco y delicado cuerpo poco a poco se cubrió con su armadura de acerco, resguardándola con gran delicadeza. Su figura angelical se posó por encima de todos para luego alzar su mirada determinante al frente.
- ¡Voy a comenzar! – Dijo de pronto, y el círculo debajo de ella comenzó a brillar con más intensidad.
- ¡¿Cómo?! – Se decía así mismo Hao, aún sin creer lo que veía. No era muy seguro lo que los ojos del Shaman reflejaban; era sorpresa, o talvez miedo. – ¡Eso no puede ser!, ¡No hay ser que pueda sobrevivir a las flamas del Espíritu de Fuego!, ¡¿Quién eres tú Doncella de Hierro…?!
***********
Los plateados y largos cabellos de la joven se mecían de un lado a otro, debido a la relajante brisa que soplaba en esos momentos. Frente a ella solamente estaban las hermosas flores del jardín de aquella casa, ubicada en una región escondida de la lejana Francia. Había llegado ahí desde hace algunos meses; puede que sólo para olvidar.
- Doncella Jeanne – Escucha que alguien la llama, pero no hace caso al primer llamado. La persona persiste – Doncella Jeanne, el té ya esta servido. – La joven decide hacerle caso a los llamados de su protector. Lentamente se gira hacía él, viéndolo con una expresión despreocupada.
- Enseguida voy Marco – Le contestó con una voz dulce. El hombre de cabello rubio camino de nuevo hacía la mesa donde esta el té. Ella por su parte, se queda otro momento de pie, recordando…
- “… ¿Quién eres…?”
FIN DEL PRÓLOGO
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