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Era ya de tarde y el sol estaba muy cerca de ocultarse. Ella se acercó corriendo rápidamente mientras él, con la misma pelota en sus manos, la miraba con gran detenimiento en su expresión.
- Cierra los ojos y extiende las manos. – Le dijo en cuento llegó ante él mientras escondía algo detrás de su espalda. Sin comprender muy bien lo que pasaba, el niño de cabellos negros hizo lo que le pidió: cerró sus ojos y extendió las manos al frente.
La pequeña alzó su mano derecha hacía el frente y colocó un pequeño objeto en las del niño. Él lo sintió sin poder identificar de qué se trataba. Inmediatamente después su amiga le dijo que abriera los ojos. La expresión del muchacho se cubrió de sorpresa al momento de ver el objeto en sus manos. Se trataba de una sortija, en forma de un aro perfecto de color negro. Aparentemente era más grande que sus dedos, como si hubiera adornado anteriormente el dedo de alguna persona mayor.
- ¡¿Qué es esto?! – Exclamó confundido.
- Es nuestra sortija de compromiso. – Le respondió con una sonrisa burlesca. – Con ella, algún día tú y yo podremos casarnos.
- ¡¿Acaso estás loca Aiko?!, yo nunca me casaré con un niña.
- ¡Sí lo harás! – La pequeña de cabellos rojizos tomó violentamente la sortija de las manos de su compañero y la acercó hacía sí. Alzó su mano derecha y se colocó el símbolo de su compromiso justo en su dedo anular. Una vez realizada su acción, la extendió hacía el frente, colocándola cerca del rostro del niño. – ¡Porque ahora tú y yo estamos comprometidos...!
**********
Las campanas comenzaban a sonar como de costumbre, marcando de esta manera el fin del día de clases. Poco a poco los alumnos empezaron a pasar por la salida de la escuela, varias horas después de haber entrado por ella esa misma mañana. Sin embargo, aún en los salones se pueden ver a algunos alumnos, unos que se quedan al aseo de sus respectivas aulas, y otros que se dan su tiempo para retirarse.
- ¿No quieres ir al cine mañana? – Le preguntó una alumna a otra mientras ambas guardaban sus cosas para irse.
- Me gustaría. – Contestó ella. – Pero aún me falta terminar un trabajo que debo entregar el viernes.
- Puedes terminarlo hoy. Vamos a mi casa y te ayudo.
- Está bien.
Ambas se disponían a salir del salón cuando escucharon unos pasos rápidos acercándose hacía ese lugar. Por los pasillos del segundo piso, con una escoba sobre su hombro derecho, se encontraba una joven de cabello azul claro, largo pero sujeto con dos colas hacía atrás y vestida con el uniforme de la misma escuela. La joven corre hasta estar de pie frente a la puerta del salón, en donde sólo se encuentran esas dos alumnas, las cuales la miran sorprendidas.
- ¡Miroshi-san! – Dijo una de ellas al reconocerla. – ¿Qué te ocurre?
Antes de contestar, la joven de cabello azul agachó un poco la cabeza para tomar un poco de aire, lo cual era necesario después de tanto correr. Una vez que recuperó la compostura, se dispuso a hablar rápido para no perder mucho tiempo.
- Chicas, ¿no han visto hacía dónde se fue el inútil Zeta? – Les preguntó casi desesperada.
Las dos la miraron fijamente y luego se voltearon a ver la una a la otra como pensando en la respuesta que le iban a dar.
- ¿Hablas de Sakagami-san?, creo que acaba de irse... corriendo. – Le contestaron al recordar que se le había hecho extraño que su compañero se hubiera ido con tanta prisa.
Al escuchar esa respuesta, y con una expresión llena de enojo en el rostro, la joven de cabellos azules salió corriendo del salón, ahora más rápido que antes, dejando muy extrañadas a sus dos compañeras.
- ¿Qué le pasa a Miroshi-san? – Preguntó una de ellas a la otra.
- Creo que Sakagami trata de escaparse del aseo otra vez.
Al mismo tiempo que pasaba todo esto, corriendo por los pasillos del primer piso hacía la salida de la escuela, se encontraba otro estudiante, un joven de cabello negro y corto, vestido con el uniforme negro completo de su escuela. El joven corrió hasta salir al patio frontal de la preparatoria, dirigiéndose a todo paso hacía la salida principal. En su camino, pasó por entre algunos alumnos que hacían lo mismo, sólo que ellos no llevaban tanta prisa como él.
- ¡Oye Sakagami! – Le gritó un de ellos. – ¿Qué no hoy te toca el aseo de tu salón?
- ¡Tengo cosas más importantes que hacer el día de hoy! – Le contestó el joven, volteando de verlo por encima de su hombro con una sonrisa cínica, pero sin dejar de correr ni un momento.
- Otra vez quiere escaparse de sus deberes. – Menciono el otro alumnos que acompañaba al primero, con algo de burla. Su acompañante pareció coincidir con la afirmación.
Cuando parecía que por fin llegaría a la salida y se libraría de lo que estaba escapando, la figura de una persona surge justo frente a él. Se trataba de la misma alumna de cabello azul que había preguntado por él segundos antes. Al verla, sus ojos se abrieron de par en par ante la sorpresa. Inconscientemente trato de detenerse para no chocar con ella, pero por el impulso le fue imposible.
- ¡Miroshi-chan! – Gritó el joven tratando de detenerse, al tiempo que la joven frente a él abalanzaba su escoba hacía atrás para agarrar impulso.
- ¡¿A dónde crees que vas maldito irresponsable?! – Le gritó con furia la chica al mismo tiempo que lo golpeaba con su escoba justo en el rostro...
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Capitulo 1:
La Historia de un Reibuke llamado “Sakagami Zeta”
Eran finales de primavera del Onceavo año de Tamashii. La tarde siguió con su curso normal hasta que el cielo se cubrió por completo con el matiz del atardecer, un matiz rojo y anaranjado. El sol poco a poco se comenzaba a ocultar detrás de todos los edificio ubicados en la antigua capital de Japón, la ciudad de Kyoto. En ese momento, en una de las escuelas preparatorias de la ciudad, después de su fallido intento de de escapar de sus responsabilidades Zeta Sakagami del salón 2 de primer grado se encontraba trapeado el piso de su respectiva aula, custodiado de cerca por su compañera de clase Miroshi Moto.
El chico mueve el trapeador hacía adelante y luego hacía atrás para tratar de acabar con su deber lo antes posible. En su cara aún se le ven rastros del golpe que había recibido con la escoba de su amiga, sobre todo una gran marca roja en su mejilla derecha. El chico sostiene su objeto de limpieza con ambas manos, teniendo la derecha cercana al extremo del palo. Esa mano en especial parece estar adornada con un objeto: un aro en forma de anillo complemente negro que porta en su dedo anular.
El rostro de la joven peliazul refleja parte de su enojo por la actitud de su compañero.
- ¿Por qué me haces esto Zeta-kun? – Comenzó a decirle no muy feliz. – Tú bien sabías que el día de hoy nos tocaba el aseo del salón, ¡A ti y a mí!, ¡No sólo a MÍ! ¿Por qué rayos saliste corriendo en cuanto tocó la campana?
- Ya te dije que tenía algo importante que hacer esta tarde. – Le contestó el chico con desgano, tratando de defenderse. – De todas maneras ya estoy trapeando como querías, ¿no podríamos olvidarlo y dejar las cosas así?
- ¡No!, no podemos, porque sé muy bien que la próxima vez que nos toque esta labor harás lo mismo, y la siguiente, y la siguiente…
- No tiene ningún fundamento para hacer esa acusación señorita Moto. – Le comentó con un tono algo burlesco.
- ¡Deja de intentar salirte de problemas!, ¿y cómo que no tengo fundamento?, ¡Has hecho lo mismo desde primaria!
- ¿Qué estás diciendo? – El chico se dio media vuelta, mirándola fijamente. – ¿Acaso estás insinuando que tengo la misma mentalidad que cuando estaba en primaria?
- Sí, eso estoy “insinuando”...
Ambos se miraron fijamente el uno al otro con el enojo aparente en sus expresiones. Después de un par de segundos Zeta se hizo hacía atrás desviando la mirada hacía otra dirección. Tomó el trapeador y lo colocó rápidamente en una cubeta que estaba a su lado, para luego tomar su mochila y girarse hacía la puerta, con una gran sonrisa en el rostro.
- Si a eso vamos, pues entonces prefiero tener la mentalidad de un niño de primaria que la mentalidad de una anciana de sesenta años. – Fue lo que le contestó, apuntándola fijamente con su dedo. El comentario no agradó del todo a la joven de cabellos azules.
- ¡¿Qué cosa?! – Exclamó furiosa haciéndose al frente.
Dicho lo que tenía decir, Zeta hizo su mochila hacía atrás y caminó hacía a la salida, parándose justo frente a ella. Miroshi lo seguía con la vista y se paraba entre él y la puerta, como evitando que pasara. Zeta por su parte, tenía su cabeza hacía su lado zurdo, sin voltear a verla joven.
- Sí quieres saberlo Miroshi-chan… ésta sí será la última vez que te haga este tipo de cosas. – Le mencionó sin desviar su visa en su dirección. Miroshi se quedó extrañada al oír esto, en especial porque lo había dicho con un tono serio, muy extraño en él.
- ¿De qué estás hablando? – Le preguntó confundida.
El chico guardó silencio un par de segundos y luego volteó sus ojos profundos hacía su compañera.
- Desde mañana ya no vendré más a la escuela… - Miroshi se sobresaltó al escucharlo decir eso. Zeta lo percibió, pero igual siguió hablando. – Mañana en la mañana tengo pensado regresar a Tokio con mi abuelo, y haré la preparatoria haya...
Esta noticia pareció impresionar demasiado a la joven de cabellos azules, la cual en ese momento tenía su rostro totalmente congelado por la sorpresa. Zeta desvió de nuevo su cabeza, pero igual la volteaba a ver de reojo. Tenía su mano hacía atrás, sosteniendo la mochila a sus espaldas.
Después de un par de segundos, Miroshi reaccionó.
- ¡¿Mañana?! – Logró decir la joven aún impresionada. – Pero, ¿por qué?
- No te pongas así – Le contestó algo seco al hablar, cosa que irritó aún más a Miroshi. – Ya te había dicho que uno de estos días regresaría, y ese día llegó.
- ¡¿Cuándo tenías pensando decírmelo?! – Le gritó enojada en su rostro. Ante ésta reacción de enojo por parte de ella, Zeta se volteó de nuevo hacía el frente, bajando un poco la mirada.
- ¿Quién dijo que tenía pensado decírtelo? – Le contestó, dejándola sumamente atónita. La expresión de Zeta cambió de golpe a una más relajada. – La verdad tenía pensado irme sin decirle a nadie, y que todos se preguntaran “Oye, ¿Qué habrá pasado con Sakagami?”, y algunos hasta pensarán que había muerto. Honestamente eso hubiera sido muy divertido, ¿no lo crees?
Los ojos de Miroshi comenzaron a reflejar una mezcla de sentimiento: enojo e incredulidad en una sola mirada.
- Siempre has sido muy especial Miroshi-chan. – Prosiguió el chico con el mismo tono despreocupado. – Si no me hubieras detenido con tu escoba, no hubiera tenido que decirlo… pero debí de haber pensado que no me dejarías ir tan fácil. Pero ahora has arruinado todo mi plan… Ni modo, supongo que ahora…
Las palabras del chico fueron drásticamente interrumpidas. Zeta ni siquiera lo había visto venir, pero cuando menos se dio cuenta la palma izquierda de la chica se aproximó hacía su rostro, golpeándolo en la misma mejilla en la que había recibido el golpe de su escoba. La bofetada no sólo provocó que la marca roja se acrecentara, sino que además casi provocaba que el chico cayera al suelo sino fue porque logró detenerse antes de que ocurriera.
La joven estaba parada con firmeza en la puerta, mirándolo fijamente con una expresión llena de enojo. Sin embargo, aún entre toda esa emoción que reflejaban, se podían vislumbrar ciertas lágrimas que comenzaban a aparecer hacía el exterior.
- Eres un idiota… - Comenzó a decir Miroshi, como si tuviera que pelear contra todo lo que sentía para lograr hablar. – ¡Siempre has sido un idiota y siempre lo serás!… ¡¡¿Porqué no te vas de una buena vez y no regreses más?!!
La joven se quitó rápidamente de la puerta y se giró para darle por completo su espalda. El chico la miraba con seriedad, teniendo su mano izquierda en la mejilla en donde había recibido la bofetada.
Después de un rato el chico se giró hacía la salida y se marchó sin pronunciar ni una sola palabra. De igual manera Miroshi no lo volteó a ver ni un solo momento mientras se iba…
Oculto entre los árboles del bosque a las afueras de la ciudad de Kyoto, se encontraba una pequeña choza en lo alto de una pequeña colina. La choza tenía la forma de un pequeño templo, aunque parecía ser más la vivienda de algún ermitaño. Aparentemente estaba construida casi por completo con madera. El lugar en el que se ubicaba se encontraba rodeado aparentemente por nada más que la naturaleza. Subiendo unos escalones que llevan hacía arriba de la colina, podemos ver la figura de Zeta Sakagami, que camina con la mirada baja después de despedirse de su amiga Miroshi de tan horrible manera.
Parece estar muy metido en sus pensamientos, pero eso no le evita subir los escalones uno por uno. Piensa en las últimas palabras que le había dicho, pero antes de llegar al último escalón todas esas ideas se esfumaron de golpe. Con un movimiento sigiloso coloca su mirada en su mano derecha, con la cual sostiene su mochila hacía atrás por lo que la tiene justo a la derecha del rostro. Desde su posición puede admirar su dedo anular, en donde lleva una extraña sortija de color negro. La admiró por unos instantes sin concentrarse mucho en el camino.
Al momento en que el joven volteó de nuevo la mirada hacía el frente, ya se encontraba justo frente a la puerta de la choza. Sin pensarlo, deslizó la puerta de entrada hacía un lado y entró.
- Maestro. – Dijo en cuanto entró. Sin embargo, su sorpresa fue mucha al ver que todo el lugar se encontraba vacío, y al mismo tiempo sumido en un profundo silencio.
Zeta movió su mirada de un lado a otro mientras daba un par de pasos hacía el interior. Trataba de poder ver algo, sin embargo no lo logró. El sitio estaba prácticamente abandonado, alumbrado solamente por la luz que entraba por la puerta y por una pequeña ventana. Había además algunas cajas a un lado, y en el fondo un pequeño colchón que parecía servir como cama.
El chico entró con cuidado al interior del lugar, estando muy atento por si algo se movía de repente. De pronto, una silueta se abalanzó directamente hacía él desde lo alto del techo. Zeta lo sintió sobre su cabeza y de inmediato alzó su mirada hacía el techo. En cuanto logró verlo, dio un largo salto hacía el frente para esquivar lo que sea que lo atacaba, haciendo que lo que fuera chocará contra el suelo de madera. Al darse la media vuelta, pudo ver la figura de una persona con la cara estrellada en el piso.
- Kenjiro-sensei, ¿cuándo aprenderá que no puede sorprenderme? – Comenzó a decir el chico en un tono de burla y al mismo tiempo de sarcasmo. – ¿Qué no se ha dado cuenta de que soy el mejor?
- ¡No me salgas con esas cosas chico! – Le gritó el hombre que trato de atacarlo poniéndose rápidamente de pie, pero con una marca roja en la cara debido al golpe.
Se trataba de un hombre mayor, de piel ligeramente oscura, calvo con una barba blanca ligera y un par de bigotes largos. – ¿Y me puedes decir porqué llegas tan tarde?
- Gomen, pero Miroshi me entretuvo de más con la limpieza del salón. – El chico colocó su mochila en el suelo y se sentó un rato a lado de ella.
- Bueno eso no tiene importancia ahora. Dime Zeta, ¿tienes todo listo para irnos mañana?
- Sí, todo está listo Maestro. – Le contestó con desgano. – Tengo mi maleta hecha y creo que estoy preparado psicológicamente para irme. Pero lo que quiero saber es una explicación más convincente del porque tenemos que ir hasta Tokio.
- Ya te lo dije chico. Iremos a la Capital para la siguiente fase de tu entrenamiento. – Zeta se quedó algo serio. – Hasta ahora te he enseñado lo más básico de éste, lo más que yo estoy capacitado para enseñarte. En todos estos años te has superado a ti mismo chico, y en cierta forma se puede decir que ésta es la parte más difícil, o por lo menos la más tardada. Ahora es el momento de que pasemos al siguiente nivel, y para ello tendremos que ir a Tokio.
- ¿Y se puede saber que clase de entrenamiento llevaré en Tokio que no puedo realizar aquí en Kyoto?
El hombre mayor se quedó unos momentos en silencio, como si estuviera pensando en una respuesta. Zeta pareció algo ansioso en escuchar que iba a decir. De pronto, el hombre baja su mirada…
- Eso lo vas a saber cuando lleguemos a Tokio. – Le contesta, pero Zeta no se ve muy conforme con ello. – Además...
Antes de que el hombre pueda continuar con su explicación, la planta del zapato derecho de Zeta se estrella justo en su rostro, empujándolo hacía atrás.
- ¡Me ha estado dando esquivas todo el tiempo que se lo preguntó! – Le gritó enojado el muchacho. – ¡Qué mi madre ya haya autorizado que vuelva a Tokio no significa que deba de ir!, aún puedo retractarme.
- ¡Deja de decir tonterías muchacho! – Le contestó su maestro, alzándose lo más rápido que pudo. – ¡No sabes cuantos quisieran estar en tus zapatos!
- Pues me gustaría saberlo. ¿Cuántos quisieran estar en mis zapatos?
- ¡¿Qué acaso no te he enseñado paciencia?! No tienes remedio. Tal vez deberías de quedarte al menos otro año aquí para mejorar tu actitud, pero ya es muy tarde para eso. Además…
El hombre se puso de pie y se acercó rápidamente a un rincón de la construcción, esculcando varias de las cajas que se encontraban en ese lugar. Mientras tanto, Zeta lo miraba con detenimiento, preguntándose que era lo que buscaba. Después de mucho buscar, su maestro se gira de nuevo a él con una pequeña caja de madera en sus manos.
- Ya que iremos a Tokio, vamos a entregar esto. – Le dijo mientras se sentaba en el suelo y colocaba la caja frente a él, justo entre ambos.
- ¿Qué es eso? – Le preguntó el chico acercando en rostro a la caja.
- Esto es algo muy especial Zeta-san. – Le contestó cerrando los ojos de una manera seria. – Y además extremadamente poderoso. Tenemos que tener mucho cuidado con él…
Para cuando el señor Kenjiro volteó a ver de nuevo la caja y a su alumno, esté ya tenía el objeto de madera en sus manos, listo para abrirlo.
- ¡¿Qué crees que estas siendo tonto?! – Le gritó su maestro al ver lo que hacía.
- Relájese maestro. – Le dijo con indiferencia. – Sólo quiero ver la cosa tan especial y poderosa que dice.
Zeta abrió lentamente la pequeña caja de madera para ver que se encontraba en su interior. Logró ver como de adentro radiaba una extraña luz blanca que no parecía ser un reflejo. Situada prácticamente en el centro de la caja, se encontraba una pequeña esfera blanca que radiaba esa misma luz del mismo color, aunque relativamente leve.
- ¿Una canica? – Dijo de pronto Zeta al verla.
- ¡No es un canica tonto! – Le volvió a gritar el hombre. – Eso que ves ahí es una Reidama.
- ¿Una qué?
- Una Reidama, es una esfera que fue hecha de almas con más de mil años de antigüedad. Con el pasar del tiempo las almas que la conforman obtuvieron varios poderes místicos. Si esta esfera cae en mano de una persona de buen corazón puede cumplir cualquier deseo que le pidan. – Zeta escuchaba algo extrañado la explicación de su maestro. Centró más su atención en ese objeto tan extraño que tenía en sus manos. – Pienso llevársela como regalo a un buen amigo mío, el director de la escuela a la que vas a ingresar… ya lo conocerás…
Mientras su maestro le contaba la historia de la extraña esfera, Zeta la tomó con su mano derecha, acercándola a su rostro. Luego la arrojó al aire para atraparla de nuevo con la misma mano.
- Así que, ¿Esta canica te puede cumplir un deseo? – Cuestionó acercando su rostro de nuevo hacía ella.
- ¡Deja de hacer eso chico!, tú no sabes lo difícil que es conseguir una de éstas. – Lo reprimió su maestro al ver sus acciones.
- Si es tan difícil de conseguir, y te puede cumplir cualquier clase de deseo, ¿Por qué la quiere regalar? – Kenjiro-sama se petrificó ante la pregunta.
- Bueno, yo...
- ¿No será que usted se esforzó mucho para buscarla y cuando por fin la obtuvo no le pudo cumplir su deseo porque usted no es alguien de buen corazón? – Le preguntó Zeta burlándose de su maestro, lo cual no le pareció.
- ¡Nada de eso!, sólo quiero hacer un gesto amigable, eso es todo.
No muy convencido por la explicación de su maestro, Zeta colocó de nuevo la esfera en la caja y se puso de pie una vez más, tomando su mochila.
- Bueno, en vista de que ya no hay nada que hacer por aquí, será mejor que me vaya. – dijo el joven antes de irse. – Mata ashita Kenjiro-sensei.
- Que descanses Zeta-san. – Después de despedirse, el chico salió del lugar caminando por la puerta.
Un poco de tiempo después de que Zeta se había ido, en la escuela la figura de Miroshi se encuentra caminando hacía la salida. Aún se encontraba algo sorprendida por la conversación que acababa de tener con el muchacho de cabello negros, pero más que nada se le veía más furiosa que antes. Aún en su mente seguía repitiendo insultos al recuerdo de esa persona parada frente a ella y hablándole de es manera tan hipócrita.
- “Eres un tonto Zeta-kun.” – Pensaba molesta mientras caminaba. – “Apuesto que en verdad que tenía pensado irse sin decirme nada. Siempre ha sido igual… un desconsiderado. Pero a mí qué. Que se vaya y se muera haya en Tokio… me da igual…”
De pronto, cuando ya estaba frente a la salida, su atención se desvió hacía su derecha, donde se encontraba uno de los árboles del jardín. Sin embargo, no era el árbol lo que le había llamado la atención, sino el hecho de que en una de sus ramas, se encontraba sentada una persona. Era una joven, vestida con un extraño traje de color marrón oscuro, con largos cabellos rubios hasta la mitad de su espalda. La persona estaba sentada en esa rama, mirándola con una amplia sonrisa, similar a la que se ve en una niña pequeña.
Cuando Miroshi volteó a verla, ésta le respondió agitando su mano de un lado a otro, saludándola con una sonrisa larga. Miroshi, a quién en verdad no le parecía para nada familiar, regresó el saludo con algo de duda, y luego siguió con su camino fingiendo que nada había pasado.
- Mira Onee-sama, es ella. – Dijo de pronto la joven del árbol con una voz algo aniñada, mientras apuntaba a Miroshi con su dedo. – ¿No te gusta como se ve su cabello?, Es un tono de azul muy lindo…
En ese instante, una figura totalmente oscura pareció surgir de entre las hojas del árbol, colocándose en la misma rama donde estaba ella. Con gran rapidez, la golpeó levemente en la cabeza usando su puño derecho.
- ¡¿Qué estabas pensando al aparecerte así frente a ella Kurare?! – Le gritó la persona que acababa de aparecer. Era alguien vestido totalmente de negro, incluso con una máscara que le cubría todo su rostro.
- No te enfades Kioko-neesama. – Le decía la joven rubia mientras tenía sus manos en el lugar en que le había pegado. La persona negra pareció dar un ligero suspiro.
- No importa, ahora tenemos que seguir con el plan.
De pronto, sacó de entre sus ropas tres pergaminos hechos de un papel de color blanco con letras rojas escritas en ellas. Las sostuvo entre dos unos instantes y luego los arrojó con fuerza al frente, haciendo que cayeran al suelo. La persona de negro alzó sus manos, juntándolas frente a su pecho. Al mismo tiempo que pronunciaba en voz baja una especie de conjuro, los tres pedazos de papel comenzaron a cubrirse de una flama de un color morado, hasta volverse cenizas. En ese momento, las flamas se elevaron hacía arriba drásticamente, tomando una forma. La flama se disipó y en su lugar dejó a tres seres, tres seres de gran tamaño con cuerpos de color verdoso y ojos totalmente rojos…
Ya era de noche, el sol se había ocultado por completo y el cielo estaba cubierto por las estrellas. En el interior de una pequeña casa de uno de los barrios de la ciudad, se encontraba un cuarto, casi vacío con excepción de una cama y un ropero. Sentado en el colchón, se encontraba el joven Zeta, quién ya tenía todo preparado para irse al día siguiente. Se encuentra sentado mirando hacía el suelo con una expresión pensativa; algo parece inquietarlo. En ese instante, la figura de una mujer se hace presente frente a la puerta del cuarto.
- ¿Te encuentras bien hijo? – Le preguntó ella al verlo.
Era una mujer relativamente joven, alta y de cabello negro y oscuro, largo hasta su cintura. Tenía un par de anteojos transparentes delante de sus ojos con unos lentes pequeños.
- Sí madre. – Respondió él. – Sólo me hago a la idea de regresar a Tokio después de tanto tiempo. – La mujer camino hacía la cama, sentándose a lado de su hijo.
- Si no deseas irte, no tienes que hacerlo.
Zeta sonrió ligeramente al escuchar esas palabras por parte de su madre. Sin embargo, en ese momento dio un nuevo vistazo a la sortija que traía en su dedo de la mano derecho. La contempló por unos segundos, y luego cerró el puño con fuerza.
- No, será mejor que lo haga. – Le respondió. – No lo hago sólo por lo de seguir con mi “entrenamiento”, como dice el maestro Kenjiro. Además de todo, tengo deseos de regresar y dejar a un lado el pasado que tanto tiempo me tuvo fuera de esa ciudad. Además, hace mucho tiempo que no veo al Abuelo o la Torre de Tokio.
- Tú sabes que te apoyaré en lo que tú decidas hijo. Pase lo que pase, sabes que siempre te desearé lo mejor. – La mujer se puso de pie y comenzó a caminar hacía la puerta. – Recuerda que tienes que tomar el tren temprano, así que prepárate para dormir.
- Sí, así lo haré.
Después de cambiarse y apagar la luz de su habitación, Zeta se metió en la cama para dormirse de una vez, ya que al día siguiente tenía que levantarse temprano por la mañana y tomar el tren que lo llevaría de nuevo Tokio. Volvería a esa ciudad después de nueve años de ausencia. Eran poco en Kyoto que conocían que él en realidad era originario de la gran capital del Japón, aunque si comparamos los años él había vivido más de la mitad de su vida en Kyoto.
Recostado en la oscuridad del cuarto, el chico se puso a meditar en muchas cosas. Lo principal que cruzaba por su mente en ese momento era lo que le había pasado esa misma tarde con Miroshi. Pensaba que había sido muy poco educado con ella al no decirle desde antes que se iba a ir. Sin embargo, aunque este tipo de actitudes eran comunes en él, tenía sus propios motivos para no hacerlo.
- “Miroshi-chan se veía muy enojada.” – pensaba Zeta mientras miraba al techo de su cuarto. – “Talvez debí de haberle dicho antes que me iba. En fin, ya no tiene caso preocuparme por eso.”
De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos de golpe por un extraño sonido proveniente de su ventana. La ventana se encontraba justo a lado de su cama, y estaba cubierta por unas cortinas blancas. Al escuchar los extraños sonidos del otro lado de ella, se sentó en la cama y volteó hacía su izquierda, retirando lentamente las cortinas. Lo que vio a través de la ventana lo asustó tanto que lo hizo caer de su cama: se trataba del rostro de su maestro Kenjiro, pegado al vidrio.
- ¡¿Qué rayos está haciendo?! – Le gritó enojado mientras se ponía de pie. Luego, se acercó a la ventana y la abrió para ver que era lo que quería. – ¿Qué no sabe que horas son?
- Sí, son las veintiuna horas. – Le respondió él.
- ¡¿Enserio?!, es más temprano de lo que pensaba. A de ser por eso que no tengo sueño.
- Olvídate de eso, ¡Mira!
Kenjiro-sama acercó al rostro del joven un extraño papel que traía consigo. Zeta lo tomó entre sus manos para poder ver que era lo que decía en él.
- “Si quieres volver a ver a tu amiga, trae la Reidama al Templo Nanzenji esta noche, si no ella lo pagará.” – Zeta leyó el mensaje en el papel, y al terminarlo su rostro se mostró llenó de asombro. – ¡¿Qué rayos es esto?!
- Alguien me lo envió junto con una cuchilla y esto. – El maestro Kenjiro sacó un pequeño cabello que le había venido junto con la carta y se lo mostró a Zeta, que lo miró detenidamente. De pronto, pudo notar que el pelo tenía un tono azul claro.
- ¡Miroshi! – Exclamó sorprendido en cuanto lo vio.
- Así es, tú amiga de la escuela. Parece que alguien la ha secuestro, y quiere que le entreguemos la Reidama a cambio.
- ¡¿Qué cosa?! – Zeta se puso rápidamente de pie sobre la cama. – ¿Quién pudo haber hecho algo como esto?, ¿Piensa Entregarle la canica?
- ¡Por supuesto que no!, recuerda que la Reidama es muy valiosa y puede concederte cualquier deseo, no podemos dársela a cualquiera.
Zeta se quedó pensando por unos instantes antes de volver a reaccionar. De pronto, saltó de su cama hacía su ropero, cambiándose de ropa lo más rápido que pudo, colocándose unos pantalones azules y una chaqueta. Inmediatamente después tomó una espada de madera que tenía recargada en un rincón y saltó por la ventana, pasando a lado de su maestro y sorprendentemente cayendo de pie en la banqueta de afuera.
- ¿Qué está esperando Maestro? – Le gritó Zeta volteando a verlo desde la acera. – ¡Tenemos que ir a salvarla!
- ¡No me apresures jovencito!, yo sé lo que hago.
Kenjiro-sama saltó hacía la banqueta, y una vez reunidos los dos comenzaron a correr a toda velocidad en dirección al lugar donde los habían citado.
- Maestro, ¿No se supone que la Reidama sólo le puede conceder un deseo a una persona de corazón puro? – Le preguntaba Zeta sin dejar de correr.
- Lo más seguro es que el secuestrador no tiene conocimiento de ese detalle. – Contestó. – Nadie que haga este tipo de cosas puede ser una persona de corazón puro.
Las figuras de los árboles se hacía notar entre toda la oscuridad de la noche. Con sus manos amarradas a un tronco, sentada en el pasto y con la cabeza baja, se encontraba Miroshi, la amiga de Zeta. Sus ojos se encontraban cerrados y parecía estar inconsciente, pero en ese instante parece comenzar a despertar. La chica levantó su mirada poco a poco y lo primero que vio fue un rostro blanco con una gran sonrisa que se encontraba justo frente a ella.
- ¡Hola! – La saludó la extraña al ver que ya estaba despierta.
Era una joven de cabellos rubios y largos que la miraba con una gran felicidad reflejada en su rostro. Se encontraba vestida con un traje color marrón sin mangas de apariencia suelta.
- Me alegra ver que ya despertaste, ahora podemos conversar un rato.
- ¡Tú eres la que estaba en el árbol! – Dijo Miroshi al reconocerla – ¿Quién eres tú?
- Mi nombre es Kurare Ryusuki – Le respondió con singular sinceridad y de inmediato apuntó su mano derecha hacía unos árboles que se encontraban a su lado. – Y ella es Kioko Ryusuki, mi hermana mayor.
Miroshi volteó hacía donde ella le señalaba, pero no había nadie más que los árboles. De pronto, en un abrir y cerrar de ojos pudo ver como una extraña figura se movía entre las ramas de los árboles, hasta dar un largo salto y colocarse de pie justo a lado de la joven rubia. A simple vista se trataba de una figura humana, totalmente vestida de negro; incluso su rostro se encontraba cubierto. Esta persona recién llegada alzó de pronto su puño y golpeó con fuerza a su compañera justo en la cabeza.
- ¡¿Cuántas veces te he dicho que no hagas eso?! – Le gritó enojada la chica de negro, ya que la otra había revelado su ubicación una vez más.
- Lo siento Oneesama. – Decía mientras se sostenía la cabeza. Por su parte, Miroshi las veía algo extrañada.
- ¡¿Quiénes son ustedes y porque me tienen amarrada?! – Volvió a preguntar Miroshi, totalmente exaltada.
- No te preocupes. – Le contestó la persona de negro. – No te haremos daño, sólo eres la carnada para que tu amigo y su maestro vengan hacía acá.
- ¿Mi amigo?... ¿hablan de Zeta-kun?
- Veo que eres muy inteligente. Si tu amigo nos da lo que queremos, te dejaremos libre, pero si no…
De pronto, Miroshi pudo ver como acercaba su mano derecha hacía su espalda, tomando con ésta la empuñadura de una espada que traía consigo en ese lugar. De un rápido tirón, desenfundó su arma abalanzando su hoja brillante como la luna y moviéndola con fuerza hacía el lado contrario. Al principio Miroshi se quedó congelada, sin haber visto muy bien lo que acababa de pasar. En ese momento, pudo ver como la parte de arriba del árbol en el que estaba atada caía justo a lado de ella, con un corte en el tronco casi perfecto.
La extraña volvió a guardar su espada en el mismo lugar, para luego desaparecer otra vez entre las ramas de los árboles, dejando a Miroshi muy sorprendida por lo ocurrido.
- ¿Qué está pasando aquí…? – Se preguntaba así misma, mientras tenía la mirada perdida entre los árboles que la rodeaban.
Después de correr por largo rato Zeta y su Maestro se encontraban frente a la entrada del Templo Nanzenji. Delante de ellos se encontraba un largo sendero de cemento, rodeado por completo por árboles altos y frondosos. Al final del camino se lograban ver las escaleras que llevaban a la construcción del templo.
- ¿Éste es el lugar? – Preguntó Zeta mientras tenía los ojos fijos en los alrededores.
- Así es. – Contestó su maestro. – Éste es el Templo Nanzenji. Debemos de tener mucho cuidado, este templo es muy grande y pueden estar en cualquier lugar.
- Entonces vamos.
Zeta salió corriendo al frente sin aviso, sujetando su espada de madera con fuerza. Al mismo tiempo su maestro lo seguía por detrás, aunque no con un paso tan rápido como el suyo. De pronto, de entre las hojas de los árboles que se encontraban a su izquierda, un extraño objeto salió volando en línea recta hasta chocar con el suelo justo frente a ellos. Zeta se detuvo de golpe al ver dicho objeto. Era un extraño pedazo de papel, blanco y largo con letras rojas escritas en él.
- ¿Qué es eso? – Preguntó Zeta confundido.
- ¡Es un Pergamino! – Le respondió su maestro a la vez.
De pronto, el pergamino en el suelo comenzó a cubrirse rápidamente de una flama morada que luego se elevó hasta una altura por encima de Zeta y su maestro. La flama comenzó a tomar una forma enorme, de grandes y fuertes brazos y una pequeña cabeza. Una ves más, como había ocurrido antes, la flama se disipó dejando en su lugar a un ser de gran tamaño, cuerpo verde y ojos rojos; tenía la apariencia de un “ogro”.
- ¡¿Qué rayos…?! – Fue lo único que el chico logró decir al ver esto.
- ¡Un Ogro de Papel! – Gritó Kenjiro-sama al verlo.
El extraño monstruo que acababa de aparecer frente a ellos abalanzó rápidamente su enorme garra derecha en su contra. Ambos se dispusieron a dar un largo salto hacía atrás para poder esquivar dicho golpe. Una vez de nuevo en tierra, comenzaron a escuchar que alguien les hablaba.
- Ya era hora de que llegarán. – Escucharon de pronto que alguien decía por entre los árboles del Templo. Zeta alzó su mirada al oír su voz; por alguna razón, la criatura de color verde se había detenido.
- ¡¿Quién eres tú?! – Comenzó a gritar mientras volteaba hacía todos lados. – ¡Muéstrate cobarde!
Oculta entre las sombras y hojas, vestida con su traje completamente negro que se confundía con la noche, se encontraba la figura de aquella ninja que había secuestrado a Miroshi, y que respondía al nombre de “Kioko”. Parecía estarlos vigilando desde su posición, segura de que estaba totalmente fuera de su visión.
- No tengo porque mostrarme ante ustedes. – Respondió – ¿Trajeron mi Reidama?
- ¿Tú Reidama? – Preguntó Zeta, acompañado de una pequeña sonrisa. – ¿Y se puede saber para que quieren esa canica?
- ¿Para qué la quiero?, Ja, Eso es algo que a ti no te incumbe. Sólo entréguenmela y todo saldrá bien, ¿o acaso no te importa lo que le pueda pasar a tu amiga?
- ¡¿Por qué rayos secuestraste a Miroshi-chan?! – Sin fijarse, Zeta había subido su tono de voz. – Ella no tiene nada que ver con esto.
- Sí, tienes razón. – Le contestó con burla en su tono. – Ella no tiene nada que ver con este asunto, pero sin querer le tuve que meter…
En ese momento, Kioko mueve su mano derecha hacía un lado. Al parecer la criatura de verde comprendió la orden, ya que de inmediato sus ojos comenzaron a brillar de rojo y luego se abalanzó rápidamente al frente, directo a donde ellos estaban. Rápidamente alzó su puño derecho, listo para atacar hacía adelante. Zeta reaccionó de inmediato, colocando su espada de manera vertical delante de él. El puño chocó con fuerza en contra del arma, y extrañamente la fuerza del golpe no la rompió. Zeta se mantuvo en la misma posición resistiendo la fuerza que le ejercía la otra criatura.
- Desde que nos enteramos que el maestro Kenjiro de Kyoto había obtenido una de las pocas Reidamas de este mundo, nos hemos puesto a espiarlo para poder descubrir donde la tenía y la manera de poder quitársela. En ese momento dimos contigo, su único alumno a quien le enseña a usar la espada. Pensé entonces que la mejor manera de apoderarnos de la Reidama sería a través de ti, y así fue como tú y tu amiga entraron en todo este asunto. Así que no me culpes por esto…
- ¡¿Estas insinuando que para ti era más fácil que yo te entregará la Reidama a que te la entregará mi maestro?!
De pronto, el chico se las arregló para hacerse hacía un lado y sacarle la vuelta a su atacante. Sin embargo, de inmediato el ogro volvió a tratar de atacarlos. Zeta y su maestro se separaron para lograr evadir el golpe.
- Déjense de tonterías y entréguenme la Reidama. – Exigió la persona oculta.
- La verdad yo no tengo ningún interés en esa canica brillante. Pero tampoco tengo deseos de complacer caprichos, y menos de gente como tú. – Le respondió Zeta recuperando la compostura. – Maestro, ¿Qué clase de criatura es esta?
- Esta criatura tiene que ser una especie de Shikigami; a este tipo se le llama “Ogro Ronbun”, u Ogro de Papel. Los Shikigamis son seres de pocos poderes, creados por humanos para servirles. Provienen de un pergamino y dependen de gran parte de la fuerza de su amo.
- Bien, en ese caso no será tan difícil. – Zeta alzó su espada al frente, apuntando al extraño ser delante de él.
- ¿Crees que puedes herir a mi criatura usando una simple espada de madera?, que tonto eres en verdad.
- ¡Eso lo vamos a ver!
Zeta se lanzó corriendo hacía su oponente, totalmente decidido y con su espada apuntando hacía el frente. Rápidamente embistió su arma contra la piel del ogro, pero éste no pareció sentirlo siquiera. Zeta se vio muy sorprendido al ver que su golpe no tuvo el menor efecto en él.
El monstruo reaccionó y de inmediato abalanzó su garra derecha en contra del chico, empujándolo de esta manera contra el tronco de uno de los árboles.
- ¡Zeta!, ¡No seas imprudente! – Le gritó su maestro al ver el fracaso del ataque.
- Podrá ser una simple criatura creada con pergaminos mágicos, pero su piel es demasiado dura como para que la hieras usando una simple espada de madera. Será mejor que te rindas y me entregues lo que quiero.
- ¿Qué parte de no “quiero cumplir tus caprichos” no entendiste? – Le respondió mientras se ponía de pie.
La persona oculta en los árboles pareció molestarse un poco ante dichos comentarios. Una vez de pie, Zeta alzó la mirada hacía su oponente. Con gran determinación se abalanzó en su contra de nuevo, jalando su espada hacía atrás para tomar algo de impulso. Sin embargo, en esta ocasión, antes de que pudiera tocarlo siquiera con su arma, la criatura jaló su puño izquierdo hacía atrás, para luego lanzarlo con todas su fuerzas hacía el frente. Al ver esto, Zeta jaló su espada hacía adelante, de tal manera que la hoja de madera golpeara al puño que se dirigía hacía él.
La fuerza golpe fue tan grande que Zeta no pudo evitar ser impulsado hacía atrás, hasta recorrer casi la mitad del camino de piedra que llevaba hacía el templo.
- ¡Zeta-san! – Gritó el maestro Kenjiro corriendo al frente. Sin embargo, detuvo su paso en cuanto el enorme ogro de color verde se paró frente a él.
- ¿A dónde cree que va maestro? – Le preguntaba Kioko con burla. – No dará ni un paso más hasta que me entregue la Reidama.
El hombre se quedó muy serio al escuchar la advertencia de la persona oculta. Aún después de recibir el último empuje, Zeta se logró mantener de pie. Tomó de nuevo su arma, y se preparó para intentarlo de nuevo.
- ¡No sigas Zeta! – Le gritó su maestro, confundiéndolo. – ¡Tú ve y busca a tu amiga!, ¡Yo me encargaré de esta criatura!
- ¿Qué dice maestro? – Preguntó Zeta al escucharlo.
- Esta criatura no es tan fuerte como lo parece, yo me encargaré solo de ella.
- … De acuerdo… pero tenga cuidado maestro… - Haciendo caso a las palabras de Kenjiro-sama, Zeta se dio media vuelta y salió corriendo en busca de Miroshi.
- ¡¿A dónde crees que vas?! – Le gritó Kioko desde su escondite.
La criatura mágica reaccionó ante el grito de su ama corriendo hacía donde estaba Zeta. Sin embargo, su andar fue detenido de golpe, al sentir un fuerte jalón en su mano derecha. En la muñeca del ogro, la criatura se encontraba amarrado por lo que parecía ser un largo rosario de perlas púrpuras, mismo era sostenido por detrás por el maestro Kenjiro.
- ¿A dónde vas Shikigami?, ¿Qué no me escuchaste decir que yo me encargaría de ti monstruo?
Mientras tanto, adentradas y ocultas entre los árboles que rodeaban al templo, se encontraban Miroshi y Kurare. Mientras que la joven de cabello azul seguía sentada en la verde hierba con sus manos aún atadas a lo que quedaba del árbol, Kurare se encontraba de rodilla a su lado, haciendo figuras usando un hilo de color rojo entre sus dedos, como si fuera una niña.
- Mira, una telaraña. – Le dijo la joven rubia mostrándole la figura que acababa de hacer con el hilo.
Miroshi se le quedaba viendo detenidamente. Le parecía tan inocente, casi como si estuviera viendo a una niña pequeña en lugar de una joven de aproximadamente su misma edad. No era como la otra persona a quien acompañaba que se veía más agresiva. No entendía del todo que era lo que pasaba, pero tampoco entendía porque alguien como ella podría hacer eso.
- Me dijiste que te llamas Kurare, ¿verdad? – Le preguntó Miroshi después de un largo rato de no haber dicho nada.
- Así es. – Le respondió mientras hacía otra figura con el hilo.
- No lo entiendo, ¿Por qué quieren que Zeta-kun venga por mí?, ¿Acaso les hizo algo o tiene algo suyo?
- Mi hermana y yo no buscamos lastimarte a ti o a tu amigo. Fuimos enviadas a este lugar para apoderarnos de la Reidama.
- ¿Reidama?, ¿Qué es eso?
Al escuchar esta pregunta, Kurare se quedó seria por unos momentos. Luego, volteó a verla con una gran sonrisa en el rostro.
- No estoy muy segura, pero al parecer se trata de un objeto mágico, como en los cuentos de hadas. Se dice que si le pides algún deseo, ella te lo concede.
- ¿Te puede conceder un deseo?
- Así es. Yo y mi hermana pertenecemos al Clan Ryusuki que se ha dedicado durante generación a las artes Ninjas… – De pronto, Kurare dejó de hablar y bajó la mirada, como si estuviese triste. – A pesar de lo mucho que mi padre quería enseñarme a ser un Ninja, nunca fui capaz de satisfacerlo. Soy una inútil para eso. En cambio mi hermana es la mejor, pero ella no lo cree así, pues quiere pedirle a Reidama que la haga la mejor Ninja del mundo.
- ¿Y porque la ayudas si ese deseo lo va a usar en ella?
- Bueno, es porqué según lo que nos dijo nuestro padre, la Reidama no le puede conceder el deseo si mi hermana lo pide, por eso quieren que yo lo pida por ella. Por lo menos le podré ser útil en algo. Aunque…
Kurare dejó de hablar en ese momento y se puso de pie al tiempo que continuaba moviendo lentamente sus dedos por el hilo para tratar de formar una nueva figura. Miroshi se le quedó viendo con gran curiosidad.
- No sé porque, pero voy a ser sincera contigo. – Dijo de pronto Kurare sin voltear a verla. – La verdad es que yo tengo otro deseo.
- ¿Otro deseo?, ¿Cuál?
- Bueno, si pudiera pedir yo el deseo, desearía que me llevará con mi Príncipe.
- ¡¿Príncipe?! – Preguntó sorprendida al escuchar tales palabras.
- Sí – Continuó. – Desde que era muy pequeña, siempre he soñado con mi príncipe. En mis sueños, siempre estoy bailando con él. Es un chico alto, fuerte y valiente, de hermosos cabellos blancos como la nieve. En sus brazos siento una gran seguridad, algo que nunca he sentido con mis hermanos o mi padre. Todos dicen que es un sueño, pero yo sé que es real.
Después de escuchar estas palabras, Miroshi se le quedó viendo con una cara casi de lastima. Su voz parecía estar llena de tristeza, como la de una niña pequeña. De pronto, Kurare se gira hacía ella para mostrarle la nueva figura que había hecho. Con el hilo rojo, había hecho la forma de una torre.
- Mira, es la Torre de Tokio. – Le dijo la joven rubia con una sonrisa. Al escuchar esto, Miroshi se le quedó viendo fijamente a la figura.
- “¿Tokio?” – Pensó Miroshi al verla.
Mientras tanto, el maestro Kenjiro trataba de enfrentarse a la criatura que acababa de soltar la Ninja oculta. Con gran velocidad, el anciano corría de un lado a otro, esquivando los golpes lanzados con la garra que tenía libre, ya que seguía sujetado con el rosario de la mano derecha. De pronto, mientras sujetaba el rosario con la mano izquierda, con la mano sobrante el maestro sacó de entre sus ropas un pergamino de color blanco con letras negras en él. Inmediatamente después lo colocó sobre el rosario de perlas azules. Como por arte de magia, éste fue cubierto por unos extraños relámpagos azules que se movieron por él hasta llegar a la criatura. Se vio como el Ogro gritaba, aparentemente de dolor, hasta que toda su muñeca y mano derecha se hicieron polvo.
La criatura estaba libre, pero parte de su brazo derecho había desaparecido. Aún así, el ogro no pareció para nada afectado. Se paró con firmeza, mirando al hombre frente a él con sus grandes ojos rojos.
- No sé si tengas cerebro. – Le comenzó a decir. – Pero si tienes un mínimo de inteligencia no seguirás con esto.
Aparentemente haciendo caso omiso de su advertencia, el ogro se lanzó una vez más en su contra para embestirlo con la garra que le quedaba. Kenjiro-sama se quedó tranquilo, sujetando aún el collar azul en su mano izquierda, el cual era tan largo que tocaba el suelo.
- Tú lo quisiste. – Le dijo por último, antes de dar el último paso.
De pronto, el maestro alzó su mano hacía lo alto, alzando a la vez el rosario. Acompañado de un agudo grito por parte del hombre, su mano comenzó a cubrirse de lo que a simple vista era fuego, unas llamas agudas de fuego anaranjado. Las llamas se extendieron, hasta cubrir el rosario y formaron lo que asemejaba a un anillo de fuego.
La criatura verde estaba ya frente a él, cuando el maestro reaccionó de pronto extendiendo su brazo hacía el frente. El aro de fuego se alargo, hasta rodear el cuerpo del ogro. Esto lo dejó inmóvil, pero al mismo tiempo se veía como las llamas lo comenzaban a cubrir poco a poco. El ogro extendió su brazo izquierdo al frente, en un último intento de alcanzar su objetivo, pero fue inútil. Las llamas lo consumieron, hasta sólo dejar cenizas en su lugar. Entre todas las cenizas negras se vio la figura blanca del pergamino que se había usado para crear, comenzado a consumirse de igual manera.
Una vez hecho el trabajo, el fuego desapareció. El rosario quedó intacto, y Kenjiro-sama sólo tenía algunas marcas en su mano, pero parecían no importarle.
- ¡¿Qué te pareció eso niña?! – Gritó el hombre feliz, alzando su cabeza al aire. Sin embargo no hubo ninguna respuesta. Kenjiro-sama comenzó a voltear a todos lados, pero parecía que ya no había rastro de la persona oculta en los árboles. – ¿A dónde rayos fue?
Después de que Kenjiro-sama le dio la oportunidad de ir por su amiga, vemos a Zeta Sakagami caminando por entre los árboles del Templo en busca de Miroshi, mientras sostiene con determinación su espada de madera.
- “Debo de encontrar a Miroshi antes de que a esa loca se le ocurra hacerle algo.” – Pensaba Zeta mientras seguía adelante.
De pronto, entre los troncos de todos los árboles, pudo distinguir la figura de dos personas. Eran Kurare, que seguía jugando con el hilo rojo, y Miroshi, que estaba sentada en el suelo con sus manos atadas al árbol.
- ¡Miroshi-chan! – Gritó Zeta al verla. Al escuchar su gritó, Miroshi rápidamente alzó la mirada y pudo ver como la figura de su amigo se acercaba rápidamente a donde estaba.
- ¡Zeta-kun! – Gritó Miroshi al verlo.
Zeta se movió rápidamente hacía el lugar en el que se encontraban, pero no pudo avanzar mucho más. Antes de que pudiera llegar, su paso fue interrumpido por tres cuchillas de color negro que se clavaron en el suelo frente a él casi por arte de magia.
- ¿Acaso pensabas que iba a ser tan fácil? – Escucharon todos que pronunciaba la voz de Kioko, que se encontraba parada como si nada en la rama de uno de los árboles a lado de Zeta, viéndolo a través de su oscura máscara.
- ¡Oneesama! – Dijo Kurare al reconocer a su hermana.
Zeta quiso voltear a ver en la dirección en la que había venido esas cuchillas, pero de inmediato divisó como su figura oscura se movía de un lugar otro entre las ramas, escapando por completo de su vista.
- ¿Acaso se supone que eres un Ninja o algo así? – Le preguntó con arrogancia.
- Yo pertenezco al poderoso Clan Ninja de los Ryusuki. – Le comenzó a decir desde su escondite, mientras él volteaba de un lado a otro tratando de encontrarla. – Mi especialidad es el Kage-shugi, las “Artes de la oscuridad”. Es imposible que un ser común como tú pueda encontrarme siquiera. Te daré una última oportunidad, si me entregan la Reidama los dejaré ir a los tres. Pero si no lo haces, la pagaran todos.
- ¡Ya te dije que no te voy a entregar nada! – Gritó Zeta al aire aún sin saber donde se encontraba su oponente. – ¡Así que no insistas en lo mismo!
- Bien, talvez esto te ayude a reconsiderarlo.
De pronto, de entre las hojas, salieron volando tres de los pergaminos que la ninja usaba, colocándose en el suelo justo frente a Zeta. Como había pasado antes, los pergaminos se cubrieron con una llama morada, para luego dar lugar a tres Ogros de Papel.
- ¡Cuidado Zeta! – Le gritó Miroshi en cuanto vio a lo que su amigo se iba a tener que enfrentar.
- ¡No les tengo miedo monstruos horrendos! – Les gritaba el chico de cabello negro mientras se abalanzaba hacía ellos, listo para atacarlos con su espada de madera. Sin embargo, como la vez anterior, a pesar de que había chocado su arma con todas sus fuerzas, la dura piel de los Ogros pareció no sentir siquiera el golpe. – ¡Maldición!
- Eres un tonto, ¿Acaso no has aprendido nada?, no hay forma de que los lastimes con una arma tan insignificante como esa. Ogros, muéstrenle a ese chico de lo que puedo ser capaz.
Los tres monstruos se abalanzaron en contra del joven a toda velocidad. Zeta intentó una vez más atacarlos con su espada. En esta ocasión no le fue mejor, ya que uno de los ogros detuvo el arma con su mano izquierda, apretándola con fuerza para luego romper la hoja a la mitad.
- ¡Demonios! – Se dijo a si mismo el chico al ver lo que habían hecho con su arma. Inmediatamente después otro de los Ogros lo golpeó con fuerza con su puño derecho directo en el abdomen, impulsándolo hacía atrás y haciendo que se estrellará en contra de un árbol con más fuerza que antes.
Debido al golpe, Zeta cayó sentado en el suelo, con su espalda recargada en el tronco del árbol, mientras los tres monstruos caminaban lentamente hacía él.
- ¡Alto! – Les gritó Kioko desde la rama en la que estaba oculta y acto seguido, los ogros dejaron de moverse. – ¿Ya tuviste suficiente?, si no pudiste derrotar a uno, mucho menos podrás derrotar a estos tres.
- No lo creo – Comenzó a decir Zeta mientras se ponía lentamente de pie. – Lo que tú me digas estando oculta como una rata cobarde no me importa en lo más mínimo. Voy a demostrarte que puedo derrotar a tus títeres.
Después de decirle esto, Zeta tomó la mitad de su espada que le quedaba y la colocó frente a él. Al ver esto, Kioko pareció reírse como señal de burla.
- Eres más tonto de lo que pensé, ¿Enserio crees que puedes lograr derrotar a los tres usando una espada de madera con la hoja rota?, no me hagas reír.
- Creo que ya es tarde para eso. Pero si estás tan segura de que no tendré éxito, ¿Por qué no hacemos una apuesta?
- ¿Una apuesta? – Las palabras del joven parecieron sorprender demasiado a la ninja. – ¿Me puedes decir de que estás hablando?
- Es tan sencillo que apuesto que hasta tú puedes entenderlo. Si logro derrotar a tus tres ogros usando esta espada de madera rota, tú me darás a Miroshi y nos dejarás ir. Pero si tus Ogros logran derrotarme a mí, te entregaré la Reidama y podrás quedarte con Miroshi y hacer con ella lo que quieras.
- ¡¿Qué cosa?! – Gritó Kioko al escucharlo.
Todos se quedó en silencio por unos momentos, como esperando la respuesta ante tal desafío. Sin embargo, este silencio fue rápidamente roto por la voz de Miroshi.
- ¡¿Qué dijiste?! – Le gritó Miroshi al escucharlo. – ¡¿Cómo de que me dejarás aquí?!, ¡¿Cómo puedes pensar en hacer eso después de que estoy aquí por tu culpa?!
- ¡Cierra la boca Miroshi!, ¿Podrías confiar en mí esta vez?
- ¡¿Confiar en ti?! Por si no te has dado cuenta este es el día menos adecuado para que me pidas eso. Primero tenías planeado irte y dejarme todo el aseo a mí, luego me dices que te irás a Tokio y ni siquiera tenías pensado decírmelo, ¡Y ahora estoy atrapada en este lugar y atada a un árbol! ¡¿Qué parte de esto me debería de inspirar confianza?!
Mientras ambos discutían, Kioko observaba todo desde su escondite. Miraba fijamente el rostro de Zeta; se veía serio y pensativo.
- “¿Qué está tramando?” – Pensó. – “No hay forma de que haga lo que acaba de decir, y aún así no se ve preocupado, ¿acaso tendrá un truco guardado?”
- Estoy esperando Ninja…
La actitud del joven comenzó a desesperar a la ninja. De pronto, bruscamente pasó a decirle su decisión.
- ¡Será como tú quieras entonces!, ¡Pero en esta ocasión no les ordenaré que se detengan! ¡Quiero que le rompan todos sus huesos a ese idiota!
Ante las órdenes de su amo, los tres se abalanzaron en contra de Zeta, listos para matarlo. Sin embargo, en cuanto escuchó que Kioko había aceptado su reto, una gran sonrisa de confianza se dibujo en su rostro, misma que Kioko notó de inmediato.
- Bien, es hora de jugar enserio. – Dijo de pronto con una expresión llena de confianza.
Zeta tomó su arma de la empuñadura usando las dos manos. De pronto, un extraño viento comenzó a soplar a su alrededor, prácticamente creando un tornado justo donde él estaba. De la nada, la parte de la espada que no se había roto comenzó a cubrirse con un extraño brillo entre blanco y azul que poco a poco se hacía más fuerte.
- ¡¿Qué es eso?! – Exclamó Miroshi mientras sentía como una gran ráfaga de viento la golpeaba a ella y a Kurare.
- ¡Es… imposible! – Fue la respuesta de Kioko al ver esto.
Toda la espada que tenía Zeta en sus manos se cubrió con ese brillo, como si radiara su propia energía. Justo cuando los tres ogros estaba dispuesto a atacarlos, Zeta alzó la mirada y dio un largo salto hacía el frente.
- ¡¡Kutan Yaiba!! – Gritó el joven mientras prácticamente parecía volar hacía ellos.
Zeta pareció atravesar como si nada el estomago de uno de los ogros, como si se tratara de simple papel. Luego, movió su arma rápidamente de manera diagonal hacía arriba, aparentemente cortando en dos el cuerpo del monstruo, que al recibir tal daño su cuerpo se cubrió por una llama morada, dejando únicamente un puñado de cenizas.
El chico dio un salto hacía atrás y alzó su arma al frente. El resplandor se había alzado hasta lo alto, cubriendo lo que quedaba de la hoja.
- ¡¿Kutan Yaiba?!... esta es una técnica de las Montañas Espíritu del Norte… ¡¡Eso es Reiki!! – Gritó Kioko al ver atónita las acciones ante ella. – ¡¡Pero entonces él es…!!
- Conoces el Kutan Yaiba, eso me muestra que no eres tan ignorante. Pero tal parece que no eres una buena Ninja. – Comenzó a decir Zeta mientras veía fijamente a los otros ogros. – De acuerdo a lo que nos dijiste, tú sabías que el maestro Kenjiro me enseñaba a usar la espada, pero si fueras una buena espía sabrías que no era lo único que me enseñaba, o de lo contrario no te hubieras atrevido a atacarnos con seres tan patéticos como estos.
- ¡Tú eres… un Reibuke…! – Exclamó entre dientes la chica de negro. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en Zeta al sentir su sorpresa.
- Aprendiz de Reibuke para ser exactos.
Los dos ogros que quedaban se abalanzaron otra vez en su contra, tratando una vez más de atacarlo. Zeta, al ver que iban a intentarlo de nuevo, sujeto su espada con la mano derecha y corrió rápidamente en dirección contraria a la que ellos venían.
- ¡¡No son más que títeres de papel!! – Les gritó Zeta mientras corría hacía ellos.
De pronto, cuando se encontraba frente a ellos, el joven movió su arma de manera horizontal, desde su izquierda hasta su derecha, cortando por la mitad a los dos ogros al mismo tiempo, mientras Kioko, realmente sorprendida, miraba todo desde los árboles.
Antes de que los cuerpos de ambas criaturas tocaran el suelo, se cubrieron por la misma llama morada para luego dejar en su lugar a otro puñado de cenizas. Una vez que ya había acabado, el brillo de la espada de Zeta desapareció por completo, dejando una vez más al descubierto la espada de madera rota.
- ¿Cómo hizo eso? – Se preguntaba Miroshi mientras lo miraba también sorprendida. Zeta alzó la mirada hacía a ella, viéndola con una gran sonrisa.
- Te dije que confiaras en mí. – Le contestó él. Acto seguido, Zeta fija su vista en la rama en la que se encontraba oculta Kioko, como si siempre hubiera sabido donde se encontraba, lo cual sorprendió a un más a la Ninja. – Creo que gané la apuesta.
Al verse derrotada, Kioko pareció llenarse de rabia. Estaba lista para desenfundar su espada y atacarlo, pero al último momento se abstuvo. Volteó a ver de reojo a Kurare, que pareció sentir su mirada, ya que dio unos pasos hacía atrás como si tuviera miedo.
- “¡Maldición Kurare!, ¡¿Qué no puedes hacer nada bien?!” – Se decía Kioko en su mente llena de rabia. – “De haber puesto más atención… nos hubiéramos dado cuenta de que este sujeto era un Reibuke. Y lo peor fue que él sabía que yo lo ignoraba y me engañó… ¡Miserable!” – Kioko alejó su mano de la empuñadura y recuperó la compostura. – Kurare, vámonos.
- ¡¿Qué dices Hermana?!
- ¡Vámonos! – Le gritó enojada. – No tiene caso seguir con esto.
- Pero… – Kurare estaba lista para decirle algo a su hermana, pero al final se quedó callada. Siguiendo sus órdenes, camino hacía el frente alejándose de Miroshi y pasando a lado de Zeta. La chica de marrón desapareció, dando un salto hacía las hojas.
- Ésta no será la última vez que nos veremos Reibuke. – Le dijo Kioko antes de alejarse rápidamente entre las ramas.
Una vez que Zeta y Miroshi ya se encontraban solos, el protagonista de la reciente victoria, se dejó desplomar en el suelo como señal de su cansancio.
- Demonios, dejé que esos ogros me golpearan demasiado. – Se decía así mismo mientras se frotaba la mano en la cabeza.
De pronto, el chico se acordó de su amiga y volteó a verla por encima de su hombro. Ella estaba viéndolo, aún con el asombro reflejado en su rostro. Zeta caminó hacía ella y comenzó a desatarla.
- ¡¿Cómo hiciste eso?! – Le preguntó la joven mientras la desataba.
- Sólo es un truco Reiki. – Le contestó él.
- ¿Reiki?
- Sí, es la energía espiritual que proviene de tu propio espíritu. Desde hace muchos años el maestro Kenjiro me ha enseñado a controlarlo. En parte es por esto que tengo que volver a Tokio.
Una vez que tuvo sus manos libres, la joven se puso de pie y se giró hacía él, ahora en lugar de sorpresa o asombro, tenía en su rostro una mirad dura, como si estuviera enojada.
- Desde que llegaste a Kyoto yo he sido tu amiga, siempre he estado ahí para ayudarte, pero no me dijiste nada de esto. Siempre me ocultaste muchas cosas, y ni siquiera me querías decir que te ibas a regresar a Tokio, ¡¿Me puedes decir porqué?!
- ¿Porqué…? – Decía Zeta algo nervioso. – Bueno, lo de mi entrenamiento no era exactamente un secreto… pero yo preferí guardarlo en secreto…
- ¡¿También era un secreto que te ibas a ir a Tokio?!
- No exactamente… - Zeta bajó su mirada ante la pregunta de su amiga. En ese momento, Miroshi notó algo extraño en su mirada. Era extraño, pero casi veía algo de tristeza de él.
La joven se sorprendió mucho al ver esta reacción; no era común verlo de esa manera. Zeta se recargó unos momentos en un árbol y alzó su mano derecha, para admirar su sortija una vez más.
- Ya te había mostrado esta sortija, ¿verdad Miroshi-chan? – Le preguntó sin quitarle los ojos de encima. Ella respondió afirmando con su cabeza. – Cuando era niño y vivía en Tokio, tenía una amiga; su nombre era Aiko. Era una niña muy amable con todos, y en realidad fue la única amiga que tuve en Tokio. Siempre me mantuve alejado de lo demás, pues me sentía diferentes a todos, y no sabía porque. Pero Aiko fue la única que se me acercó, la única que me ofreció jugar con ella a la pelota. Lo que más recuerdo de ella es su hermoso cabello rojo.
Zeta se detuvo unos momentos y alzó la mirada antes de continuar. En su rostro se veía una gran nostalgia.
- Cuando mi madre me dijo que nos mudaríamos a Kyoto por su trabajo, lo primero que hice fue ir decírselo a ella. Se encontraba en el parque, como en todas las tardes, esperando a que llegara para jugar a la pelota. Cuando se lo dije, se puso muy furiosa, o tal vez muy triste, la verdad no lo sé. Salió corriendo tan rápido, que olvido su pelota. Yo la tomé y me quedé en el parque, esperándola. Creí que si me quedaba ahí, ella tendría que volver por ella, y así fue. Ella vino, y traía consigo esta sortija. – Zeta alzó su mano, acercándola a Miroshi. Ella se acercó para mirarla. – Me dijo que sería nuestra sortija de compromiso, que con esto algún día en el futuro, ella y yo nos casaríamos.
- ¿Compromiso? – Preguntó Miroshi extrañada. En ese momento comenzó a pensar un poco al respecto, y una gran sorpresa surgió en su rostro. – Entonces… ¿esa chica sigue aún en Tokio? – Zeta se quedó serio sin contestarle ni una palabra. La expresión de Miroshi también cambió. – ¿Acaso es por ella que quieres regresar a tu ciudad?
- En parte sí… - Le respondió con seriedad, lo que molestó un poco a Miroshi. Por algo siempre tenía esa sortija puesta. – Pero ella ya no está en Tokio…
Esto cambió un poco lo que Miroshi había pensado. Se extrañó mucho la manera en que Zeta estaba hablando; era una cara de él que nunca había visto.
- Bueno, lo está físicamente… pero… esa misma noche, la noche anterior a que me fuera… ella murió…
Todo se quedó en silencio en cuanto Zeta llegó a esta parte de la historia. El joven bajó la mirada, poniendo una expresión de tristeza en su rostro. Miroshi se quedó atónita al escucharlo.
- ¿Murió?... ¿pero de qué? – Preguntaba Miroshi confundida. Zeta se quedó muy serio al respecto. A simple vista parecía que esa era una pregunta que no quería contestar.
- Murió a tan solo seis años de edad… - Fue lo único que dijo. – Desde ese día siempre he llevado esta sortija conmigo. Para ese entonces me quedaba grande, pero ahora me queda perfecta. Siempre me he sentido culpable por ello… y por eso durante nueve años, siempre me he alejado de Tokio.
- Zeta…
- La razón por la que voy a ir a Tokio es porque se supone que haya terminaré mi entrenamiento. – El chico se separó del árbol e intentó cambiar rápidamente la expresión de su rostro. – Fue idea de Kenjiro-sama, y ya no puedo hacer nada al respecto. No sé que clase de cosas me encontraré en Tokio después de todos estos años… pero te puedo asegurar que es algo que me emociona mucho…
Pareciera que Zeta decía eso para ocultar lo que en verdad sentía, o eso era algo que la chica a su lado pareció percibir. Antes de que Miroshi pudiera decirle algo, su voz es interrumpida por el ruido de una persona acercándose por entre los árboles.
- ¡Zeta!, ¡¿Dónde estás muchacho?! – Escucharon de pronto que la voz del Maestro Kenjiro se acercaba. La figura de Kenjiro-sama apareció justo frente a Zeta y Miroshi.
- No se preocupe maestro. – Le comenzó a decir el joven acercándose a él. Miroshi notó como el chico trataba de ocultar su expresión de tristeza. – La ninja ya se fue y he salvado a Miroshi.
El maestro de Zeta se quedó viendo detenidamente a la joven de cabello azul, la cual estaba un poco pensativa. De pronto, se acercó rápidamente, parándose frente a ella con una sonrisa en el rostro.
- ¡Con qué ésta es tu amiga chico! – Comenzó a decir Kenjiro-sama. – Ya veo porque estabas tan apurado por salvarla.
- ¡¿He?!
- ¡¡Maestro!!
- Mucho gusto, yo soy el maestro Kenjiro y le enseñe todo lo que este malcriado sabe.
- ¡¿Malcriado?! – Exclamó enojado el chico. – ¡No empiece con sus tonterías maestro!
- ¡No le grites a los ancianos!, ¡De haber usado tu poder desde un principio nada de esto hubiera pasado!
Los dos comenzaron a discutir el uno con el otro, estando Miroshi ente a ellos. La joven estaba aún algo afectada por lo que acababa de suceder. Parecía estar pensando en demasiadas cosas…
Ya era de mañana en la antigua capital de Japón. A pesar de no haber dormido mucho la noche anterior, Zeta y su maestro se encontraban de pie en la estación del tren, con su equipaje en mano, y acompañados por la madre de Zeta. El chico dio un profundo bostezo como señal de sueño.
- No puedo creer que haya pasado toda la noche peleando con Ogros de papel. – Se decía así mismo el joven mientras caminaba hacía su tren. De pronto, mete su mano al bolsillo de su pantalón y saca la Reidama. – Y todo por culpa de esta cosa.
- No te quejes chico – Le decía su maestro. – Después de todo esto es una gran oportunidad para ti.
Zeta y su maestro se encontraban frente al tren, listo para abordar, no sin antes despedirse de la mujer que los había acompañado tan temprano en la mañana.
- Ten mucho cuidado hijo. – Exclamó la madre de Zeta sonriéndole. – Y por favor discúlpate de mi parte con tu abuelo por no ir a verlo.
- No se preocupe señora Sakagami. – Le dijo Kenjiro-sama colocando su brazo alrededor del cuello de su alumno. – Yo me encargaré de cuidarlo y de que no se meta en problemas.
- Con este sujeto en Tokio si que me meteré en problemas. – Dijo en voz baja Zeta al escuchar las palabras de su maestro.
- ¡No digas esas cosas chico! – Le contestó su maestro apretándole fuerte el cuello.
Después de algo de forcejeo, Zeta logró librarse del brazo de su maestro. Kenjiro entró al interior del tren, seguido detrás por Zeta. Sin embargo, antes de poner el primer pie adentro, se detuvo y desvió su mirada hacía su derecha.
- ¿Sucede algo hijo? – Le preguntó su madre al ver que no avanzaba.
- No, sólo esperaba que Miroshi-chan viniera.
- No puedes pedirle que falte a clases para venir a despedirse. Además, recuerda que tú no querías decirle que te ibas.
- Sí, tienes razón.
Resignado, Zeta estaba listo para entrar en el interior del tren, cuando de pronto la voz de una persona detrás de él hizo que se detuviera.
- ¡Zeta! – Escuchó que alguien gritaba – ¡Espera!
Al darse media vuelta, pudo ver como Miroshi corría rápidamente hacía donde estaba, vestida con su uniforme y con su mochila en la mano.
- ¡Miroshi-chan! – Exclamó sorprendido.
La joven corrió hasta colocarse justo frente Zeta. Se agachó un poco para tomar aire y luego alzó la mirada hacía el joven.
- ¡¿Ya te ibas a ir sin despedirte?! – Le volvió a reclamar como de costumbre.
- No… pero pensé que no ibas a venir.
- Toma. – Le dijo al mismo tiempo que tomaba su mano y le entregaba un objeto. Era un artículo de madera, como una barra larga con letras japonesas en ella, unidas a algo parecido a una cuerda. Parecía como un collar – La hice yo misma. Es un artículo de la buena suerte. Te lo iba a regalar en tu cumpleaños, pero como ya te vas a largar, mejor te lo doy ahora.
- ¡Miroshi…!
Tanto Zeta como su madre miraron confundidos el regalo de la joven. Miroshi comenzó a sentirse algo incomoda.
- ¡Pero no te confundas!, esto no quiere decir que estamos comprometidos ni nada.
- Nunca pensé eso…
- Quiero que lo conserves, como un recordatorio, así como la sortija de tu mano. No quiero que tengas miedo de volver aquí como lo tuviste de volver a Tokio, ¿Entendido?
- Miroshi… - El chico alzó su mano, alzando el objeto en su mano. – Qué feo te salió.
- ¡¡Cállate malagradecido!! – Le gritó la joven enojada al escuchar tal comentario.
Zeta le sonrió de una manera muy extraña, con una expresión totalmente despreocupada que, no solo extrañaba a Miroshi, si no que la alejó por completo de su enojo.
- La conservaré cerca de mi Miroshi, así como la sortija de Aiko. Y no te preocupes, tarde o temprano tendré que volver a Kyoto… eso es una promesa.
- Eso espero – Le dijo por ultima la joven sonriendo antes de que él subiera al tren.
Antes de que se cerrara la puerta, Zeta se giró una vez más hacía su amiga y alzó la mano como señal de adiós.
- Dewa mata Miroshi-chan...