La mañana se alzaba con fuerza sobre las tierras de Japón. El cielo aún contaba con algunos vestigios de la noche, pero el gran sol sobresaliendo poco a poco los hacía desaparecer. En un espacio cubierto casi por completo de árboles frondosos y de gran tamaño, se ven las vías del tren, mismas que cruzan hasta perderse en el horizonte. De pronto, la tranquilidad de la mañana se ve interrumpida por uno de estos transportes moviéndose por las vías, un tren de color blanco que pasa rápidamente en dirección al este. A lo lejos ya se puede ver el que de seguro será su destino.
En el interior de los diferentes vagones, los tripulantes se encuentran sentados, esperando que el tren llegué al lugar al que desean bajar, mientras que otros se encuentran durmiendo después de su largo viaje empezado desde muy temprano. De entre el silencio de uno de los vagones, se puede escuchar los ronquidos de dos de estos tripulantes, los cuales se encuentran sentados en sus asientos completamente dormidos. Uno de ellos era un hombre mayor, de piel oscura, aparentemente calvo y una barba corta de color blanco. El otro por su parte era un joven, de unos quince o dieciséis años, piel blanca y cabello negro corto. Los dos parecían estar algo cansados.
De pronto, el hombre mayor parece despertar, abriendo lentamente los ojos. Dio un largo bostezo mientras se estiraba, y luego se volteó despacio a la ventanilla de su izquierda, viendo hacía el exterior. Después de unos segundos de admirar el paisaje pasar frente a él, se gira hacía el joven que lo acompaña y lo despierta.
- Zeta-san, despierta chico perezoso. – Le comenzó a decir mientras lo movía para despertarlo, lo que funcionó pues el joven abre sus ojos de inmediato.
- ¿Qué pasa?, ¿por qué me despierta si todavía es de noche? – Le pregunta soñoliento el joven, mientras se frotaba los ojos. Aparentemente desconocía que hora del día era.
- Mira por la ventana chico, ya estamos cerca de Tokio.
Al escuchar esto, el joven parece reaccionar por completo y se estira rápidamente hacía la ventanilla. A través del cristal logra ver algunos edificios sobresalir por encima de los árboles, y entre todos, también ve una torre con colores rojos y blancos. Había Pasado mucho tiempo desde la última vez que la había visto: era la Torre de Tokio.
- Con que por fin estamos en Tokio... – Se dijo a sí mismo sin quitar los ojos de la ciudad a lo lejos.
El chico alzó su mano derecha, colocándola frente a su rostro. En su dedo anular, traía puesta una sortija de color negro, misma que comenzaba a admirar con cierta fijación...
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Capitulo 2:
El Problema de la Reidama
En la gran capital de Japón, la majestuosa ciudad de Tokio, el día estaba apenas comenzando para sus habitantes, y poco a poco estos empiezan sus rutinas diarias después de una noche de largo sueño. Los altos edificios del área metropolitana creaban un escenario de majestuosidad y poder, dignos del lugar en el que reside el control absoluto de una las naciones más avanzadas del mundo. En sus calles y banquetas se ve el ir y venir de la gente, vestida de diferente manera según fuera la ocasión, sobresaliendo por supuesto los diversos uniformes escolares. Pero por supuesto, el día no empezaba igual para todos.
En uno de los tantos edificios de la ciudad, se encontraba un departamento, no muy grande, pero lo suficiente para que una persona lo habitara. A lo lejos, se podía escuchar el agua de la regadera caer con fuerza, acompañado de cerca por el ruido que provenía de la televisión encendida. Cuando el agua dejó de caer, dejó que el sonido del aparato fuera el que cubriera el lugar.
- ‘Una vez más se reportaron diferentes avistamientos en el cielo de la ciudad de Tokio.’ – Se escuchaba que decía el locutor de las noticias. – ‘Lo que muchos consideran como Objetos Voladores no Identificados, otros los catalogan como “Espíritus Errantes”. Hasta este momento las autoridades no han querido dar respuesta a estos reportes, argumentando que sólo se debe a la imaginación humana…’
La puerta del baño se abre de pronto y la habitación se tiñe con la presencia de la dueña de la casa. Se traba de una mujer, de cabello largo en un tono azul oscuro y unos ojos grandes y celestes. Su cuerpo se encontraba totalmente empapado después de tomar la ducha, y lo cubría únicamente su bata de color blanco.
La mujer, de seguro de unos veinticinco o veintiséis años, caminaba hacía la televisión mientras terminaba se secarse el cabello. En ese momento, el teléfono comienza a sonar, lo que provoca que desvíe su ruta.
- ‘¿Estas viendo las Noticias Kitami?’ – Escuchó que le preguntaron del otro lado de la línea en cuanto contestó.
- Ya no les pongo mucha atención. – Respondió con seriedad. – No me pueden decir algo que no sepa.
La mujer dejó de secarse el cabello, colocando la toalla a un lado. Se dispuso a caminar hacía cuarto con la intención de arreglarse, al tiempo que llevaba consigo el teléfono.
- ‘Necesitó que vengas lo antes posible.’ – Le dijo la persona en la línea.
- Iré lo más pronto que pueda, pero de todas maneras hoy tengo clase a la primera hora ¿Sucede algo malo?
- ‘No, en lo absoluto. Lo que ocurre es que el Maestro Kenjiro y su alumno llegaran a Tokio esta mañana.’
- ¿El Alumno del Maestro Kenjiro…?
En un pequeño y modesto barrio de la capital, se encontraba una casa, una casa con una enorme puerta de madera en el frente de ella. A lado de esta puerta se encuentra un tablón que tiene escrito en letras japonesas: “Dojo Sakagami”. Como decía la entrada, en este lugar había un dojo, un dojo pequeño donde hace mucho tiempo se entrenaba Kendo, un antiguo arte marcial del Japón que se basa en el uso de la espada. Actualmente ya no tiene ningún alumno en especial, y el dojo sirve más como parte de la casa.
Pero el lugar de entrenamiento no está abandona. El interior de este dojo es tranquilo, su suelo es de madera, al igual que las paredes. En una pared se encuentran varias espadas colgadas, al igual que algunos tableros con nombres en ellos. Hincada en el suelo de madera frente al altar del dojo, se encuentra una persona, vestida con un uniforme de práctica, con su Keikogi blanco y la Hakama azul oscuro. Aparentemente era una joven de cabello en un tono morado, largo y sujeto con una cola hacía atrás. Frente a ella, colocada delicadamente en el suelo, se encuentra una espada de madera. La joven tenía los ojos cerrados, la cabeza baja y sus dos manos juntas frente a ella, como si estuviera rezando.
Después de terminar su oración, la joven abre lentamente sus parpados, revelando el azul profundo de sus ojos. Separa sus manos y toma rápidamente la espada frente a ella para luego ponerse de pie. La joven se da media vuelta y sujeta su arma con firmeza al frente. Se mantiene inmóvil unos segundos, antes de lanzar un furtivo golpe hacía el frente. De pronto, la chica comienza a moverse por todo el dojo a gran velocidad, mientras combinaba varios golpes realizados con su arma y sus pies hacía el aire. Los movimientos bien coordinados de la Boken y de su cuerpo reflejaban de alguna manera la gracia y agilidad digna de un practicante de esta arte marcial. Después demostrar su excelente técnica por todo el espacio de madera, la joven se detuvo para tomar un poco de aire.
- ¡Erishia! – Escuchó de pronto que alguien le gritaba a lo lejos. La joven recuperó la compostura y se giró hacía la entrada del Dojo. Luego de unos segundos, apareció frente a ella un hombre de estatura baja, ya algo mayor, con una barba blanca corta en el rostro. – ¡Aquí estás Erishia!
La joven de cabellos morados se giró hacía el recién llegado y se inclino hacía el frente como señal de respeto.
- Ohaiyo Eiji-Sensei. – Saludó la joven mientras se inclinaba.
- ¿Estás entrenando tan temprano? – Le preguntó él algo sorprendido, mientras entraba al dojo.
- Sólo quería hacer algo de ejercicio antes de ir a la escuela. – Fue su respuesta.
La chica se giró hacía la pared y colocó en ella la espada de madera que estaba usando. Al parecer ya no se encontraba para nada cansada después de realizar esos movimientos.
- ¡Siempre tan dedicada Erishia!, pero será mejor que te apresures o llegarás tarde.
- Hai.
- Por cierto… ya llegaron las personas que estábamos esperando.
- … ¿Personas…?
Mientras en el Dojo esas dos personas conversaban, en el jardín de la casa, parado bajo el brillante sol y las nubes blancas, se encontraba la figura de un joven, de cabello negro y corto, vestido con una chaqueta de color azul oscuro y unos pantalones azules; colgada de su hombro derecho se encontraba su maleta. El chico miraba con gran detenimiento el cielo así como todo lo que ese encontraba a su alrededor.
- Recordaba este sitio más grande. – Mencionó de pronto. – ¿Se habrá encogido desde que me fui?
- No seas tonto chico. – Le contestó un hombre algo mayor, calvo y de barba de color blanco que se encontraba sentado en el pasillo exterior de la casa bebiendo una taza de té. – En realidad fuiste tú el que creciste. Pero eso es lógico, te fuiste de aquí hace diez años aproximadamente.
Al escuchar esas palabras por parte de su acompañante, inconscientemente el joven alzó su mano derecha y bajó la mirada para admirar unos momentos la sortija de color negro que llevaba en su dedo. La sortija pareció de pronto traerle algunos recuerdos.
- ¡Este té es exquisito! – Mencionó el hombre luego de dar un sorbo de su taza. – Tu abuelo es muy amable en atendernos tan temprano. – Mientras hablaba, el señor acercó su mano a un paquete que tenía a su lado, sacando un pequeño pan dulce para acompañarlo.
- ¡No hubiéramos llegado a esta hora si no hubieras perdido todo un día en Yokohama! – Le gritó disgustado el chico de azul, girándose hacía él. – De no haber sido por eso, hubiéramos llegado desde ayer.
- ¡¿Qué estás diciendo?! – Le contestó a su vez, luego de dar una mordida de su pan. – ¡Ningún visitante que se respete llega a la casa de su anfitrión sin un regalo!
Una vez dicho esto, dio un nuevo sorbo de su taza y otra mordida de su pan. De pronto, se ve como la mochila del chico cruza todo el jardín, hasta chocar sin remedio contra la cabeza de su maestro, el cual por el impacto cae de espaldas contra el suelo de madera.
- ¡¿Entonces por qué se lo está comiendo usted?! – Gritó enojado luego de haber lanzando su maleta.
En ese momento, justo cuando el hombre mayor caía al suelo, los pasos de dos personas sacaron al joven de su enojo. Al voltearse hacía su derecha, pudo ver la figura de su abuelo Eiji, maestro del dojo, que era seguido por detrás por una joven de largos cabellos en un tono púrpura, vestida con un uniforme escolar formado por una camisa blanca de mangas cortas y una falda corta de color verde. Lo primero que notó el chico al ver a la joven que venía con su abuelo fue su extraña mirada fría, la cual le causaba incomodidad en cuanto se posó en él.
- Erishia, déjame presentarte. – Comenzó a decir el dueño de la casa mientras señalaba al joven parado en el jardín. – Él es Zeta, mi nieto, y viene de Kyoto.
La joven se le quedó viendo detenidamente, mientras éste la miraba con algo de confusión. Luego, el maestro se giró hacía el otro hombre que estaba con ellos, el cual después del golpe se levantó apresurado.
- ¡¿Quién te estás creyendo para tratarme así?! – Le gritó enojado su maestro al chico en el jardín.
- Y él es el señor Kenjiro, el sensei de Zeta. – Agregó el señor Eiji. En ese momento el maestro de Zeta se dio cuenta de su presencia. – Ambos vivirán aquí con nosotros a partir de hoy.
- Mucho gusto, Kenjiro-sama, Zeta-sama. – Saludo la joven mientras se inclinaba al frente como hace unos minutos.
- ¿Zeta-sama? – Preguntó sorprendido el joven de cabello negro al escucharla.
- Si me disculpan, tengo que ir a la escuela, matta ne.
Después de despedirse, la joven tomó su mochila y caminó hacía la salida del lugar. Por su parte, Zeta pareció quedarse algo confundido ante la presentación de la extrañada.
- ¿Zeta… sama?! – Volvió a decir de repente.
- ¡Sí que es una chica muy linda!, ¿no lo crees Zeta? – Le preguntó su maestro con un tono casi de burla.
- ¿Quién rayos es ella? – Preguntó Zeta dirigiéndose a su abuelo.
- Ella es Erishia Hamagushi y vive aquí conmigo. – Le contestó.
- ¿Acaso es su hija? – Le preguntó el hombre que acompañaba a Zeta.
- Por supuesto que no. Ella perdió a sus padres cuando era muy pequeña, sucedió tiempo después de que Zeta y su madre se mudaran. Sus padres eran amigos míos, y cuando ellos murieron yo me dedique a cuidarla. A mi edad el cuidar de una niña de seis años y convertirla en una adolescente, ja, eso si que fue un reto.
- Dígamelo a mí. – Comentó riéndose el maestro Kenjiro mientras apuntaba a Zeta. – Este chico de aquí es más terco que una mula.
- ¡Dejé de decir eso! – Le gritó el joven de cabello corto. – Abuelo, ¿por qué nunca me dijiste nada de ella?
- ¿Acaso tenía que hacerlo?, no seas quisquilloso Zeta, sólo imagínate que es como tu hermana.
- Una hermana muy linda. – Agregó por último su maestro antes de intentar dar un trago de su té. Sin embargo, se dio cuenta de que su taza estaba vacía luego de haberse derramado por el golpe.
Zeta se dio media vuelta y alzó la vista al cielo con una expresión ligeramente de enojo. Aún no se encontraba algo sorprendido de lo que pasaba, pero en el fondo estaba feliz por regresar después de tanto tiempo a su ciudad natal: Tokio, aunque en realidad era una sensación de felicidad combinada con miedo…
- Mejor deja de quejarte y prepárate. – Dijo de pronto su abuelo sacándolo de sus pensamientos. – Tienes que ir a la escuela, ¿recuerdas?
- ¡¿Qué cosa?! – El chico se giró exaltado la escuchar tal afirmación.
En otro barrio de la misma ciudad, se encuentra la residencia Hanamiya, una casa no muy grande, pero más que suficiente para una familia de cuatro personas, que es de hecho la que vive ahí. Ese día en la mañana la puerta de entrada se abre, y de ella sale un joven de cabello castaño y corto, piel blanca y ojos cafés oscuros; se encuentra vestido con un uniforme totalmente negro, con un saco de mangas largas. El joven coloca su mochila en el suelo y se sienta frente a la puerta mientras se amarra los zapatos.
- ¡Date Prisa Hikaru! – Gritó de pronto por encima de su hombro mientras se amarraba sus cordones. – ¡No quiero llegar tarde por tu culpa!
El joven siguió su tarea con desgano.
Mientras tanto, en el piso de arriba, después de subir unas escaleras y caminar por un pasillo, se encuentra una habitación algo pequeña, pero suficientemente grande para una persona. Dentro de la habitación se escuchaban los pasos rápidos y apresurados de alguien.
- ¿Dónde esta?, ¿dónde está?, ¿dónde rayos lo dejé? – Se repetía así misma la joven mientras buscaba debajo de sus ropas tiradas en el suelo de su armario. La joven se encontraba vestida con un uniforme de escuela: una falda de color verde oscuro, y una playera blanca.
Era una joven, de unos quince o dieciséis años de edad, cabello castaño claro, corto por encima de sus hombros, ojos grandes y cafés, y piel blanca. Parece realmente preocupada, tratando de buscar algo en su cuarto.
En la habitación había un escritorio de madera con algunos papeles encima además de un despertador; a la derecha de éste se encontraba una cama con sabanas blancas, la cual ya se encontraba muy desalineada después de que su ocupante despertara. Por debajo de las sabanas, parecía que algo se movía de un lado a otro.
Después de no encontrar lo que buscaba, la joven salió del armario y volteó a ver a la cama. Al divisar ese pequeño ser que se movía debajo de sus sabanas, rápidamente las retiró, revelando la figura de un pequeño gato de color negro, recostado cómodamente en su cama.
- ¡Eres tú Tsuki!, ¡pequeño travieso! – La joven se agachó y comenzó a acariciar delicadamente al pequeño animal. – Supongo que no sabes dónde está mi libro de Química, ¿verdad?
Al escuchar la pregunta de su dueña, el gato rápidamente se puso de pie y caminó hacía un rincón del cuarto, el cual estaba cubierto por varias prendas de ropa. La joven se acercó rápidamente a ese lugar, y para su sorpresa, al momento de retirar las ropas del suelo, en ese mismo lugar encontró el libro que buscaba.
- ¡Aquí está! – Exclamó la joven castaña tomando el libro. Una vez que tenía en sus manos lo que buscaba, tomó a quien lo había encontrado por ella, acercando la nariz del gato a la suya. – ¡Eres mi pequeño buscador Tsuki!, te recompensaré cuando vuelva de clases.
Rápidamente colocó al gato en su cama, metió el libro a su mochila y salió corriendo de su cuarto. Al mismo tiempo, el pequeño animal de color negro se reacomodó entre las sabanas, aparentemente volviendo a dormir.
La joven bajó rápidamente las escaleras de su casa y corrió directo a la puerta, cuando una voz detrás de ella hace que se detenga.
- Oigan, Hikaru, Shitaro. – Escuchó de pronto que alguien pronunciaba su nombre mientras se colocaba sus zapatos en la entrada. Se trataba de una señora de pelo canoso, corto hasta los hombros, con dos platos de comida en sus manos. – ¿No piensan desayunar?
- No podemos abuela. – Le contestó el joven de uniforme negro caminando hacía la calle. – Por culpa de Hikaru vamos a llegar tarde.
- No es mi culpa. – Contestó ella. – ¿Sólo porque mi cuarto está desordenado es mi culpa que no encuentre mis cosas?
Sin decir más, la joven se despidió de la mujer y salió corriendo para poder alcanzar a su hermano.
- Esos dos siempre andan apurados. – Se dijo así misma la señora de pelo canoso mientras veía con una sonrisa como ambos se alejaban.
Ya afuera, los dos jóvenes caminaban juntos hacía la escuela, juntos, hombro con hombro. Ambos estaban vestidos con los uniformes de su escuela, la Preparatoria Kasamatsu, una escuela pequeña pero de buen prestigio en la zona. Ambos chicos conversaban entre ellos mientras caminan.
- ...y esa es la razón por la que no pude hacer mi tarea. – Le decía la joven de cabellos castaños a su hermano.
- Será mejor que te busques otra excusa Hikaru, porque dudo que te lo crean. – Le dijo la persona que la acompañaba con un tono casi de burla.
- ¿Y porqué no me van a creer Shitaro?, si eso fue lo que paso.
- Vamos, sé realista hermana. Es más posible que te crean si dices que tu perro se comió tu tarea, y ni siquiera tenemos perro.
- ¿Qué tal si digo que mi hermano se la comió?, es más creíble que te la comas tú que un perro.
- No hay razón para que te molestes así, después de todo yo lo único que hago es ayudarte.
- ¿Ayudarme?, por favor...
Por estar peleando con su hermano, Hikaru no se fijó en el camino por el que iba. Esto provocó que por accidente se tropezara con una persona que estaba parada frente a ella, haciendo que tanto ella como la persona con la que tropezó cayeran al suelo.
- ¿Estás bien Hikaru? – Le preguntó Shitaro al verla en el suelo.
- Sí, no es nada. – Le contestó ella mientras se ponía de pie con la ayuda de su hermano. – Lo lamentó, no me fije por donde...
Las palabras de Hikaru parecieron trabarse al ver a la persona con la que había tropezado. Era una estudiante, vestida con su mismo uniforme. Después de también levantarse, se limpió el polvo de su traje y se volteó a verla con una mirada dura en el rostro. Su cabello era en un tono rojizo, largo y suelto hasta su cintura; sus ojos extrañamente también tenían un tono rojizo en ellos.
- ¡Hishikawa! – Dijo de pronto el hermano de Hikaru al reconocerla. El tono de su voz era casi de miedo, un sentimiento que al parecer Hikaru compartía, ya que también se le veía nerviosa al divisar a esa chica ante ella.
- ¡A... oye, lo siento, fue mi culpa...! – Comenzó a decir Hikaru tratando de disculparse, pero las palabras no salían con mucha naturalidad.
La joven seguía viéndola fijamente con una mirada dura y seria, la cual ponía nerviosos a los dos hermanos por igual. De pronto, su expresión cambió a una sonrisa despreocupada. De un movimiento rápido, la chica alzó su mano izquierda, cubierta con un guante de color negro de piel, y colocó su dedo índice en la frente de la joven de cabello castaño, sin que ésta entendiera lo que pasaba.
- No te preocupes chiquilla. – Le dijo la joven de cabello rojo, y luego pasó a darle un pequeño empujón hacía atrás con su dedo, el cual pareció ser lo suficientemente fuerte como para hacerla caer sentada en suelo de nuevo. – Esas cosas pasan.
Sin decir nada más, la extraña joven se dio la media vuelta y comenzó a caminar en dirección a la escuela, mientras los dos hermanos Hanamiya se le quedaban viendo sin decir nada. Cuando ya estaba lejos, Shitaro ayudó otra vez a su hermana para que se pusiera de pie.
- Qué chica tan extraña. – Dijo Hikaru limpiándose su uniforme.
- Tuviste suerte de que sólo te hiciera eso. – Le dijo su hermano aún impresionado por lo sucedido – ¿Qué no sabes lo peligrosa que es Asami Hishikawa la Líder de los Kuroreis de Tokio? Dicen que la semana pasada envió a tres chicos al hospital ella sola.
- Sí, ya he oído que es muy ruda. Pero no necesita golpearme, su sola mirada me da miedo. Alguien debería de decirle que no es bueno ser tan antipática.
- Tú puedes decírselo después, ahora estamos a punto de llegar tarde a la escuela.
Los dos aceleraron el paso para llegar a la escuela antes de que las clases comenzaran.
De regreso a la residencia Hanamiya, en el patio de la misma se encontraba Hanamiya Hana, la abuela de Hikaru y Shitaro, sosteniendo en sus brazos al pequeño gato de color negro. La señora colocó lentamente al animal en el suelo y se encaminó devuelta al interior de la casa.
- Tsuki, quiero que te quedes aquí afuera mientras limpio adentro. – Le dijo la señora antes de entrar.
Una vez que estuvo solo, el gato se recostó en el suelo para dormir un rato.
Al mismo tiempo, caminando despreocupado por la acera en camino a su nueva escuela, se encuentra Zeta, el recién llegado a la ciudad, vestido con un uniforme de color negro muy parecido al que usaba en su otra escuela. En su rostro se ve la apatía reflejada mientras camina. Las calles del barrio por el que pasaba parecían estar muy desiertas para tratarse de una ciudad tan grande como Tokio, aunque había que considerar que ese punto en especial de la ciudad se veía muy tranquilo.
- “¿Acabo de llegar aquí y ya me obligan a ir a la escuela?” – Pensaba Zeta sin poner mucha atención al camino. En ese momento, el chico mete su mano derecha en el bolsillo del pantalón y saca una pequeña esfera con un brillo de color blanco. – “¿Enserio tendrá esta esfera el poder que dice el Maestro Kenjiro y que tanto deseaba aquella persona?”
Aún recordaba todos los problemas que esa esfera les había ocasionado la otra noche, la esfera a la que llamaban “Reidama”. Lo que su maestro le había dicho le intrigaba, sobre todo la parte de conceder un deseo.
En ese momento, una extraña sensación hizo que detuviera de golpe su marcha. Parado a la mitad de la banqueta, Zeta comenzó a voltear hacía todos lados, como queriendo buscar algo.
- “¿Qué es esto?” – Pensaba mientras miraba en todas direcciones. – “¡Siento la presencia de un espíritu cerca de aquí!”
Zeta seguía tratando de buscar el origen de esa extraña presencia, cuando de entre las sombras de un callejón cercano comenzó a aparecer una figura oscura que se movía rápidamente hacía donde se encontraba. Sin embargo, antes de que el extraño atacante pudiera tocarlo, Zeta reaccionó y dio salto hacía arriba, haciendo que el extraño pasará justo bajo sus pies, cayendo en la calle.
Para cuando Zeta regresó al suelo, el extraño ya se había girado. Se trataba de una extraña criatura, tan grande como lo sería un león o algo parecido, cubierto por completo por oscuridad y sostenido en cuatro patas. De entre todo lo oscuro que lo rodeaba, se distinguían un par de ojos que resplandecían de rojo.
- Ya veo, se trataba de un ser débil… un Kurorei de menor categoría supongo. – Comentó el chico al distinguir a su atacante. – Por eso ha de haber sido que no pude sentir con claridad donde se encontraba.
- ‘¡Tú tienes algo que yo quiero!’ – Dijo de pronto el extraño ser con una voz profunda. Al escuchar esto, Zeta de inmediato puso sus ojos sobre la perla blanca que tenía en su mano.
- ¿Acaso te refieres a esto?, ¿Para que podrías quererlo tú?, es imposible que le cumpla un deseo a un ser de tu clase.
De pronto, sin dar alguna explicación, la criatura se abalanzó en su contra con la intención de atacarlo. Zeta dio un lago salto hacía arriba y hacía atrás, esquivando el golpe y cayendo en la barda de una casa que estaba detrás de él.
- Te sugiero que no te metas conmigo porque te puede ir mal.
Sin hacer caso a la advertencia del chico, el atacante se elevó hacía él. Zeta se movió hacía un lado, para esquivarlo, pero en cuanto los pies del ser negro tocaron la barda, se lanzó de nuevo en su contra, golpeándolo por sorpresa justo en el estomago. El impacto provocó por lo tanto que cayera en el patio de la casa.
Al escuchar el golpe del chico contra el suelo, el gato de color negro despertó y volteó su cabeza hacía el intruso.
- ¡Maldita basura! – Le gritó Zeta mientras se ponía de pie. – ¡Esto no se va a quedar así!
El espíritu parado en la barda dio un salto para colocarse sobre él y luego descender en su contra. Al ver esto, el chico jaló su puño derecho hacía atrás. De pronto, éste comenzó a cubrirse con una leve luz azul. Justo cuando la criatura estaba sobre él, abalanzó con fuerza su puño hacía el frente, golpeando a su atacante justo en el centro de lo que parecía ser su abdomen, haciendo que chocará fuertemente contra la barda.
- Te dije que no te metieras conmigo. – Le dijo triunfante. – No hay forma de que un ser como tú me quite esta extraña esfera…. ¿La esfera…?
Zeta movió rápidamente sus ojos hacía su mano derecha para darse cuenta de que ya no tenía la Reidama consigo. Rápidamente se dio media vuelta y de inmediato pudo ver la esfera blanca, situada en el suelo del patio mientras el gato de color negro la olfateaba.
- Oye gatito. – Comenzó a decir el chico de negro mientras se acercaba lentamente. – Dame esa cosa…
Al ver que ese extraño se le estaba acercando, Tsuki tomó la Reidama con su boca y salió corriendo. Zeta se lanzó para tratar de alcanzarlo pero el gato fue más rápido que él. Sin perder el tiempo el animal se subió a un árbol del patio y se salió hacía la calle.
- ¡¿Por qué tenía que ser brillante y redonda?! – Se dijo así mismo estando aún en el suelo.
Justo cuando se iba a poner de pie para seguir al gato, el espíritu que lo había atacado hace unos momentos lo golpeó justo en la espalda, haciéndolo caer otra vez.
- Dámela. – Comenzó a decirle mientras lo miraba con sus ojos rojos.
- ¡¿Qué no te das cuenta de que no la tengo?! – Le gritó poniéndose una vez más de pie.
Sin embargo, al espíritu no parecido importarle las palabras de Zeta y de nuevo se lanzó para tratar de golpearlo. Enojado, como si se tratará de un balón de fútbol que le acababan de pasar, lo golpeó con su pierna derecha, con tal fuerza que el ser fue enviado a volar por el aire.
- ¡Que eso te enseñe! – Le gritó al tiempo que la silueta oscura se alejaba. – Ahora tengo que ir por ese gato.
Zeta saltó la barda de un sólo salto para ir tras el gato que había tomado la Reidama. Segundos después, tras haber escuchado el ruido que hacían, la abuela Hanamiya salió para ver que era lo que pasaba.
- ¡¿Qué sucede aquí?! – Gritó en cuanto salió, pero no vio a nadie. – ¡Tsuki!, ¿Donde estás?
En la calle, una mujer de cabello azul y largo, con un par de anteojos en el rostro, camina por la banqueta en la misma dirección a la que iba Zeta antes de ser interrumpido. Trae un traje formal de color azul, con una falda que le cubre hasta las rodillas. Colgando de su hombro izquierdo traía un maletín de color café claro. De pronto, sus pasos se ven interrumpidos al ver una pequeña figura negra pasar frente a sus pies. La mujer siguió esta figura con la vista hasta que pudo ver que se trataba de un gato. Al principio no le llamó la atención, pero se dio cuenta de que el animal traía en su boca una pequeña esfera que brillaba con una luz blanca.
- ¡No puede ser! – Exclamó la mujer al verlo.
Cuando se disponía a alcanzarlo, otra figura mucho más grande pasó rápidamente a su lado. Al voltear para ver de quien se trataba, ve a Zeta corriendo detrás del gato, aparentemente ignorándola por completo.
- ¡Regrésame eso ladrón! – Le gritaba mientras lo perseguía. Sin embargo, el gato parecía ser aún más listo que él ya que se las arreglaba para dejarlo atrás.
De pronto, el pequeño animal negro se vio atrapado en un callejón sin salida. Al darse media vuelta, vio como Zeta se acercaba lentamente a él.
- ¡Ya te tengo gatito! – Le decía mientras se le acercaba con pasos lentos. De pronto, antes de que pudiera tocarlo siquiera, el gato corrió con todas sus fuerzas hacía el frente, pasándole al chico justo por entre sus piernas. En su desesperación por agarrarlo, Zeta terminó cayendo de cabeza al suelo.
Mientras todo esto pasaba, la mujer de cabello azul únicamente se dignaba a ver con una expresión de sorpresa como el chico fallaba en su intento.
- “¡¿Acaso él será…?!” – Se comenzaba a preguntar a si misma.
En ese momento, una presencia cercana hizo que su mente se enfocará en otra cosa. Al voltear hacía otra dirección, observó una figura oscura, la cual se acercaba hacía donde se encontraba el chico de negro.
- ¡Demonios! – Se decía así mismo mientras se ponía de pie. – ¡Ese maldito animal me las va a pagar!
Sin embargo, en cuanto se disponía a seguir su persecución, la criatura que lo había atacado hace poco regresó para embestirlo una vez más cuando no estaba poniendo atención. Cuando menos lo pensó, en su abdomen aparecieron las marcas de unas garras, las cuales lo acababan de herir. Zeta retrocedió luego del ataque, llevando su mano derecha a la herida.
- ¡Dámela! – Le comenzó a decir el ser oscuro con una voz profunda.
- ¡¿Tú otra vez?! – El chico ya parecía más que harto. – ¡Ya te dije que no te voy a dar nada!, ¡Ahora vete de aquí antes de que te elimine!, ¿Quieres?
El espíritu no parece muy convencido con las palabras de Zeta, y se le queda viendo detenidamente de frente. Zeta, al ver que ese ser parecía dispuesto a atacarlo de nuevo, se puso en posición, listo para recibir lo que viniera. Su herida parecía simplemente superficial; prácticamente lo había rozado, así que no sería un problema el defenderse. En eso, una voz proveniente desde atrás de la figura negra del espíritu llama la atención de ambos.
- Nunca serás un buen Reibuke si no eres capaz de controlar a seres como estos. – Escucharon de pronto.
Zeta alzó su mirada rápidamente para ver de quien se trataba. Parada en la entrada del callejón estaba la figura de la misma mujer de cabello azul que había estado viendo todo.
- ¡¿Quién es usted?! – Le preguntó en cuanto la vio, pero sólo recibió una respuesta por parte del espíritu negro.
- ¡Es la Cazadora! – Mencionó.
- ¡¿La Cazadora?! – Preguntó sorprendido el chico al escucharlo.
- No tiene caso que un Kurorei como tú vaya detrás de la Reidama, ya que no te puede conceder ningún deseo. Lo más que puede hacer es darte algunos poderes.
- Estoy conciente de eso. – Respondió – Pero también sé que si se usa adecuadamente, la Reidama no sólo puede conceder deseos… incluso un ser de alma negra como yo puede obtener grandes poderes con ella…
- Ya veo… - La mujer acercó su mano izquierda a su maleta, abriéndola lentamente. – En ese caso me veré en la necesidad de acabar contigo aquí mismo.
Sin esperar a que la mujer hiciera algo, el espíritu se abalanzó en su contra para tratar de atacarla primero. De pronto, la extraña sacó rápidamente un objeto de su maleta. Inmediatamente después, dio un largo salto hacía su derecha para esquivar a la criatura y al mismo abalanzó su mochila hacía ella, golpeándolo y haciéndolo chocar contra la pared.
Ya con sus pies de nuevo en tierra, la mujer alzó el objeto que había sacado. Se trataba de lo que parecía ser una espada corta al estilo japonés, la cual estaba guardada en una funda de color oscuro, con una empuñadura del mismo color.
- ¡¿Acaso crees que me harás daño con eso?! – Le gritó la criatura con coraje. Ella no respondió nada, simplemente se le quedó viendo.
En ese momento, colocó su mano derecha sobre la empuñadura, comenzando a desenfundarla lentamente, hasta que la brillante hoja del arma estaba frente de su rostro. Sin perder más tiempo, el Kurorei pareció salir volando hacía donde se encontraba la extraña con toda la intención de atacarla. La boca de la criatura comenzó a abrirse, mostrando unos largos colmillos afilados.
De pronto, los ojos de Zeta se llenaron de sorpresa al ver algo que ya le era familiar. La hoja de la espada corta se comenzó a cubrir poco a poco con un brillo blanco que casi opacaba las sombras del callejón.
- ¡Kutan Yaiba! – Se dijo así mismo en voz baja mientras veía esto.
En eso, justo cuando el Kurorei estaba a una distancia muy corta de ella, la mujer movió su espada con fuerza hacía el frente con un movimiento de izquierda a derecha. El movimiento hirió a la criatura a la altura de su cabeza, haciendo que de su herida brotara una sustancia de color oscuro. La región tocada por la hoja pareció comenzar a quemarse.
- Los espíritus malignos de clase baja como tú no pueden hacerle frente a este poder. – Le comenzó a decir con un tono serio. – Ríndete ahora y acepta tu Destino.
Pese a su herida y a las advertencias hechas, la criatura se quiso lanzar de nuevo en su contra. La mujer comprendió como estaba la situación, por lo que decidió terminarla. Rápidamente se lanzó al frente, colocando su arma de manera baja. Luego, antes de que ambos chocaran, la alzó rápidamente hacía arriba de tal manera que la hoja resplandeciente cortara en dos a su atacante. Éste, en cuanto estuvo en contacto con la hoja, pareció desmoronarse poco a poco hasta que no quedaron ni cenizas de él. Ya con la extraña criatura muerta, la mujer se paró con firmeza, acomodándose sus anteojos.
- Descansa en Paz. – Dijo por último mientras el brillo de su espada desaparecía y la guardaba de vuelta en la vaina. Cuando todo había terminado, Zeta se le acercó a ella lentamente.
- ¿Usted es un Reibuke? – Le preguntó con confusión, a lo que ella sólo respondió con una mirada rígida.
- ¿Perdiste la Reidama? – Le preguntó sin demora.
- ¡¿Qué?!, ¿Cómo sabe de la…?
- Eso no importa ahora, ¿o sí? Se ve que eres algo lento chico. Debiste de haber ido tras aquel Gato mientras yo me encargaba de este Kurorei.
En cuanto el gato y la Reidama volvieron a la mente del chico de negro, éste comenzó a correr rápidamente hacía afuera del callejón, esperando lograr alcanzar al animal. Mientras tanto, Tsuki seguía corriendo por la calle; era como si intentara escapar apropósito. Había corrido tanto, que parecía no saber exactamente como regresar a su casa. En ese momento, Zeta llega a la calle en la que el estaba y después de voltear hacía los lados logra verlo parado en la banqueta.
- ¡Ahí estás! – Gritó mientras corría hacía donde estaba.
Tsuki, al ver que su perseguidor aún lo seguía, emprendió de nuevo la huida, directo hacía la calle. Sin embargo, para su mala suerte, un automóvil venía directo hacía donde él estaba. Casi paralizado, el gato no pudo moverse siquiera, y terminó atropellado por el carro. El cuerpo del gato salió volando por aire luego del impacto, cayendo justo frente a Zeta, el cual quedó parado de golpe ante la sorpresa. La mirada del joven parecía ida, como si no pudiera creer lo que acababa de ver; pareció quedarse paralizado al ver el cuerpo del animal frente a él.
De pronto, la figura de la mujer de cabello azul se hace presente justo a lado del chico. Al ver el cuerpo del gato, su rostro pareció no mutarse del todo.
- Qué destino tan triste. – Dijo en voz baja.
Zeta por su parte se veía algo más impresionado. Ver a ese cuerpo sin vida, aún siendo el de un gato, de alguna manera lo hacía sentir mal…
- Será mejor que tomé la Reidama y lleve el cuerpo con sus dueños. – Mencionó mientras se acercaba a él.
De pronto, antes de que pudiera ponerle una mano encima, todo el cuerpo del gato se cubrió con un resplandor blanco, que dejó ciego al chico por unos segundos. Cuando el resplandor se disipó, el cuerpo del animal había desaparecido por completo. Esto impresionó tanto a Zeta como a la mujer a su lado.
- ¡¿Pero… qué paso?!
La campana de la Preparatoria Kasamatsu comienza a sonar, marcando así el inicio de las clases, y por lo tanto los alumnos poco a poco van entrando a los salones para comenzar el día de escuela. En el Salón 1 del Primer Año, la mayoría de los alumnos ya se encuentran listos en sus lugares. Sentada en su pupitre, silenciosa y sin llamar la atención, se encuentra una joven de cabellos morados y largos, con su mochila sobre el escritorio. La joven se encuentra sentada tranquilamente, esperando a que empiece la clase. Sus ojos se encontraban cerrados, como si estuviera meditando o tal vez descansando de alguna noche sin sueño.
- ¡Oye Hamagushi! – Escuchó de pronto que alguien decía a lado de ella, lo que la hizo abrir sus ojos. Al voltear a ver quién le hablaba, pudo ver a simple vista la figura de Asami Hishikawa, con sus largos cabellos rojos y su muy habitual mirada agresiva en el rostro; se encontraba acompañada por otras tres estudiantes.
La pelirroja caminó hacía el pupitre de la joven de cabellos morados, y una vez frente a ella golpeó con fuerza la madera del escritorio con su puño derecho. La joven de morado sin embargo no se mutó.
- ¡¿Me puedes decir dónde te escondiste cobarde?! Ayer te estuvimos esperando durante tres horas y no te paraste para nada en lugar que habíamos acordado.
- ¿Qué habíamos acordado? – Preguntó de pronto la estudiante sentada con un tono de voz despreocupado. – Yo jamás dije que iría, tú sólo me ordenaste que fuera pero yo jamás acepté el pelear contigo. Tenía cosas más importantes que hacer.
- ¡¿Qué cosa?! – Contestó la joven de cabello rojo enojada. – ¿Con quien crees que estás tratando?, lo más seguro es que te dio miedo y te fuiste a esconder a tu pequeño dojo.
Sin contestar a los comentarios de su agresora, Erishia movió su mirada hacía el puño que se encontraba aún sobre su escritorio. Rápidamente acercó su mano derecha y tomó con fuerza la muñeca de la pelirroja para luego ponerse de pie y poco a poco comenzar a doblarle el brazo a pesar de la resistencia que la otra pusiera. Las otras chicas se quedaron atónitas al ver esto.
- Asami, si tienes tantas ganas de que te golpeen, te sugiero que te busques a otra persona que esté dispuesta a perder el tiempo jugando contigo, porque la verdad yo no tengo el menor interés en cumplir tus caprichos, ¿entiendes?
Erishia la soltó de golpe y se volvió a sentar en su lugar como si nada.
Asami estaba totalmente furiosa ante esta actitud. Justo cuando parecía que se le abalanzaría encima para golpearla, la puerta del salón se abre y el maestro de la primera hora entra a éste. La pelirroja se contiene al verlo, mientras aprieta con fuerza sus puños. La joven da un último vistazo a su oponente para luego caminar hacía su asiento.
Casi al mismo tiempo que en el otro salón entraba el maestro, vemos a una joven de cabellos castaños corriendo por el pasillo de los salones lo más rápido que puede. Una vez que llegó al salón en el que iba, Hikaru abre rápidamente la puerta y lo primero que hace es inclinarse hacía el frente y disculparse.
- ¡Discúlpenme por llegar tarde! – Gritó con fuerza en cuanto entró.
En ese momento, se da cuenta que nadie se encuentra sentado en su lugar y que todos los alumnos se le quedan viendo tras su extraña entrada. Al parecer el maestro no había llegado aún. Sin decir nada más, apenada y avergonzada, camina lentamente hacía su lugar.
- Tranquila Hikaru. – Dijo una de las alumnas que estaban en el salón. – La maestra se retrazó.
- ¿Qué pasó? – Le preguntó otra alumna al verla llegar. – ¿Otra vez te quedaste dormida?
Hikaru levantó la mirada y vio a las dos alumnas frente a ella. Una de ellas esta sentada en un asiento justo detrás del suyo; su cabello es un tono azul claro, corto hasta los hombro, de piel blanca y ojos en un tono azul oscuro. La otra se encuentra de pie a lado de la primera; su cabello es en un tono verdoso oscuro, largo hasta la cintura. Hikaru colocó su mochila en el asiento que está delante de la joven sentada y luego se giró hacía ella.
- Me retrase un poco buscando mi libro de Química. – Fue la respuesta de la joven ante la pregunta de su amiga.
- Yo siempre he dicho que un día de estos tú misma te vas a perder en ese cuarto tan desordenado que tienes. – Le comentó la joven que estaba de pie en un tono casi de burla.
- No está tan sucio... – Fue la corta defensa de Hikaru. – Pero está bien, hoy en cuanto llegue me encargaré de asearlo un poco…
En ese momento, la chica se sentó en su lugar y se giró hacía el asiento que estaba frente a ella. Éste se encontraba vacío, no había una mochila, ni cuadernos ni nada. Parecía que el alumno que se sentaba ahí aún no llegaba.
- ¿Dónde está Yusuke? – Preguntó Hikaru sin quitar sus ojos del asiento frente a ella.
- Hikaru, ¿qué ya lo olvidaste? – Mencionó la alumna sentada detrás de ella. – El equipo de Esgrima se encuentra entrenando ya que la próxima semana parten hacía los Estados Unidos.
Los ojos de Hikaru se abrieron pro completo al recordar ese hecho que había pasado por alto.
- Me pregunto qué hará Hikaru durante dos semanas sin Yusuke. – Dijo la joven de pelo verdoso riéndose.
- Apuesto a que se volverá loca. – Respondió la otra. – Pero después de todo debe de estar feliz, este campeonato es muy importante para él.
La joven de cabello castaño parecía no poner atención a la conversación de sus dos amigas; su mirada aún continuaba fija en el asiento de enfrente. De pronto, un extraño flash a su derecha hizo que la joven saliera de sus pensamientos. Al girarse para ver que era, lo primero que vio fue el gran lente de una cámara, lo cual la sorprendió tanto que la hizo caerse de su asiento.
- A esta fotografía la llamaré “Estrella de voleibol deprimida”. – Se escuchó de pronto que alguien decía del otro lado de la cámara. Bajando el aparato a la altura de su pecho, las tres alumnas pudieron ver de quien se trataba: era un chico de cabello negro y corto, con un par de anteojos en su rostro.
- ¡¿Ahora qué quieres Daisuke?! – Le preguntó enojada Hikaru mientras se ponía de pie.
- ¿No puedes llevar tu cámara a que molesté a otra persona? – Le dijo la joven de cabello azul insinuándose que se fuera.
- ¿Por qué me dices eso pequeña Yoko-chan? – Le contestó el dueño de la cámara apuntándola con su lente – Recuerda que soy un artista, lo único que hago es retratar la verdad, y no hay más verdad que la tristeza humana.
- ¡¡Yo no estoy triste!! – Le contestó Hikaru poniéndose rápidamente de pie.
- No me engañas Hanamiya Hikaru. – Le dijo moviendo su cámara hacía ella. – La historia de una pobre chica deportista que está a punto de alejarse para siempre del amor de su vida ya que éste irá a un país lejano para competir en el campeonato de su vida. Es un historia perfecta, hasta se podría hacer una película.
- Por favor, Estados Unidos no es un “país lejano”. – Le informó la joven de cabello verdoso. – Además, Masuno no se irá para siempre, sólo serán dos semanas.
- Bueno. – Comenzó a decir por ultimo el joven de los anteojos. – Puede que haya alguien que pueda aliviar la pena de la pobre protagonista de nuestra historia.
- ¿Qué?, ¿a qué te refieres? – Le preguntó Hikaru sin comprender de lo que estaba hablando.
- Me refiero al nuevo alumno... – Fue la corta respuesta del chico, la cual las tres alumnas parecieron no entender. – Es un rumor que me llegó. Dicen que un nuevo alumno será transferido a nuestro salón, aunque no he podido averiguar mucho al respecto. Un rostro nuevo podría cambiar el humor de nuestra amiga, ¿no creen?
Los comentarios del chico no agradaban del todo a la joven castaña. En ese momento, antes de que alguno pudiera decir más, la puerta del salón es abierta por la maestra de la primera clase, una mujer de estatura mediana, de cabello azul oscuro, largo hasta su cintura, con un par de anteojos en el rostro. Al verla penetrar en el cuarto, todos los alumnos toman sus respectivos asientos y giran su mirada al frente. La maestra entra en el salón, seguida por un joven que la acompañaba, de cabello negro y corto, con unos ojos grandes y negros, vestido con el uniforme negro de la escuela, cuya parte de arriba parecía estar roto, como si lo hubieran cortado con un cuchillo o algo parecido. Al momento en que este joven entra en el salón, las miradas de todos se centran en él. Su expresión no era del todo agradable; parecía incluso estar disgustado por algo.
La maestra se gira hacía el pizarrón para escribir algo en él con una tiza blanca, mientras el joven se quedaba parado a su lado, frente a toda la clase. Una vez que terminó de escribir, se giró hacía sus alumnos.
- Atención alumnos. – Comenzó a decir la maestra mientras señalaba al joven con su mano. – Él es Sakagami Zeta, viene de Kyoto y acaba mudarse a la ciudad. Será su compañero de clases a partir de este día y posiblemente durante el resto de su preparatoria. Quiero que todos lo traten bien.
- Hola. – Comenzó a decir el joven, aparentemente no con muchas ganas. – Soy Zeta, y es gusto conocerlos…
Todos los alumnos se le quedaron viendo fijamente, pues era un chico que llamaba la atención. A simple vista su presentación no había sido del todo amable. Sin embargo, algunas alumnas tenían un cierto interés diferente al ver al nuevo alumno.
- ¿No te parece un chico apuesto Hikaru? – Escuchó Hikaru que la voz baja de su amiga le decía a sus espaldas.
- ¿Te parece? – Le respondió Hikaru no muy convencida.
- Por primera vez Daisuke podría no estar tan loco. Este chico no está tan mal.
- Para ti ningún chico está mal Yoko... Me parece que tiene cara de busca problemas, como muchos que hay en esta escuela.
- Veamos... – Comenzó a decir la maestra de azul, mientras movía su mirada por todo el salón tratando de encontrar un lugar para el nuevo alumno. De pronto, sus ojos se detienen en el asiento vacío enfrente de Hikaru. – Zeta, te sentarás en el lugar de Masuno por el momento, delante de Hanamiya.
Hikaru se sorprendió al escuchar el apellido de la persona que se sentaba frente a ella, la misma persona de la que estaban hablando hace poco, seguido por su propio apellido. El nuevo alumno divisó el lugar vacío y caminó entre los mesabancos en dirección a él. Hikaru miraba al joven con detenimiento, con una mirada dura, como si no le tuviera confianza. Él volteó a verla y notó esa expresión en sus ojos. El chico le sonrió un poco y luego se sentó frente a ella.
- “¿Quién te has creído para tomar el lugar de Yusuke?” – Pensó la joven castaña mientras no quitaba sus ojos de la negra cabellera del recién llegado.
Pasaron las horas y las clases transcurrieron una tras otra, hasta que llegó la tan esperada hora del receso. Sin embargo, mientras todo el resto de la escuela trabaja con normalidad, en el gimnasio de la preparatoria, el grupo de esgrima sigue entrenando. La esgrima no era un deporte tan popular en la ciudad como lo eran el Kendo, el baloncesto o el fútbol. Aún así, la creación de este equipo había sido un proyecto algo singular, que hasta el momento había dado buenos resultados. Ahora el equipo de la escuela Kasamatsu estaba por viajar a Norteamérica para un torneo muy importante.
Varios miembros del Equipo se encuentran entrenando por parejas, vestidos con sus trajes protectores mientras chocan sus espadas. En una plataforma, dos personas se encuentran combatiendo. Después de atacarse durante largo tiempo con sus armas, uno de ellos logra desarmar al otro. Ante el último movimiento, todos los que miraban el combate comenzaron a aplaudir. El vencedor del duelo se quitó su careta mostrando su rostro: era un joven de dieciséis años, de cabellos castaños cortos y piel blanca; sus ojos tienen un tono café claro.
El joven le da la mano a su contrincante y luego sale del área de combate. En ese momento, un chico de cabello en un tono gris largo hasta sus hombros se le acerca; también está vestido con un traje de esgrima.
- Interesante tu técnica Masuno. – Le comienza a decir el joven de cabello gris. – Pero a tu movimiento le falta de refinamiento.
El joven que acababa de ganar el combate se giró al escuchar la voz de su amigo. Al verlo, una sonrisa adornó su rostro.
- ¿Enserio?, cuando quieras te daré una demostración de mi “refinamiento”. – Le contestó él con un tono confiado.
- Amigo, estoy tan emocionado, ¿sabes lo grande de esta oportunidad?
- Sí, lo sé, no todos los días vas a un Campeonato Internacional.
- Sin hablar de adonde iremos. He hablado por Internet con algunos amigos que tengo haya en los Estados Unidos. Les hablé de ti y arreglé que nos presentarán a dos lindas chicas de haya; no hablan mucho japonés, pero eso no importará.
- Kenshi, no empieces.
- Aja.... – La mirada del joven de cabellos grises se centra en la puerta de entrada del gimnasio. En ese momento, mira a una joven de cabellos castaños, la cual caminaba lentamente hacía ellos con una caja de almuerzo en sus manos. – Oye, ¿quién es esa chica tan linda?
Masuno, al escuchar la pregunta de su amigo, giró su cabeza hacía su derecha y observó detenidamente a la joven que se acercaba, reconociéndola de inmediato.
- ¡Hikaru! – Dijo de pronto sorprendido al verla. La joven se acercó a donde estaban ambos, saludando al joven de caballo castaño con una sonrisa.
- Buenas días Yusuke – Saludo Hikaru al estar frente a él. – Como han estado entrenando todo el día, te traje algo para que comieras.
- Gracias, yo... no debiste molestarte. – Le contestó el muchacho con algo de pena.
- Oye amigo, ¿no nos presentas? – Preguntó de pronto el chico de cabellos grises, colocando su brazo alrededor del cuello de su amigo.
- Sí, claro… ella es Hikaru Hanamiya, va conmigo en mi salón. Hikaru, él es Kenshi Montou, el capitán del Equipo.
- Y Medallista de oro nacional Juvenil, y también el favorito para ganar la medalla de oro en el campeonato de Estados Unidos, que no se te olvidé. – Comenzó a alardear el orgullo capitán.
- Emm... mucho gusto... – Contestó ella algo tímida.
- ¿Así que tú eres la famosa Hikaru Hanamiya, la estrella del Equipo de Voleibol?
Hikaru puso una sonrisa algo tímida ante los comentarios del capitán del equipo de Esgrima; también estaba algo tímida al estar hablando frente a Yusuke.
- ¿Estrella?, yo no diría eso...
- No seas tan modesta, todos dicen que con tu liderazgo por fin le ganaremos la copa de oro a esos niños ricos de Heveret.
- No lo sé... yo...
Hikaru desvió la mirada hacía otro lado, algo nerviosa y tratando de pensar en que decir. De pronto, por entre las demás personas vistiendo trajes de esgrima, pudo ver la otra puerta del gimnasio que daba hacía el patio. A través de la puerta, pudo ver la figura de un grupo de alumnos que pasaba frente al edificio; entre ellos, distinguió a su hermano Shitaro. Era extraño, ya que el resto de los que lo acompañaban se veían más grandes que ellos.
- ¡Shitaro! – Dijo en voz baja la joven de ojos castaños al verlo.
En cuanto vio esto, le pareció muy extraño y no pudo evitar preocuparse. Kenshi y Yusuke notaron esto y le preguntaron si le pasaba algo.
- Hikaru, ¿pasa algo malo? – Le preguntó Yusuke sacándola de sus pensamientos.
- No, No... – Contestó nerviosa Hikaru, fingiendo que no pasaba nada. – Lo siento Yusuke, pero ya me tengo que ir, toma tu almuerzo, y suerte...
Hikaru salió corriendo del gimnasio, directo a la misma dirección en la que había ido su hermano, sin darles alguna explicación a los dos chicos que se quedan sin comprender que pasó. Yusuke sostuvo la caja con el almuerzo entre sus manos, con la mirada fija en los bocadillos de su interior.
- ¡Vaya!, es una chica muy linda, aunque algo despistada. – Mencionó Kenshi mientras Yusuke no quitaba sus ojos de la caja. – Me preguntó si tendrá novio.
- No, ella no tiene... – Le contestó Yusuke con un tono casi triste.
- ¿He?, no me digas que a ti te gusta.
- Yo no dije eso...
- Pues claro, eso lo explica todo. Con razón te trajo un almuerzo para que comieras, lo más seguro es que tú también le gustas, ¿por qué no aprovechas?
- Yo no soy como tú Kenshi.
- Oye, me estás juzgando mal, ¿qué clase de persona crees que soy?, bueno, ¿Por lo menos ya se lo dijiste?
- Ehhh... – El rostro del chico se puso ligeramente rojo al escuchar tales comentarios.
- ¡Por Dios amigo! ¡Nos vamos a ir la próxima semana y no regresamos hasta dentro de dos semanas o más!, ¿Qué vas hacer si en ese tiempo encuentra a otra persona?
- Mejor no te metas en esto Kenshi y sigamos entrenando.
- Te falta más determinación amigo. – Agregó por último el capitán, dando un largo suspiro.
Hikaru siguió a su hermano y a los chicos que lo acompañaban hasta un lugar, rodeado por varios de los árboles del jardín. Para no ser vista, la joven se oculto entre algunos arbustos que estaban lo suficientemente cerca como para oír de lo que hablaban. Su hermano se encontraba de pie, rodeado por varios alumnos que lo miraban fijamente. De entre todos ellos, Hikaru sólo pudo reconocer al que se encontraba justo frente a su hermano. Era Tsui Hino, un alumno del segundo año, un chico alto y fornido, con un peinado corto.
- Dime Hanamiya, ¿por qué no has cumplido con el trato? – Comenzó a preguntar el chico alto dirigiéndose al hermano de Hikaru.
- ¿Trato?, yo jamás hice un trato contigo Tsui. – Le contestó él con un tono firme.
- ¿Te estás creyendo el rudo amigo Shitaro?, tú sabes muy bien que aquí no nos gustan los presumidos.
- ¿Y que van hacer al respecto?
Ante el comentario del joven Hanamiya, Tsui pareció simplemente sonreír. Sin embargo, sin que Shitaro se diera cuenta siquiera, Tsui abalanzó su rodilla en contra de él, golpeándolo con fuerza justo en el estomago, haciendo que cayera de rodillas al suelo. Hikaru se quedó tan sorprendida con esto que ni siquiera se pudo mover.
- Eso vamos a hacer Hanamiya. – Le contestó Tsui mientras Shitaro seguía en el suelo. – Más te vale que dejes de pasarte de listo, o te va a ir muy mal, ¿me oíste?
Shitaro no le contestó, únicamente volteó a ver con una mirada de enojo, a lo que él simplemente le sonrió. Luego de hacer esto, Tsui y el resto de los alumnos se alejaron caminando.
Cuando su hermano ya se encontraba solo, Hikaru salió de entre los arbustos para ver si se encontraba bien.
- Shitaro, ¿te encuentras bien? – Le decía mientras lo ayudaba a ponerse de pie.
- ¿Qué haces aquí? – Le preguntó al verla. – ¿Estuviste oyendo?
- ¿Qué haces tú con esos sujetos?, ¿No sabes que son muy peligrosos?
- ¡Ese es mi problema! – Le gritó Shitaro enojado. – ¡Estoy muy grande como para que mi hermana me esté cuidando!
Sin decirle nada más, se alejó caminando, dejando su hermana gemela muy sorprendida…
ZETA
FIN DEL CAPITULO 2
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