Esa noche el cielo se encontraba completamente cubierto por nubes negras, nubes que anunciaban la cercanía de alguna tormenta. El viento soplaba con fuerza, moviéndose entre todas las montañas que rodeaban la región. Pareciera que todas las personas se encontrarían dentro de sus casas considerando las condiciones del clima, pero al parecer no era del todo así. Ubicados en la cima de una larga colina, teniendo a sus espaldas una enorme construcción de enormes pilares, se encontraban varias siluetas que registraban el sitio como hormigas.
Al frente de todos, parado en la orilla de la colina mirando hacía al pueblo, estaba una persona de estatura baja, con un largo sombrero en su cabeza, ojos pequeños y serios, y un traje parecido a una bata o túnica de color blanco y rojo, con el símbolo de un dragón rojo en la espalda. El hombre estaba quieto en su lugar sin hacer el menor ruido o movimiento. De pronto, escucha unos pasos rápidos que se acercan hacía donde él se encuentra.
- ¡Da shi! – Escucha que una voz le grita a sus espaldas.
El hombre reacciona con lentitud, pero logra voltear a ver a la persona por encima de su hombro. Era un joven, de unos dieciséis años de edad o más, alto, de cabello en un tono púrpura claro y largo, sujeto hacía atrás con una larga cola que le llegaba por debajo de su cintura. Vestía un traje compuesto de una clase de chaleco de color amarillo, y debajo de éste un traje de color rojo con unos pantalones negros y anchos. El joven respiraba con cierta agitación debido a la larga distancia que había corrido en poco tiempo. Además, se le veía gravemente preocupado.
- Xiang-Wu. – Pronunció el hombre con seriedad mientras se volteaba hacía él, apoyándose en su bastón de madera.
- ¿Qué ha pasado aquí Da shi? – Preguntó apresurado el recién llegado, esperando un respuesta lo antes posible. El receptor de dicha pregunta permaneció unos momentos callado antes de contestarle.
- Un intruso acaba de profanar el Templo Mayor esta noche. – Le informó con firmeza, lo que dejó sorprendido al chico.
- ¿Un intruso?
Sin decir ni esperar a que le dijeran más, el recién llegado se dio media vuelta y corrió apresurado hacía el enorme portón del templo, del cual sólo quedaba el arco ya qué las puertas habían sido derrumbadas por completo.
- ¡Xiang-Wu!, ¡Espera! – Le gritó su maestro, pero él no le hizo caso y atravesó hacía el interior del lugar.
De pronto, sus pasos apresurados son detenidos de golpe. Su cuerpo se congeló por completo y sus ojos se quedaron abiertos de par en par, todo esto al ver frente a él la terrible escena. Por todo el patio principal, como hojas de árboles arrancadas por el viento, se encontraban los cuerpos sin vida de casi quince personas. Los cuerpos estaban llenos de heridas de espadas; gran parte de ellos cortados, golpeados, y hasta en algunos se veían quemaduras. Casi todo el verde pasto del jardín se encontraba rojo en ese momento.
El chico llevó su mano derecha hacía su boca, apretándola con fuerza. Aún así, se mantuvo firme y no desvió su atención hacía ningún otro lado. Al mismo tiempo que él veía todo esto con asombro, su maestro se acercaba a él por detrás.
- ¡¿Quién rayos hizo algo como esto?! – Preguntó asombrado, retirando su mano de la boca.
Al oír la pregunta del joven, lentamente el hombre de baja estatura introdujo su mano izquierda en el interior de su traje, sacando de este sitio un papel blanco cubierto con algunas manchas. El hombre extendió su brazo hacía él y se lo entregó.
- Lo dejaron sobre el altar del templo. – Le dijo al mismo tiempo de que se lo pasaba.
El chico tomó el papel apresurado y lo abrió. Su expresión pareció reaccionar ante el contenido de dicho papel: Era una marca, como un signo, de color negro y rodeado de un círculo del mismo color. La hoja estaba cubierta por varias manchas de sangre, posiblemente salpicadas durante la pelea, o tal vez puestas en él apropósito.
- ¡Es una letra japonesa! – Se dijo así mismo mirando el papel en sus manos. – Creo que la he visto antes…
- Es la marca que usa un grupo dilectito del Japón. – Le contestó el hombre manteniendo la serenidad. – Aquí en China se les conoce como “Bang Hui Xiong Shou”. Es muy antigua, pero la División Oriental de los Caballeros Blancos los ha considerado como una de las principales amenazas desde el último siglo y medio.
El chico de cabello largo juntó rápidamente sus manos, arrugando de esta manera el papel como señal de enojo. El anciano prosiguió a pesar del estado de su alumno.
- No sé que clase de planes tenga una Sociedad como esa, pero a quién quiera que hayan enviado, no sólo asesinó a todos los guardias del Templo… También se ha llevado consigo la Jian Long.
Al oír estas palabras, el joven quitó su atención de sus manos y volteó a ver a su maestro totalmente atónito. En ese momento pareció invadirlo una gran rabia, tal que apretó con más fuerza en papel entre sus manos, como queriendo hacerlo pedazos.
- Enviaré a alguien a que siga al ladrón. – Le informó de inmediato, disponiéndose a retirarse.
- ¡Qing Da shi!, ¡Envíeme a mí! – Le gritó él con coraje.
- No será necesario Xiang. – Le respondió por último, dándose la media vuelta para salir de nuevo del templo. El chico lo miró con extrañes. – Ya le he encomendado esta misión a tu hermano…
En ese momento, el fuerte viento y las nubes negras fueron acompañados por el estruendo sonido de los relámpagos, así como su misterioso resplandor…
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Capitulo 5:
Una Visita Inesperada; El Reibuke que vino de China
Ya muy entrada la noche, Zeta se despertó de golpe totalmente exaltado. Se sentó rápidamente en la que ahora era su nueva cama y fijó su mirada perdida en el frente. Su mirada parecía extraviada e ida, su respiración era agitada y su rostro estaba cubierto por el sudor frío; parecía que acababa de levantarse de la más horrible de las pesadillas.
Se quedó sentado por casi un minuto hasta que su respiración pareció normalizarse un poco. Luego, se dejó caer de golpe en la cama, recostando su cabeza de nuevo en la almohada. Por simple reflejo alzó su mano derecha, colocándola sobre su frente; aún se le veía muy alterado.
- “Otra vez esa maldita pesadilla…” – Pensaba para si mismo, intentando no recordar de nuevo lo que acababa de ver. – “Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez… tal vez se deba a que he vuelto a esta ciudad…”
Se mantuvo totalmente quieto por un largo tiempo, como si no fuera capaz de moverse. Después de un rato levantó lentamente su mano al aire. La habitación estaba totalmente oscura y no lograba verla, por lo que acercó su otra mano, tocando directamente su dedo anular. La sortija seguía ahí, podía sentirla. El tacto de ese objeto pareció traerle algo de fuerzas, por lo que se separó rápidamente de la cama.
Caminó hacía el baño para lavarse la cara; esperaba que de esa manera pudiera tranquilizarse un poco. Se mojó el rostro ligeramente y luego alzó su mirada hacía el espejo frente a él.
- “Recuerdo que la última vez que estuve aquí ni siquiera podía alcanzar a verme en este espejo.” – Pensó mientras se miraba a sí mismo en el reflejo. – “Este lugar no ha cambiado, pero yo sí…”
Zeta agachó un poco su cabeza de manera pensativa. Su sueño parecía haberlo afectado de más.
De pronto, los vestigios de un sonido lograron llegar hasta sus oídos. A simple vista le pareció que se trataba de un grito lejano, lo suficiente como para no poder identificar de quién provenía pero no como para que éste proviniera de la calle. Quién quiera que fuera la persona despierta a esas horas, de seguro era uno de los ocupantes de a la casa.
Parecía que el sueño se le había espantado por completo, pues no pudo evitar que su curiosidad lo llevara a investigar de quién se trataba.
Toda la casa se encontraba completamente oscura y silenciosa. Si no fuera por ese ligero grito que había escuchado, juraría que era el único levantado. Caminó hacía la cocina, esperando ver la luz prendida, y así fue; esa era la prueba de que alguien estaba despierto. Sin embargo, en cuanto entró al interior de la habitación, se encontró con la sorpresa de que se encontraba vacía. El chico se vio muy confundido, ya que estaba seguro de que luz había sido apagada antes de acostarse. Ya estaba por retirarse de regreso a su cuarto, cuando notó algo singular: la puerta de la cocina que daba al exterior se encontraba entreabierta.
- “¿Alguien salió?” – Se preguntó mientras se dispuso a salir a investigar.
El primer lugar en el que pensó en cuanto vio la puerta abierta fue sin lugar a duda el dojo, ya que esa era la ruta más común para ir de la casa al lugar de entrenamiento y viceversa. Tal y como lo esperaba, al momento de acercársele pudo ver que las luces del dojo también estaban encendidas.
- ¡Kya! – Escuchó de nuevo el mismo grito, pero ahora con más fuerza. Sin lugar a duda provenía del dojo.
Se acercó con cuidado para lograr mirar quién se encontraba en su interior, aunque después de oír por segunda vez el mismo grito ya tenía una idea de quién se podía tratar.
El chico se asomó con cuidado por la puerta, cuidando de no ser visto por quien quiera que fuera; era tal y como lo había pensado: hincada prácticamente en el centro del dojo, dándole totalmente la espalda a la puerta, se encontraba una persona vestida con el traje de entrenamiento, y con su cabello morado sujeto con una cola que caía contra su espalda.
- “¡Es ella!” – Pensó al reconocer a Erishia, la única mujer que vivía en ese lugar. – “¿Qué hace en el dojo a esta hora?.. Parece que no soy el único que no puede dormir.”
La joven estaba hincada en el suelo de madera con sus ojos totalmente cerrados, su espalda recta y sus manos estaban firmes sobre sus rodillas. En su lado izquierdo sobre el suelo, se encontraba un objeto que de inmediato llamó la atención de Zeta. Se trataba de una espada, pero no una espada de entrenamiento, sino una espada verdadera, enfundada en una vaina de color negro, con una empuñadura del mismo color.
La chica permaneció unos segundos completamente quieta desde que Zeta llegó. De pronto, se ve como empieza a tomar una cantidad grande aire por la nariz y luego lo libera ligeramente por la boca. Los ojos de la chica se abrieron de golpe. Rápidamente movió su mano izquierda hacía el lugar en el que aguardaba la arma enfundada, tomándola por la parte superior de la vaina. Acercó el arma a su cuerpo al mismo tiempo que acercaba su mano derecha hacía el lado contrario, de tal manera que su mano y la empuñadura se encontraron. Luego, levantó su pierna derecha, plantando la planta de su pie delante de ella, haciendo que su cuerpo se levantara ligeramente. Aferró con fuerza su mano al mango de la espada y rápidamente la jaló hacía el frente para desenvainar.
- ¡¡Kya!! – Gritó con fuerza la chica al tiempo que desenvainaba, haciendo que la hoja se moviera en una trayectoria circular frente a ella directo a su derecha.
La espada cortó al aire a su transcurso. El movimiento fue tan rápido que todo, desde tomar la espada del suelo hasta que ésta se detuvo al lado contrario del que se encontraba, ocurrió en menos de un segundo; Zeta apenas y fue capaz de percibir el movimiento. El chico pudo sentir como una ligera ráfaga de aire le golpeaba de frente al tiempo que Erishia realiza ese ataque.
Después de permanecer en la misma posición por casi un segundo, se enderezó de nuevo y volvió a guardar con cuidado la espada de regreso a su vaina. Una vez con la espada guardada en su lugar, la chica la colocó de nuevo en el mismo lugar en el que se encontraba antes de movimiento y se volvió a hincar de la misma manera. Igual que antes, cerró sus ojos y permaneció inmóvil.
Zeta permaneció quieto admirando a la chica en el suelo. Algo pareció dejarlo sin poder moverse por un tiempo, como si hubiera visto algo realmente impactante. Después de unos segundos pareció reaccionar. Cuando llegó se vio tentado a acercársele y preguntarle porque estaba despierta tan noche. Sin embargo, después de ver el movimiento que acababa de realizar, la única idea que pasó por su cabeza era la de retirarse de nuevo a su cama. Haciendo caso a sus nuevos deseos, se dio media vuelta y se retiró rumbo a su nuevo cuarto.
Erishia sintió una presencia justo a sus espaldas. Usando todos los reflejos que poseía, se volteó rápidamente hacía la puerta, pero no se encontró con nadie. Además, la presencia se había esfumado, como si nunca hubiera estado ahí. Pensando que se trataba de su imaginación, la aprendiz se giró de nuevo al frente, retomando su posición.
Como todas las mañanas en el Japón, el sol se levantaba sobre la ciudad de Tokio, comenzando un nuevo día para todos los que ahí habitaban. De igual o parecida manera al resto de la ciudad, en el dojo Sakagami el día también comenzaba a su estilo.
Lo primero que Zeta, el joven nieto del dueño del lugar, logró ver al abrir sus ojos fue el techo de su nueva habitación. De acuerdo a lo que su abuelo le había dicho, esa era la habitación en la que su madre dormía cuando era joven y vivía en ese mismo lugar. Habiendo crecido en un dojo de Kendo, Zeta siempre ha creído que su madre debe de saber algo de ese tema, aunque ella nunca se lo ha mostrado. Después de todo, era hija de un antiguo maestro Reibuke, y de seguro debería de tener sus propias habilidades. Tanto la casa en la que viven, como el dojo en el que entrenan, existían desde que el abuelo de Zeta era un niño. Era sorprendente como se había mantenido todo ese tiempo en pie, como si la misma energía de sus habitantes lo mantuviera en ese estado.
Después de haberse levantado a la mitad de la noche, Zeta no volvió a soñar. De hecho ni siquiera recordaba haber dormido. Luego de ir al dojo, regresó a su cama, cerró sus ojos, y al momento de abrirlos ya era de día. Le pasaba en ocasiones, pero no esperaba que después de haber tenido esa pesadilla le ocurriera esa misma noche. Sacando su mente de tantos pensamientos, se sentó en su cama y rápidamente se comenzó a cambiar y arreglar para ir a la escuela; en menos de cinco minutos ya tenía los pantalones y el saco negro de su uniforme puestos. Antes de salir de su habitación, dio un rápido vistazo a la sortija que siempre traía consigo en su mano derecha. Sonrío un poco y se dispuso a salir.
En el comedor, sentado en la mesa baja en la que comían, sólo se encontraba el abuelo de Zeta, el señor Eiji, que leía el periódico tranquilamente. De pronto, la presencia de su nieto se hace notar con los habituales “Buenos días” mientras se sentaba en la mesa.
- Buenos días Zeta. – Le respondió el saludo su abuelo mientras bajaba su periódico. – ¿Dormiste bien?
- No en realidad. – Le contestó con desgano. – Ese colchón parece haber estado en ese cuarto desde antes de que mi madre durmiera en él.
- Bueno, supongo que ya es hora de cambiarlo.
El chico omitió por completo la causa principal de su falta de sueño, aunque el colchón de su madre igual no era del todo cómodo. Zeta miró a los lados una y otra vez como buscando algo. De inmediato se dio cuenta de que no estaban todos los que en ese momento vivían en la casa.
- ¿Dónde está Erishia? – Preguntó de pronto algo dudoso.
- Salió desde muy temprano.
Esa respuesta pareció sorprender a Zeta.
- ¿Salió?, ¿Acaso ya se fue a la escuela?, pero si todavía falta una hora.
- No, claro que no. De hecho se fue desde hace una hora o un poco menos. Supongo que se fue a entrenar un rato antes de ir a la escuela.
- ¿Entrenando tan temprano?
Zeta seguía recordando lo de la noche. ¿Acaso entrenaba de noche y también por las mañanas? Le parecía difícil de comprender; ni siquiera él era tan dedicado en su entrenamiento.
- Sí, comúnmente lo hace cada mañana, le ayuda a despertar. – Prosiguió su abuelo. – Normalmente lo hace en el dojo, pero ahora salió. No sé a donde habrá ido en esta ocasión. Cuando yo desperté ella iba saliendo.
Zeta miró hacía su izquierda, viendo el lugar en el que normalmente Erishia se sentaba a comer, o por lo menos el lugar en el que la había visto sentada en el par de días que llevaba en Tokio. En ese instante, el chico recuerda parte de lo sucedido el otro día…
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Sin voltear a verla siquiera, Erishia extendió su mano hacía atrás, tomando el arma por la empuñadura. Erishia se impulsó hasta encontrarse encima del ogro que quedaba, cuando de pronto comenzó a descender. Colocó la espada encima de su cabeza, al tiempo que ésta se cubría rápidamente por su Reiki, brillando con gran intensidad a pesar de ser de día.
Los ojos de Zeta se abrieron por completo al verla realizar lo mismo que él había hecho. En ese momento, Erishia abalanzó la hoja resplandeciente de la espada contra la criatura debajo de ella.
- ¡Kutan Yaiba! – Gritó Erishia mientras la espada cortaba en dos al ogro.
La espada entró por la parte superior de su cabeza, cortándolo de arriba abajo hasta tocar el techo en el que se encontraba, cortando a su vez el pergamino de su frente. El cuerpo de la criatura comenzó a despedazarse, dejando cenizas en su lugar. Una vez terminado, Erishia puso sus pies en el techo, quedándose entre Tsui y el gato que tanto quería atrapar. La Reibuke se puso rápidamente de pie y lo volteó a ver.
- ¿Tuviste suficiente Tsui? – Le preguntó con severidad, amenazándolo con la hoja resplandeciente de su arma. – O tenemos que cortarte a ti ahora.
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- “Parece que usa muy bien la espada.” – Se decía así mismo mientras pensaba en lo mismo. – “Es la primera vez que conozco de frente a otra persona como yo, por lo menos de mi misma edad… aunque en verdad no es del todo agradable…”
Un ligero suspiro surgió de la boca de Zeta al momento de pensar en ello. Se preguntaba que tan hábil era esa chica. Si entrenaba para ser un Reibuke como ella, tal vez eran de iguales habilidades, tal vez no. Eso sólo lo vería con una pelea. Zeta pareció asustarse ante la idea que pasaba por su mente. Por primera vez tenía deseos de pelear con una mujer, aunque fuera sólo para ver su fuerza… y eso no le agradaba.
- Buenos días, ¿Qué hay de desayuno? – Saludó elocuentemente el maestro Kenjiro en cuanto entraba al comedor.
Zeta lo miró de reojo con cierta desaprobación; se le había olvidado que faltaba otro de los nuevos ocupantes de la casa.
- ¿Sólo se levanta para comer maestro? – Le preguntó con sarcasmo.
El maestro de Kyoto ignoró los comentarios de su alumno y se dirigió directo al lugar que estaba a lado del dueño de la casa. Le gustaba ese lugar, porque quedaba justo frente a la única mujer de la casa, una hermosa vista para él. Sin embargo, para su sorpresa, el lugar frente a él estaba vacío.
- ¿Dónde está la chica? – Preguntó confundido.
- Salió desde temprano Kenjiro-sama. – Fue la respuesta del abuelo Sakagami, quien volvió a poner sus ojos en las noticias del periódico.
Kenjiro-sama dio un suspiro de decepción al tiempo que agachaba su cabeza; mejor se hubiera quedado dormido.
- Maestro. – Pronunció de pronto el joven Sakagami, llamando de inmediato su atención. Zeta lo miraba fijamente desde su lugar. – Quiero saber cuando empezaré mi nuevo entrenamiento.
- ¿Entrenamiento? – Preguntó su maestro sin entender del todo.
Zeta se puso rápidamente de pie, parándose con firmeza.
- Usted me dijo que volvería a Tokio para continuar con mi entrenamiento de Reibuke, ¿lo recuerda? Bien, quiero saber cuando lo empezaré y cómo será éste.
El maestro se quedó algo extrañado ante el tono tan decidido y firme de su alumno. Era una de las pocas veces en las que lo veía tan ansioso de entrenar, pero parecía que había algo detrás de esas energías.
- ¿Por qué tanta prisa chico?, Acabamos de llegar a la ciudad. – Le contesta de pronto, casi bostezando. Zeta pareció enojarse.
- ¡No me salga con eso! Quiero saber que clase de entrenamiento voy a realizar en este lugar que no puedo realizar en Kyoto. Me dijo que cuando llegáramos me lo explicaría, y no me ha dicho nada.
Kenjiro-sama no le puso mucha atención a los gritos del muchacho. Mientras él le seguía exigiendo explicaciones, el hombre mayor recargó su cabeza en su mano, y en un abrir y cerrar de ojos pareció quedarse dormido. Al notarlo, Zeta estuvo a punto de lanzarse en su contra para golpearlo, pero es detenido de pronto por la voz de su abuelo.
- La verdad Zeta es que estás de regreso a Tokio por petición. – Le informó el maestro de Kendo, mientras su rostro era cubierto por le papel del periódico.
Zeta se detuvo de golpe al escuchar esa afirmación, la cual lo dejó confundido.
- ¿Por petición? ¿Por petición de quién?
- Dime, ¿qué opinas de Erishia? – Le preguntó de pronto, sin bajar su periódico. Zeta no entendió el significado de esa pregunta. – Supongo que ya estás consciente de que Erishia también está entrenando para convertirse en un Reibuke. Ella comenzó su entrenamiento tiempo después de que tú te fuiste a Kyoto, por lo qué ambos han de llevar casi el mismo tiempo entrenando. Ya que ella y tú tuvieron una misión juntos, esperaba que me dijeras que opinas de sus habilidades.
Zeta permaneció en silencio algo dudoso. No comprendía porque su abuelo le preguntaba algo como eso, y en especial que tenía que ver con lo que estaban hablando.
- Pues la verdad no lo sé. – Respondió después de un rato. – Yo quería ver que clase de habilidades tenía, pero supongo que la supuesta misión no nos ponía en un estado muy peligroso, por lo que no la pude ver peleando de verdad. La vi usar el Kutan Yaiba igual que yo, algo que me sorprendió. Pero bueno, en lo personal me parece algo extraña, y no muy simpática. Pero no entiendo para que quieres saber que opino de ella...
El chico escuchó de pronto una risa ligera que provenía de su abuelo. El hombre mayor bajó lo que leía, mostrando su rostro adornado con una gran sonrisa.
- Creo que cuando vayas a la escuela tienes que ir a hablar con Genjo chico. – Fue lo único que le dijo antes de volver su atención a la misma noticia.
Zeta se quedó más confundido que nunca…
Ubicada en el uno de los distritos de la ciudad, rodeada por unas residencia con una forma muy similar, se encontraba una casa de gran tamaño, rodeada por una barda de color gris no muy alta. La casa era por completo al estilo antiguo japonés. En su interior parecía estar hecha completamente de madera, o un material similar, con un extenso jardín verde, un edifico de dos pisos, y a lado un pequeño dojo privado. Aunque no tenía un tamaño demasiado grande como para considerarse una mansión o algo parecido, si era de dimensiones considerables, en especial al compararlas con el resto de las casas.
- ¡Ohaiyou! – Se escuchó de pronto que una voz saludaba desde el portón de la casa.
- ¡Tú debes de ser Erishia-san! – Le contesta la voz de otra persona. – Pasa, Genjo-sama te espera en el dojo.
Se escucha como la puerta se cierra a sus espaldas y luego unos pasos se acercan hacía el dojo de atrás. Mientras tanto, en la parte del patio frente al pequeño dojo, se encontraba la figura de una persona, vestida con traje de kendo de Keikogi azul oscuro y un Hakama negro. En sus manos traía una espada de madera, con la cual comenzaba a dar golpes al aire con fuerza, cada golpe acompañado de un ligero grito. Se trataba de una mujer adulta, de cabello azuloso y largo, y ojos de un color muy similar.
La mujer estaba tan concentrada en lo que hacía que no se dio cuenta de que alguien se acercaba a sus espaldas. La joven de cabello morado, vestida ya con su uniforme de escuela y cargando en su hombro derecho una maleta de color verde, se quedó de pie frente al dojo, mirando fijamente a la mujer con cierta sorpresa. Después de unos momentos se le vio algo de decepción, pero de inmediato regresó a su habitual expresión seria.
- Ohaiyou gozamaisu Kitami-sensei. – Saludó por fin la recién llegada, inclinándose hacía el frente.
El saludo llamó la atención de la mujer, rompiendo su concentración. Volteó a verla por encima de su hombro, mientras tomaba algo de aire.
- Ohaiyou Erishia-san. – Le contestó ella con amabilidad.
En ese mismo momento, la puerta del dojo se abre detrás de ella, provocando que la estudiante se girara rápidamente hacía él. En la puerta se encontraba una tercera persona, un hombre de estatura media, de cabello largo hasta sus hombros en un tono entre morado y blanco, aunque parecía más albino. Traía en su rostro un par de anteojos oscuros que le cubrían los ojos.
- Erishia. Llegas algo temprano, ¿no crees? – Le mencionó el hombre con una sonrisa. La joven se inclinó hacía él, saludándolo de la misma manera.
- Ohaiyou gozamaisu Genjo-sama…
Momentos después, los tres se encontraban en el interior del Dojo. La mujer de azul estaba hincada frente al altar, mientras la joven se colocaba su traje de entrenamiento en un pequeño vestidor. El hombre de gafas oscuras al mismo tiempo estaba en una especie de armario que había detrás de una puerta del lugar.
- ¿Ésta es su casa señor Genjo? – Preguntó la joven al tiempo que salía del vestidor y se amarraba la cinta de su Hakama.
- ¿Crees que yo tendría una casa como ésta Erishia? – Fue la respuesta del director, estando aún en el pequeño depósito. – Es la casa de los padres de Kitami. Solamente nos la prestaron. Hubiera sido más fácil hacer esto en el dojo Sakagami, pero no deseaba molestar tan temprano a todo haya. Además, no estamos muy lejos de la escuela.
La joven terminó de cambiarse y luego volteó a ver de reojo a la mujer hincada en el suelo. La miró de esa manera por algunos segundos, no reflejando al parecer ninguna clase de sentimiento en su semblante. De pronto, Genjo apareció de nuevo, trayendo consigo dos espadas de bambú.
- ¿Comenzamos? – Preguntó el director, alzando las espadas en sus manos…
Erishia y la maestra Kitami comenzaron a pelear entre ellas, usando las Shinai que el directo había traído. Erishia parecía tener la iniciativa en el ataque, mientras que la maestra se limitaba a cubrirse las embestidas de su alumna. Erishia atacaba con varios movimientos horizontales, cada uno acompañado de un pequeño grito. Cada vez que su ataque era repelido, retrocedía un poco e intentaba con otro tipo de movimiento.
- Mantén tu mirada fija en tu contrincante. – Le decía su maestra, mientras se defendía. Erishia continuaba atacando hacía el frente. – Estás muy tensa, trata de relajarte, suelta más los brazos.
Después de un tiempo, la joven se alejó un poco de su contrincante, dando un pequeño salto hacía atrás. Luego, se lanzó con fuerza al frente, lanzando una estocada fulminante hacía su oponente. La maestra, por su parte, al ver el ataque que se le acercaba, movió su espada hacía la izquierda, desviando el ataque de Erishia hacía un lado. Inmediatamente después, se movió hacía la derecha, sacándole la vuelta a su oponente por un lado. Para cuando Erishia logró enderezarse de nuevo, la maestra estaba a sus espaldas, apuntándola con la espada.
Rápidamente se dio la media vuelta, a tiempo para lograr cubrirse. Ahora era la maestra la que atacaba, y Erishia trataba de defenderse. Los ataques de Kitami la hicieron retroceder poco a poco, hasta casi acercarse en contra de la pared.
- No dejes que el enemigo te acorrale. – Le dijo sin dejar de atacar. – Muévete hacía su lado más descuidado.
Como siguiendo la sugerencia de su maestra, después de que ésta hizo un movimiento hacía el frente, Erishia se agachó todo lo que pudo para esquivar el ataque. Algo confundida por este movimiento, Kitami vio como la joven se las arreglaba para moverse cerca del suelo, pasando a su izquierda. Quedando casi a un lado de ella, sólo que más adelante, Erishia movió con fuerza su arma hacía la espalda de su oponente. Sin embargo, ésta a su vez pareció reaccionar más rápido que ella. Rápidamente dio un giró completo hacía su derecha, moviendo su espada de manera circular.
Las hojas de ambas Shinai chocaron con fuerza, provocando un fuerte estruendo. Aún así, la fuerza del golpe de la maestra pareció ser más fuerte, pues Erishia a simple vista no pudo seguir sosteniendo su espada, la cual salió volando por los aires ante sus ojos. Erishia se quedó un momento atónita, mientras a sus espaldas el señor Genjo alzaba su mano derecha, atrapando la espada en aire mientras ésta giraba sobre él.
- Te encuentras algo distraída. – Le mencionó el director mientras se le acercaba. Ella por su parte trataba de tomar algo de aire. – ¿Algo te está molestando Erishia?
- No, para nada señor. – Contestó parándose con firmeza.
- ¿No te agrada que haya planeado estas sesiones especiales para ti?
- No, no es eso. – Erishia volteó su atención hacía el director. Él estaba parado frente a ella, sosteniendo la espada a la altura de su pecho. Después de unos segundos, la chica desvió su mirada, bajando un poco la cabeza. – Estoy… muy contenta de que se tome este tiempo para mí.
- No es nada. – Contestó él, y de inmediato la entregó la Shinai. – Sólo trato de darte unas últimas preparaciones antes de comenzar con la siguiente fase de tu entrenamiento.
Erishia pareció extrañarse de esas últimas palabras, más no hizo ninguna pregunta. Genjo le entregó su arma de entrenamiento y se alejó un poco, recargando su espalda en contra la pared; Erishia lo miraba de reojo. Él le había dicho que viniera muy temprano a esta dirección para un entrenamiento antes de la escuela. Aunque no estaba segura de que se trataba, había ido de todas formas, era parte de su forma de ser… aunque en el fondo tenía otras cosas que la llevaban a obedecer ese tipo de indicaciones tan ciegamente.
Kitami bajó su espada y se acercó a ella.
- Haz cincuenta repeticiones. – Le indicó.
- Hai.
Siguiendo las instrucciones, se paró firmemente, colocando su pie derecho al frente y un poco más atrás el izquierdo. Luego alzó su espada hasta colocarla encima de su cabeza. Concentró su mirada al frente, clavándola en la pared del dojo. Después de unos segundo, movió su espada hacía el frente, haciendo un movimiento de manera vertical hasta que la espada quedó más o menos a la altura de su pecho; este movimiento fue acompañado de un pequeño pasó en avance. Luego retrocedió un poco e hizo la misma secuencia.
- Y dime, ¿Qué piensas de Zeta hasta ahora? – Le preguntó Genjo, mientras la veía a través de sus anteojos.
- ¿Qué hay con él? – Preguntó la joven como respuesta sin detenerse.
- Se podría decir que ambos ya tuvieron una pequeña misión juntos, y esperaba averiguar cuales eran tus primeras impresiones al respecto. Cosas como su actitud o que clases de habilidades notaste en él, si te agradó o cosas así.
Erishia continuó con su ejercicio por unos segundos sin contestar a las preguntas de su director. Después de unas cinco repeticiones, se quedó inmóvil con la espada hacía el frente.
- Yo creo… que le falta algo de disciplina… y algunos conocimientos básicos. – Después de dar esa sencilla respuesta, reanudó su instrucción. – Pero no puedo decirle mucho más, ya que no lo he visto combatir de verdad; la misión no lo ameritó. No tengo una opinión sólida de él aún.
- No tienes que verlo pelear para formarte una opinión de él. – Agregó el director con una sonrisa. – Vive en tu mis casa después de todo, van a la misma escuela aunque no sea al mismo salón…
Erishia se quedó algo seria al escuchar esos comentarios.
- ¿Cuáles son los planes que tiene por ahora para nosotros señor Genjo? – Le preguntó mientras continuaba con su ejercicio.
- Por el momento Zeta entrenará junto contigo Erishia. Además, si ocurre alguna clase de problema en la ciudad, deseo que ambos intervengan, siempre y cuando no sea algo de gran escala. Tú sabes que últimamente estamos en una situación algo extraña. Sólo espero que nada grave ocurra aún.
En las calles de la ciudad se ve a la gente caminando de un lugar a otro por las banquetas y calles. Perecía ser una mañana muy movida para la capital de Japón, una mañana cercana al verano. Lo que más abundaba en las calles eran los uniformes escolares, vestidos por los diferentes estudiantes de la ciudad que se dirigen a sus diferentes colegios. Además de ellos había hombres con ropa de trabajo, mujeres, niños, y demás gente que vive en la ciudad. Y aunque en verdad casi todos eran personas que residían en Tokio, había uno o dos que no cumplían con este aspecto, y entre ellos había un chico en particular.
Caminando por una calle pequeña para el transito de personas, pero a su vez casi llena de caminantes, se encontraba un chico de singular cabello negro, tan largo que le llegaba por debajo de su cintura. Su piel era blanca, aunque con algunos toques ligeros de tez morena. Su complexión era algo fornida, pero a simple vista se le veía delgado y alto. Parecía caminar teniendo los ojos cerrados o algo parecido. Llevaba puesto un singular traje de camisa y pantalón de color negro. La camisa parecía ser un material grueso, de cuello alto y mangas tan largas que el chico tenía oculta sus manos en ellas, colocándolas al frente y unidas como si fueran una sola pieza; en las puntas de las mangas tenía un adorno de color blanco.
En su espalda, colgando de su hombro izquierdo, portaba un objeto largo, tan largo que casi era de su misma altura, que sobresalía hacía arriba cubierto por completo por una manta de color rojo oscuro con algunos adornos dorados. Fuera de ello, no portaba ningún otro equipaje.
- “Al fin he llegado hasta Tokio.” – Pensaba el muchacho con seriedad, mientras continuaba marchando derecho por la calle. – “¡Qué ciudad tan grande!, nada que ver con la Aldea.”
Acababa de llegar a la ciudad esa misma mañana, y no parecía tener un lugar fijo al cual dirigirse. Simplemente marchaba en una dirección, como si esperara que algo se le presentara.
De pronto, el ojo derecho del muchacho se abre ligeramente, revelando el color oscuro de ellos. Su atención se centra en un grupo de chicas, vestidas con un uniforme rojo que pasaban a su lado. Su ojo derecho se cierra con delicadeza y luego abre el izquierdo, mirando ahora a una joven de saco negro y falda roja, también de uniforme, que pasaba a su lado zurdo. El chico intentó desviar rápidamente su atención al frente.
- “¡Cómo hay chicas lindas en uniforme en esta ciudad!” – Pensó para si mismo con una larga sonrisa en el rostro. – “Las chicas japoneses son muy hermosas… ¡El destino es muy amable por haberme puesto en esta misión!”
El joven parece haber recordar algo, y de inmediato comienza a agitar su cabeza de un lado a otro, como queriendo despejar su mente de sus ideas.
- “¡¿Qué estoy pensando?! No, no, no puedo pensar en esas cosas ahora, no estoy de vacaciones. Debo de concentrarme en mi misión…” – El joven comenzó a caminar derecho hacía el frente, intentando no distraerse en lo más mínimo, lo cual parecía no serle del todo fácil considerando todas las jóvenes que pasaban cerca de él. – “Sí, mi misión, mi misión, mi misión… MISIÓN, MISIÓN, MISIÓN…”
- Sí, es en verdad algo tono… - Mencionó una joven cabellos castaños a otra que caminaba a su lado, justo cuando ambas pasaban a la derecha del extraño.
De pronto, el paso del chico de negro se detuvo de golpe, y retrocedió rápidamente hasta colocarse frente a las dos chicas, las cuales se detuvieron extrañadas al ver a ese desconocido frente a ellas.
- ¡Ni hao xiao jie! – Pronunció con entusiasmo el muchacho con un singular acento. – Permitir, soy un viajero que venir de muy lejos, y no poder dejar de mirar su hermosura xiao jie. (*)
Las chicas se le quedaron viendo confundidas.
- Qué raro hablas. – Mencionó una de ellas. – ¿Eres de China?
- ¡Adivinaron!, se ve que además de lindas ustedes ser muy listas. – Pronunció el extraño con elocuencia.
- ¿De qué está hablando? – Comentó la otra entre risitas.
- ¿Gustaría a ustedes acompañarme, y yo invitarles el zao can?
- ¿El qué? – Preguntó una de ellas sin entender la última palabra.
La otra muchacha alzó su cabeza, como queriendo recordar el significado de lo que acababa de decir.
- ¿Zao can?... Creo que significa “Desayuno” en chino.
- ¡Ah!.. Pero nosotras ya desayunamos. – Contestó la joven castaña con una sonrisa nerviosa. – Además tenemos que ir a la escuela.
- ¿Escuela?...
El joven pareció reaccionar ante la última palabra pronunciada de la chica. Abrió un poco sus ojos y los levantó al cielo, como queriendo recordar algo. De pronto, su expresión pareció sobresaltarse al recordarlo.
- ¡A sí la escuela! – Exclamó, girándose de nuevo a las estudiantes. – ¿Podrían…?
Una sensación recorrió la espalda del chico hasta llegar a su cabeza; ese tipo de sensaciones siempre lo obligaban a dejar de golpe lo que hacía y darse la media vuelta. Sus ojos oscuros cambiaron de golpe a una expresión firme que comenzó a mirar en todas direcciones, como buscando algo.
- ¿Zhe shi shen me? – Pronunció en voz baja para si mismo.
De pronto, sin dar explicación, se dio rápidamente la media vuelta y comenzó a correr en la dirección contraria en la que él iba en un principio. Los dos jóvenes se le quedaron viendo sin entender la reacción.
- Qué chico tan raro… - Comentó una de ellas, mientras el extraño se alejaba.
Sentada en el escritorio de su cuarto mientras se veía en un pequeño espejo colocado sobre éste, se encontraba Hikaru Hanamiya, vestida ya con su uniforme de escuela, pasándose un sepillo por su cabello castaño. Faltaba un poco menos de hora para que las clases empezaran, por lo que no se le veía mucha prisa en sus actos. Mientras terminaba de arreglarse, se encontraba a su vez pensando detenidamente en algunas cosas. De pronto, la puerta del cuarto se abre, y la figura de su abuela se hace presente en el interior de éste.
- ¿Ya te vestiste Hikaru? – Le preguntó sorprendida la señora en cuanto la vio. – Y yo que venía a despertarte. No me digas que te levantaste temprano.
- Sí abuela. – Respondió sin dejar de peinarse. – No podía dormir, por lo que me levante… ¿Tsuki no ha aparecido?
- No, me temo que no. – Respondió con algo de tristeza. – Me estoy comenzando a preocupar por él.
Hikaru también estaba triste porqué aún no sabía nada de su gato. Le preocupaba que le hubiera pasado algo malo, como que lo atropellaran o algo así. Lo tenían desde hace ya varios años, y la verdad era como un miembro de su familia, aunque las que lo querían de verdad eran ella y su abuela. Su hermano rara vez le ponía atención, y su madre ni siquiera estaba en la casa la mayoría del tiempo. Parecía muy extraño el hecho de que se hubiera ido de esa manera; él no era así.
De pronto, mientras seguía con su arreglo personal, le parece ver como una extraña figura se mueve frente a su ventana. Al ver esto, piensa de inmediato que se trata de Tsuki, pero al girarse hacía ella, no ve nada.
- ¿Sucede algo hija? – Le preguntó su abuela al verla voltear hacía la ventana tan repentinamente.
Sin decir nada, Hikaru se pone de pie y camina hacía el repisón colocado justo frente a la ventana. Una vez ahí, se asoma hacía afuera por el cristal de ésta. Afuera sólo podía ver la calle, un viejo árbol que estaba frente a la casa donde Tsuki acostumbraba subirse, pero ni un alma moviéndose.
- Creo que fue mi imaginación. – Le respondió la joven, caminando de nuevo hacía su lugar.
Sin embargo, mientras se alejaba de la ventana, parado en el techo justo encima de ella, se encontraba una pequeña silueta, con una pequeña capa oscura que parecía ondear al ritmo de la ligera brisa que soplaba. Desde su posición, el espíritu en forma de gato miraba al frente con algo de tristeza.
- “Hikaru.” – Pensaba nostálgico el gato. – “Me pregunto si podré volver a lado de mi familia algún día.”
Tsuki ya se había hecho a la idea de que con sus nuevos poderes podría cumplir lo que más deseaba: proteger a la familia que lo cuidó durante tantos años. A cambio de ello, tendría que alejarse de ellos, ya que de seguro no serían capaces de comprender esa nueva forma que poseía. Podría fingir que seguía siendo un gato común y corriente, pero tardarían mucho en darse cuenta de que no lo era. Hikaru era muy lista, y de seguro en algún momento lo notaria. Lo único que podía hacer era vigilarlos y cuidarlos cuanto pudiera, como el guardián que era.
De pronto, el ser en forma de gato alza su mirada hacía el frente percibiendo sólo el vacío. Su mirada nostálgica cambio a una de firmeza.
- ¿Les puedo ayudar de algo? – Dijo de pronto con su voz chillona, mirando aún al frente.
Tres siluetas oscuras se encontraban paradas en el mismo tejado, justo detrás de él. La figura de las tres estaba cubierta por un manto oscuro, en el cual parecía verse únicamente sus brillantes ojos.
- Seres de baja categoría… - Mencionó Tsuki, girándose hacía ellos. – Kuroreis supongo. ¿Qué los trae esta mañana por aquí?
- ‘Este es el gato que obtuvo sus poderes de la Reidama.’ – Mencionó uno de ellos con una voz profunda.
- ‘Si lo devoramos, podremos obtener sus grandes poderes.’ – Agregó otro, dando un pequeño paso al frente.
- ¿Qué dicen?
No tenía que escuchar más para saber la respuesta a su pregunta. Al parecer de nuevo alguien lo buscaba por sus nuevos poderes, sólo que esta ocasión el ser era diferente.
Los tres Kuroreis se lanzaron rápidamente en su contra al mismo tiempo. Tsuki les sacó la vuelta, impulsándose a su lado derecho. Luego, se alejó del tejado, saltando con todas sus fuerzas hacía la barda trasera de la casa y luego hacía el tejado de otra residencia.
- “Tengo que alejarlos de la casa.” – Pensaba mientras los veía persiguiéndolo.
La puerta de la residencia Sakagami se abre apresuradamente. El chico de cabellos negros y cortos sale rápido hacía el patio frontal de la casa, mientras se termina de colocar su zapato con la mano derecha y con la izquierda carga su mochila.
- Rayos, ya se me está haciendo tarde. – Mencionó en voz alta para sí mismo mientras se dirigía al portón que daba hacía la calle.
Esperaba que en esa ocasión pudiera caminar a la escuela con la compañía de Erishia. El primer día se había ido el solo, y al siguiente habían estado con todo el alboroto de la búsqueda de Tsuki. Ahora la chica de cabellos morados se había desaparecido desde muy temprano, lo que lo obligaría irse caminando solo una vez más.
De pronto, justo cuando estaba atravesando el portón, sus pasos son detenido de golpe al visualizar la figura de alguien a lado de la puerta.
- ¡¿Pero qué…?! – Exclamó sorprendido al ver la persona sentada justo a lado del portón.
La reconoció de inmediato, sobre todo por ese cabello rojizo. Era la misma chica del otro día, la tal Hishikawa Asami. Estaba sentada en el suelo, vestida con el uniforme y con su cabeza baja, como si estuviera durmiendo. El chico se quedó extrañado ante esa extraña visión. De pronto, como si hubiera sentido la presencia del joven Sakagami, la muchacha alza su cabeza, abriendo sus ojos adormilados.
- ¿He?... ¿Dónde está Hamagushi? – Pregunta de inmediato, enfocando su cansada mirada en el joven frente a ella.
- ¿Qué?... ¿Hablas de Erishia? ella ya se fue. – Le contestó Zeta con algo de duda.
La respuesta pareció despertarla de golpe, ya que de inmediato se puso de pie, parándose justo frente al chico de uniforme negro.
- ¡¿Cómo que se fue?! – Preguntó molesta. – Llevo más de media hora esperándola aquí, es imposible que se haya ido sin que yo me diera cuenta.
- Bueno, para empezar estabas dormida hasta hace unos segundos, ¿lo sabías? – Le comentó Zeta, intentando recuperar la compostura. – Además, ella se fue hace más de hora y media.
- ¡¿A dónde fue tan temprano?! – Le preguntó con insistencia, acercando su rostro al de él.
- ¡¿Cómo quieres que lo sepa?! Cuando desperté ella ya no estaba.
Asami se hizo hacía atrás, centrando sus fulminantes ojos en el muchacho.
- ¡Pero que inútil novio eres! – Le dijo con cierta furia.
- ¡No soy su novio!
- ¡Da igual!
Asami se dio rápidamente la media vuelta, en dirección a donde estaba la escuela. Se quedó de pie mirando hacía el mismo lado con una expresión de completo enojo, al tiempo que comenzaba a apretar con fuerza sus puños.
- Esa cobarde de Hamagushi, volvió a escapar… pero no volverá a pasar…
Mientras Asami hablaba consigo mismo, el chico detrás de ella la miraba con cierta curiosidad. Ahora que Asami le daba espalda, lo que más podía ver era su larga cabellera rojiza, que caía hacía atrás cubriendo por completo su espalda. Desde la primera vez que la vio, ese color de pelo lo había prácticamente hipnotizado, y él sabía muy bien a que se debía esa reacción…
Por su parte, Asami pareció no tardar mucho en darse cuenta de que la estaban viendo. Rápidamente volteó a verlo por encima de su hombro derecho, mirándolo con una expresión dura.
- ¿Y tú que tanto me miras? – Le preguntó con severidad.
- ¿Yo?... Nada… - Contestó nervioso el muchacho, desviando su mirada hacía otro lado. – Sólo… tu cabello.
La respuesta pareció no agradar a la joven, la cual cambió su expresión dura por una de confusión.
- ¿Mi cabello?, ¿qué hay con él? – Preguntó extrañada, lo cual incómodo un poco al chico de negro.
- Nada…
Asami se le quedó viendo un largo rato, como si estuviera viendo alguna cosa extraña. Después de unos segundos recuperó la serenidad y se giró de nuevo hacía la calle.
- Eres rarito, ¿lo sabía? – Pronunció al tiempo que se disponía a irse. Zeta pareció enojarse ante ese comentario.
- Mira quién lo dice. – Exclamó en voz baja, más para él que para la chica pelirroja. Sin embargo, los oídos de la joven de preparatoria parecieron percibir su comentario a la perfección.
- ¿Qué dijiste? – Preguntó con severidad mientras se giraba de nuevo hacía él.
- No, nada. – Le contestó Zeta apresurado, volteando hacía el cielo. Asami lo mira con desconfianza y se da lentamente la vuelta de nuevo. – Extraña…
- ¡Te oí! – Gritó rápidamente la pelirroja, tras oír el comentario que Zeta juraría haberlo pensado.
La joven se le acercó desafiante, alzando su puño derecho a la altura de su rostro. Zeta intentó mantenerse sereno; no era la primera vez que una persona así se le acercaba, aunque no era muy común que esa persona fuera una mujer.
- Tal vez quieras que te rompa la cara niño bonito. – Le dijo la joven, clavando sus profundos ojos rojos en él.
- Tal vez no te sea tan fácil. – Le contestó él con seguridad, acercando su rostro al de ella a manera de desafío.
Ambos se miraron fijamente el uno al otro como si se estuvieran peleando con los ojos.
- ¡Oh!, ¡Asami! – Escucharon de pronto que la voz del señor Sakagami decía desde la puerta de la casa. – ¡Cuánto tiempo sin verte chiquilla!
La voz del abuelo Sakagami provocó que la joven de uniforme reaccionara al momento, retrocediendo un par de pasos de Zeta y girándose como si nada hacía el hombre mayor.
- ¡Buenos días señor Sakagami! – Saludó la pelirroja con una sonrisa despreocupada. Zeta se le quedó viendo extrañado. – ¿Cómo ha estado?, se le ve tan joven y sano como siempre señor. Venía a buscar a Erishia, pero me dicen que ya se fue.
- Se fue desde muy temprano. – Le contestó sonriente el señor. – ¿Se te ofrecía algo en especial?
- No, no era nada. – Contestó, parándose con la intención de marcharse. – Será mejor que me vaya a la escuela, porque ya es tarde… - Antes de irse, la joven se gira con cuidado hacía Zeta, mirándolo fijamente con de forma desafiante. – Ten mucho cuidado amigo… te estaré vigilando…
Sin decir más, se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacía la escuela, notándose en cada paso que daba cierto rasgo de enojo.
El chico de uniforme negro se le quedó viendo fijamente mientras se iba. Era la personificación de la descripción de un “buscapleitos”, arrogante y molesta, creyéndose la más fuerte y pensando que siempre tiene que demostrarlo. Zeta había conocido varias personas como esas, sobre todo en sus años de secundaria en Kyoto.
- Veo que ya conociste a Asami, es una chica muy interesante, ¿no lo crees? – Comentaba su abuelo, mientras se acercaba al portón. Zeta continuaba de pie mirando en la dirección en la que Asami se había marchado.
- Demasiado… - Contestó con serenidad, pero había algo que lo seguía incomodando demasiado. – Su cabello rojo… me recuerda…
Esas últimas palabras parecía que las pronunciaba para él mismo, pero aún así no fue capaz de evitar que su abuelo las oyera. Zeta reaccionó de inmediato al darse cuenta de ello, evitando el tema.
- Nada, olvídalo. – Comentó mientras comenzaba su propia marcha. – Tengo que irme…
Su abuelo lo miró extrañado, mientras el joven se retiraba con pasos lentos.
Tsuki dejó que los tres seres lo persiguieran por un largo trayecto. Parecía que no estaba intentando perderlos, ya que su velocidad no era la suficiente como para lograrlo y constantemente volteaba por encima de su hombro para asegurarse de que seguían atrás.
Su largo recorrido culminó cuando el espíritu en forma de gato llegó hasta un callejón abandonado, donde descendió para plantar sus pies de nuevo en tierra. Los Kuroreis se colocaron justo entre él y la salida del callejón, aparentemente atrapándolo. Sin embargo, los labios de Tsuki se adornaron con una sonrisa de satisfacción.
- Apuesto a que creían que me tendrían acorralado. – Exclamó confiado. – Ustedes tres me servirán de prueba…
Lentamente alzó su garra derecha, mostrando sus afiladas uñas al frente. Las tres criaturas se quedaron quietas por unos instantes, dudando de su siguiente paso. De pronto, uno de ellos se lanzó rápidamente hacia su presa, abriendo su gran boca para tragar al animal.
Tsuki se giró con cuidado hacía su izquierda, sacándole la vuelta al ser oscuro. Luego, cuando se encontraba a lado de él, levantó con fuerza su garra hacía el aire y ésta comenzó a cubrirse con un resplandor de color dorado. Luego, la bajó rápidamente, atacando al ser justo en la parte media de su cuerpo. El Kurorei retrocedió hasta chocar contra una de las paredes del callejón; la marca resplandeciente de las garras del gato estaba presente en su cuerpo.
- ¿Quieren más? – Les gritó con energía el guardián, girándose hacía el resto, quienes lo miraban dudosos.
Tsuki alzó su mano, aún brillando con la misma fuerza, apuntando con ella a los seres oscuros ante él. De pronto, la misma sensación que había tenido al momento de que esas criaturas se le acercaron se volvió a presentar. Lentamente, se giró hacía atrás, sólo para ver como otras tres siluetas oscuras descendían en el fondo del callejón. Ahora eran seis de ellas.
- ‘¿Este es el espíritu que tiene los poderes gracias a la Reidama?’ – Mencionó uno de los recién llegados.
- ‘Hay suficiente para todos.’ – Comentó uno de los primeros Kuroreis. – ‘Todos podemos comer de él y obtener sus poderes…’
El ser que había atacado se levantó de nuevo, teniendo aún la misma herida en su cuerpo. Los seis comenzaron a rodearlo, sin darle ninguna escapatoria.
- ¡¿Qué rayos le pasa a esta ciudad?! – Exclamó con fuerza el gato, mientras miraba en todas direcciones. – ¡¿Por qué está llena de estos seres?!
De pronto, los seis parecieron lanzarse al mismo tiempo en su contra. Tsuki dio un salto en el aire para esquivarlos. Luego del salto, se impulsó hacía atrás, cayendo de pie sobre uno de ellos y haciéndolo chocar contra el suelo. Se separó de la criatura y se paró en el fondo del callejón. Otras dos se le acercaron, y él les respondió atacándolos con sus garras e hiriéndolos en su rostro. Sin embargo, justo cuando terminaba con esos dos, otro apareció justo frente a él.
La otra criatura alzó lo que parecía ser su garra derecha, lazándola contra el guardián. Tsuki intentó esquivarlo, pero no logró evitar ser herido en su pata izquierda. Todavía no dejaba de resentir en dolor de la herida, cuando más de esas criaturas se lanzaron para atacarlo.
- ¡No dejaré que me coman basuras! – Les gritó con todas sus fuerzas, haciendo que sus ojos prácticamente se encendieran.
Lanzó con fuerza una patada hacía el frente, golpeando a uno de ellos y haciéndolo chocar contra unos botes de basura que se encontraban recargados contra una pared. Siguiendo el impulso de la patada, el guardián se giró, hiriendo a otro con sus garras. Una vez que estaba un poco libre, se elevó en el aire, cayendo detrás de cuatro de ellos, pero aún los otros dos estaban frente a él.
El espíritu alzó sus dos manos, juntándolas al frente. Ambas comenzaron a ser cubiertas con el mismo resplandor de hace unos momentos, pero ahora era mucho más fuerte. Después de un par de segundos, alzó sus dos manos al frente, apuntando con ella a los dos Kuroreis. De sus manos surgieron dos rayos dorados que golpearon a los seres, haciéndolos volar por el aire y chocar contra las paredes de los lados.
Después de realizar esos ataques, Tsuki cayó de rodillas al suelo, aparentemente agotado.
- ¡Maldición! – Se dijo así mismo, respirando con dificultad. – Me confié demasiado… aún no controlo a la perfección estos poderes…
Los dos seres que habían sido arrojados con su poder se habían vuelto a levantar, teniendo sólo unas cuantas heridas. Los seis comenzaron a acércasele de nuevo, ahora con más cuidado. Sin embargo, su presa ya no contaba con muchas fuerzas para defenderse. De seguro tendría que escapar.
- ¡Son sólo Ming Huns! – Escuchó de pronto que una voz extraña pronunciaba cerca de ellos, aunque no logró entender lo que decía. – ¿Porqué un grupo de Ming Huns persigue a un pequeño gato? En fin…
La atención de todos los presentes se centró en la entrada del callejón. Parado frente a ellos se encontraba un hombre, vestido con un traje totalmente negro de cuello alto al estilo chino, con cabellos largos y negros hasta su cintura y un objeto alargado que colgaba de su hombro izquierdo. El sujeto los miraba extrañado desde su posición.
- “¿Y este sujeto quién es?” – Se preguntó el guardián en forma de gato al ver al extraño. Por su parte, los Kuroreis parecieron intimidarse ante su presencia.
- ¡Es un Reibuke! – Mencionó uno de ellos, retrocediendo un poco hacía atrás.
Tsuki se sorprendió de oír esa afirmación. ¿Era otro Reibuke?, ¿Cuántos habría en esa ciudad?
El extraño abrió por completo sus ojos al oír esas palabras por parte del Kurorei.
- ¡Los Ming Huns de Japón hablan! – Pronunció el joven como respuesta, con un japonés no muy bueno.
- ¡Eso es lo de menos! – Le gritó Tsuki desde su lugar tras oír esas palabras de tonto.
- Oye, ¡Tú también hablar! – Exclamó el muchacho al oír hablar al guardián.
- ¡Qué inteligente eres amigo!
Algo confundido, el chico comenzó a caminar hacía el interior del callejón. Los dos Kuroreis que estaban al frente se hicieron a un lado, dejándolo pasar.
- Bueno, no saber que clase de criatura seas… - Comenzó a decir al tiempo que caminaba.
De pronto, uno de los Kuroreis que se había hecho hacía su derecha, pareció cambiar de opinión, y tomando valor desde adentro se lanzó en su contra, abriendo con fuerza sus gran mandíbula.
El chico de negro ni siquiera lo volteó a ver. En cuanto la criatura estaba a corta distancia de él, levantó su fuerza su pierna derecha hacía el aire, golpeándolo en el trayecto justo en la parte baja de su cuerpo. El golpe había sido tan rápido que el resto ni siquiera había visto cuando se comenzó a mover. El Kurorei que recibió la patada salió volando hacía arriba en línea recta hasta elevarse a cierta altura y luego descender como piedra de nuevo al suelo. El resto de los Kuroreis se quedaron asombrados, incluyendo al propio Tsuki.
- Pero si un grupo de Ming Huns perseguirte, supongo que mi deber ser protegerte… - Prosiguió el chico, al tiempo que bajaba de nuevo su pierna con cuidado.
No muy lejos de ahí, Zeta caminaba solo en dirección a su escuela. Su mirada estaba puesta en el suelo, y su expresión era muy pensativa. Algo le incomodaba, aunque en realidad se traba de muchas cosas. Aún así, la que más le incomodaba era la más reciente.
Se trataba de esa chica de cabellos rojizos, Hishikawa. Era la tercera vez que la veía, y la primera que hablaba con ella si era que a eso se lo podía llamar hablar. Las veces que la había visto habían sido con algo referente a Erishia; comenzaba a pensar que tenía una obsesión con ella. Basándose en lo que había logrado oír en sus disputas, Erishia le había ganado alguna pelea, y ella exigía la revancha, y al parecer Erishia no se la concedía. Esa actitud tampoco le era muy comprensible por parte de su compañera de casa. Ahora que lo pensaba con más cuidado, ninguna de las dos era muy comprensible.
Como era su extraña costumbre, pensaba con cuidado en lo que le había dicho esa chica, concentrándose con mayor atención en las últimas palabras.
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- Ten mucho cuidado amigo… te estaré vigilando…
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- “Qué chica tan engreída.” – Pensaba algo enojado mientras caminaba. Sin embargo, el enojo no pareció durarle mucho después de recordar otro asunto referente a esa chica.
Ese recuerdo lo hizo mirar de nuevo su mano derecha. Miraba demasiado esa sortija, era un hábito que no había logrado quitárselo. Al menos a él le gustaba pensar que era eso, un “hábito” y no otra cosa…
- Pero se parece mucho a Aiko. – Pronunció en voz baja, admirando la sortija de color negro. – ¿Será algún familiar de ella? Aunque no recuerdo que el apellido de Aiko fuera Hishikawa…
De pronto, sus pensamientos son rotos al oír un fuerte estruendo cercano a él, que lo hizo voltearse rápidamente hacía su derecha. No vio nada extraño en la calle, por lo que decidió proseguir con su camino.
Las clases ya llevaban un largo rato iniciadas. Suzuki, la secretaria del director de Kasamatsu, se encontraba sentada en su escritorio, aparentemente aburrida a pesar del que día apenas empezaba. El director todavía no llegaba, y no parecía tener mucho humor para trabajar. Su mirada soñolienta estaba puesta en el monitor de su computadora, por el cual se veía un juego de cartas que ya llevaba algo de iniciado.
Después de unos minutos la joven despega sus ojos del juego y alza su cabeza hacía arriba, dando un largo bostezo como señal de sueño. Al hacer esto, recarga sin cuidado su espalda a la silla, lo que provoca que ésta se comience a hacer hacía atrás, amenazando con caerse. La joven, al sentir esto, intenta volver de nuevo a la compostura, pero no logra evitar que su cuerpo con todo y silla caiga hacía atrás, directo al suelo.
Para cuando la chica logró sentarse en el suelo luego de recibir tal golpe, unos anteojos oscuros la miraban desde el frente del escritorio.
- Buenos días Suzuki. – Saludó el recién llegado con una sonrisa burlesca.
Al escuchar esa voz tan familiar, la joven intentó pararse lo más rápido que pudo, al tiempo que alzaba de nuevo su silla.
- ¡Buenos días director! – Contestó nerviosa, al tiempo que se paraba apenada y se inclinaba un poco hacía el frente.
El director Takudo se quedó parado frente al escritorio sonriente.
- Lamento la tardanza, ¿Ocurrió algo?
- No, para nada señor. – Contestó apresurada la chica, enderezándose. – Todo está bien.
El director le sacó la vuelta al escritorio y se encaminó a la puerta de su oficina. Una vez que la secretaria pudo recuperarse completo, fijó sus ojos en un sobre sellado que se encontraba a lado de su computadora.
- ¡Ah!, ¡Señor Takudo! – Gritó la joven al tiempo que tomaba la carta y corría hacía la oficina. – Llegó una carta dirigida a usted personalmente.
- Colócala sobre el escritorio Suzuki. – Le pidió el director mientras colgaba su abrigo en el perchero a lado de la puerta.
- Señor… el sobre tiene una marca distintiva en él. Creo que viene desde el Continente.
Genjo pareció reaccionar al escuchar esas palabras. Lentamente se giró hacía la chica, que sostenía el sobre hacía él. El director tomó el sobre con cuidado con su mano derecha y la alzó para poder verlo con más cuidado.
- Gracias Suzuki, puedes retirarte. – Le informó mientras comenzaba a caminar hacía su escritorio.
La joven se retiró apresurada, cerrando la puerta de la oficina detrás de ella.
El director caminó hacía su escritorio, sentándose con cuidado en su asiento. Estuvo admirando el sobre por un largo rato, sobre todo el sello y la marca de éste. La marca parecía ser una letra, un Kanji, pero no japonés sino chino.
- “¡Es la marca de las Montañas Azules de China!” – Pensó el hombre de gafas oscuras tras mirar con cuidado la letra en el sobre. – “¿Será acaso del maestro Kang Ming?”
Rápidamente pasó a abrirlo lo más rápido que pudo. La carta en su interior era de un papel muy fino. A pesar de la letra del sobre, el contenido del papel estaba totalmente escrito en japonés. El hombre acercó la carta hacía sí y comenzó a leerla con cuidado.
ZETA
FIN DEL CAPITULO 5
(*)Este nuevo personaje es de origen chino, al igual que los personajes que aparecieron en la primera parte del capitulo. El hecho de que hable estructurando diferente las oraciones y los verbos lo coloqué ya que él no habla bien el japonés, pero como la historia es en español lo estructuré de esa manera para que se lograra comprender que no habla a la perfección el idioma. Sin embargo, siempre que este personaje piense en algo, se supone que lo piensa en chino, por ello se encontrará bien escrito. Los diálogos que estén escritos en cursiva y no se trate de algún recuerdo, indican que el personaje está hablando en otro idioma (en este caso chino).
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